Persiguiendo sueños en Qatar

Mundial de Qatar

Copa Mundial de la FIFA 2022 - Grupo A Qatar vs Ecuador

Ignoro si las declaraciones este sábado de Gianni Infantino eran, a estas alturas, necesarias o no. Cruzado y bien cruzado por todos el Rubicón, sus palabras se antojaron no tanto la regañina que pretendió dar a los europeos de los últimos 3.000 años, sino más bien una defensa in extremis de lo que ya teníamos asumido. Y no solo a raíz de la celebración del Mundial que acaba de arrancar en el magnífico Estadio Al Bayt. Antes, mucho antes, ya sabíamos que no existe en este mundo molino de viento más poderoso que el dinero y que emular al protagonista de Don Quijote solo puede llevar al fracaso, la locura y el desaliento. A darse de bruces con la realidad. Sí, queremos mucho al famoso personaje de Cervantes, pero lo que no queremos es serlo. Ni siquiera tenerlo cerca. Este hidalgo cincuentón, enloquecido de tanto leer historias de caballería, acaba siempre vencido, porque los molinos son molinos. Igual que los sueños, sueños son. Y “hacer el bien a los villanos es como echar agua en el mar”.

Sin embargo, Infantino se creyó en la necesidad de llamarnos hipócritas – no digo que no lo seamos – y, para colmo, su jefe de comunicación, Bryan Swanson, tiró de sus cuestionables dotes actorales para declararse públicamente homosexual como si de verdad pudiera hacernos creer que su condición sexual se vaya a medir en Qatar con el mismo rasero que la de sus simples ciudadanos. Nada tiene usted, Mr Swanson, por mucho que se empeñe, de caballero andante reclamando (quizás) justicia para los homosexuales cataríes que se juegan pasar años en una cárcel si tienen la ocurrencia de salir del armario. Decir que está allí tan tranquilo, que nadie le ha cuestionado o le ha hecho sentir incómodo es, discúlpeme, irritante. Su condición es la de alto cargo de la FIFA; con quien se acueste por la noche – o por el día –, para los encantados mandamases qataríes en este momento es secundario.

A ver si con tanto fasto, le ocurre como al pobre Alonso Quijano y pierde usted, Dios no lo quiera, el contacto con la realidad. Cuando los focos se apaguen y estemos celebrando el último partido, le deseo que ya tenga preparada la maleta para volar a casa, igual que su presidente. Ambos, si así lo desean, todavía sintiéndose árabes y cataríes, aunque presumo que, sobre todo, deseando descansar de tanto trabajo en la libre Europa de la hipocresía que ayer les tocaba, ustedes sí fariseos, criticar. “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres.”

Cuando los focos se apaguen, allí, en la península de Qatar, el riquísimo y minúsculo país del Golfo donde, según Amnistía Internacional, el 90% de su mano de obra son trabajadores extranjeros, se seguirán aplicando leyes punitivas contra determinados colectivos, continuará la escasa observancia de los derechos humanos y de las condiciones de trabajo, y, por supuesto, nada perturbará la férrea tutela que los varones ejercen legalmente sobre las mujeres. Sencillamente, porque pueden. Y porque, por mucho que insistamos, no somos iguales. No me refiero a hombres y mujeres. Es demasiado genérico. No es lo mismo ser mujer en tierra de hipócritas que en determinados países árabes, ni siquiera son iguales las mujeres cataríes a pesar de que la tutela esté establecida para todas. ¿Se imaginan a la glamurosa jequesa Mozah bint Nasser pidiendo permiso a su marido, el anterior emir, Hamad bin Jalifa, para viajar? ¿O a su segundo hijo, Tamim, actual emir puesto a dedo precisamente por ella? ¿No, verdad? Ni siquiera existe igualdad en un harén. Y eso que todas las que lo moran son mujeres.

Pero dejemos de soñar con un mundo utópico - “No puede impedirse el viento, pero hay que saber hacer molinos” -, ahora ha llegado el turno de soñar con la victoria de la selección de cada uno en la cita deportiva más seguida y lucrativa del planeta. Atrás quedaron los sueños, a veces incluso las vidas, de los trabajadores que durante diez años escalaron sin arneses andamios en invierno y en verano, cargaron con ladrillos o sacos de cemento diez horas al día sin descanso, convencidos de que la construcción de la multimillonaria infraestructura para el Mundial de Qatar, el más caro de la historia, sería su oportunidad para escapar de la pobreza en sus países, Nepal, Bangladesh o India entre otros. Mandar dinero a casa o volver con ahorros suficientes para procurar a la familia una vida sin tantas carencias era el sueño que perseguían.

Ocho nuevos estadios en pleno desierto, flamantes hoteles proyectados por los mejores arquitectos, ferrocarriles y carreteras daban de sobra para haber cumplido muchos de estos sueños. Si alguien hubiera tenido intención de hacerlo. Intención de evitar miles de accidentes laborales por falta de seguridad y jornadas interminables, de problemas renales por la mala desalinización del agua suministrada a los trabajadores y golpes de calor, que además de llevarse sueños, se llevaron la salud de aquellos que osaron soñar. Sus familias ahora se enfrentan al reverso de aquellas aspiraciones, la pesadilla de un futuro incierto. Sin embargo, no es tarde. Morgan Freeman acaba de bendecir este Mundial apelando al poder del futbol para unir a las personas en un estadio de luces titilantes, antes de que el emir confesara que con este acontecimiento se cumplía “el sueño de toda una vida”.

Soñemos pues con la victoria de nuestra selección, disfrutemos de la mejor cita de tan espectacular deporte, pero hagámoslo al tiempo que apoyamos la campaña #PayUpFIFA de Human Rights Watch (HRW) para que Qatar y la FIFA paguen 440 millones de dólares, una cantidad equivalente al dinero de los premios que se entregan en la Copa del Mundo, a las familias de los trabajadores inmigrantes que han sufrido daños o han muerto durante la preparación del torneo. También Amnistía Internacional pide este fondo de compensación y ayer, tras las sorprendentes declaraciones de Infantino, la organización insistía en que la FIFA debería comprometerse a invertir una parte significativa de los 6.000 millones de dólares que ganará y asegurarse de que este fondo se utiliza para compensar directamente a los trabajadores y sus familias. Porque como trató de explicar don Quijote a su inseparable Sancho: “Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella ventura sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de 'tuyo' y 'mío'”.