Del campo a la ciudad

WIKIMEDIAEdificio de viviendas en Barrio de la Concepción, Ciudad Lineal, Madrid

Recientemente se publicó la relación de españoles que nacieron con el siglo y que convirtieron la población española de 18.830,649 en 1900 a 40.847.371 en el 2000. Actualmente la población española es de 47.435.597 en los 8.108 municipios existentes.

Guadalajara, Tarragona. Gerona Alicante y Almería, con la mayor tasa de crecimiento anual mientras que León, Asturias, Cáceres y Salamanca con la menor. Madrid ocupa en esta tasa de crecimiento un honroso catorce puesto. (Fuente Fundación BBVA).

Esta importante noticia obliga a una meditación y a hacer un test humanamente social para todos aquellos que formamos parte de esos más de cuarenta y siete millones que estamos pasando por este siglo.

Ahora bien, pasar por la vida, hora a hora, día a día y año tras año, puede ser hasta hermoso si se hace con los sentidos alerta y el pensamiento flexible como caña de bambú. Pero hacerlo cansado y vacío es, cuando menos, dramáticamente absurdo. Como absurdamente cruel es trasplantar, desde el pueblo al suburbio de la gran ciudad, a ese campesino octogenario que, desde las colmenas de cemento y bajo un hongo de polución que impide ver el cielo azul o nublado, pero cielo al fin, consume su vida mirando una lejanía que no existe y en la que presiente el campo, los árboles, los prados o los barbechos que no ve.

Ese punto negro y solitario que deambula por las ciudades dormitorio o las residencias geriátricas piensa que le han robado el campo a la Tierra, la Luna a la noche, las estrellas al cielo.

Y lo que es más dramático: piensa sobre todo que le han robado su identidad y solo le han dejado el llanto y la soledad.

Porque ese viejo campesino de ochenta o de noventa años sabe que cuando en el campo se mira al cielo de noche, cielo de infinita oscuridad y estrellas infinitas, se siente felicidad.

Pero cuando se mira ese mismo cielo en la ciudad, entre las apreturas tristes de esos despersonalizados bloques de cemento, siente que le invade la angustia y una triste soledad.

Desde que ese anciano desarraigado vive en la ciudad, nunca ha logrado ver las estrellas. Tampoco ha vuelto a sentarse, nunca jamás, con los suyos, al amor de la solana en pueblos como Agramón.

Porque en la inhóspita ciudad, el sol se viene y se va sin que nos demos cuenta. También hace tiempo, tanto como el que lleva viviendo con sus hijos en la ciudad o abandonado en el geriátrico, que dejó de ver la primavera en el brote de los árboles, el verano en los trigales y el otoño y el invierno en el amarillear de las alamedas.

Pero ese hombre que solo puede andar sobre el cemento, únicamente le queda esperar y morir. Y cuando un hombre muere aunque sea un nonagenario, yo me siento disminuido, porque él forma parte de mi humanidad. Cuando ese hombre muere no quiero preguntarme jamás por quién doblan las campanas. A lo peor lo están haciendo también por mi que ya he cumplido... noventa años.