Una buena tarde de toros

Ángel Sánchez, espeluznante cogida

Que el torero encargado de dirigir la lidia (por orden de antigüedad) llegue a Las Ventas a confirmar alternativa no deja de ser un hecho, a más de anecdótico, sorprendente. Supongo que a lo largo de sus 84 años de historia, esta Monumental de Madrid ya habrá sido escenario de este tipo de situaciones, en las que un matador de alternativa más cercana le confirme la suya a otro más antiguo. Me viene a la memoria la confirmación de alternativa de Rafael de Paula, catorce años después de que la tomara en la goyesca de Ronda del año 60. Galloso, de padrino y Robles de testigo, confirmaron el rango de matador de toros al gitano de Jerez. Me gustaría saber qué le dijo el portuense (padrino) al jerezano (neófito), en el ceremonioso encuentro de la cesión de trastos. Imaginémoslo: “Rafael, te deseo mucha suerte de aquí en adelante y ojalá que alternemos muchas tardes juntos”, o algo así. ¿Y qué le contestaría Rafael?, quizá algo como: “Déjalo muchacho, que te llevo once años de ventaja matando toros; lo que me preocupa ahora es lo que hay encerrado ahí dentro…” Pues lo mismo pudo ocurrir ayer en Las Ventas cuando Román le confirmó la alternativa a Adrián de Torres, linarense que lleva diez años pasando fatiguitas como matador de toros y su padrino solo ocho. Un chico dos años más joven haciendo de padrino de otro que lleva una década de apuro en apuro, oliendo menos pitón que el hatillo de los “maletas” de antaño, parece, cuando menos, sarcástico; pero así es, a veces, este fascinante mundo de los toros: pura contradicción.

Contradicción, también, la asistencia de público: menos que en la novillada de anteayer. Y eso que el día era de camisa de manga corta y la ganadería de Adolfo Martín, una de las predilectas de la parroquia de Madrid, con tres toreros en el cartel de variado atractivo: uno (Román), de valor probado y ambición sobrada, y dos (el confirmante Adrián de Torres y el madrileño Ángel Sánchez) con vitola de toreros "de arte". Por tanto, no se justifica el bajón de público (me apuntan hoy, de mañana, que la subida de precios hace pupa), y a fe que los que optaron por el Bernabéu o la Sierra norte, se perdieron una tarde de toros, a más de sugerente, generadora de emociones varias.

Para empezar, la corrida de Adolfo, fue un pack de cinqueños de preciosa lámina, en tipo del encaste, bien longilíneos o ensillados de lomo, cárdenos todos en distintas tonalidades y armados cumplidamente, algunos con garfios por pitones. Puro Albaserrada, vamos. Fue una corrida que presentó las típicas complicaciones de la casta brava, aunque hubo toros que sacaron un fondo de nobleza como para chuparse los dedos.

Con este material, el confirmador Román demostró que su valor está a prueba de dificultades, fajándose con el segundo toro de forma admirable. Era éste una belleza de toro, con “mucha plaza”, es decir, que su presencia llenaba de expectativas el ruedo madrileño... y con leña suficiente para pasar el invierno, si falta hiciere y el gas y la electricidad persisten en tirar cornadas a nuestro bolsillo. Toro difícil de estar delante. De los de acongojar a quienes ocupábamos los tendidos. Toro mirón, que movía el rabo a derecha e izquierda y su cabeza oscilaba de arriba abajo, antes de decidirse a ir en busca de la muleta. O del torero, porque medía la distancia carnal de Román con mirada asesina. ¡Qué miedo, Dios! Y sin embargo, a este rubio torero valenciano estos acechos no le perturbaron lo más mínimo. Su valor en estado puro y un concepto estético de la ejecución de las suertes posibilitaron el trazo limpio por abajo y notables remates por arriba. Muy bien Román. A pesar del infortunio que acumula, cumplió sobradamente con este toro, aunque tuvo la desgracia de que el animal perdiera las manos en el embroque y la estocada no fue tal al primer envite, lo logró después, al tirarse valerosamente sobre el morrillo, acertando al primer intento con el estoque de cruceta. El quinto fue un inválido trotón, con fondo de nobleza insulsa, de las que da pereza contemplar, porque amodorra sin remedio. Torear a un toro con la intención de evitar que se venga al suelo es entrar en el pozo negro de la insensibilidad, que es la antesala del aburrimiento. Para colmo, el torero “le hizo guardia” por la parte del costillar; menos mal que acertó con el verduguillo. Ni pierde ni gana; es decir, cotiza lo mismo que antes de esta corrida en la bolsa del toreo. Él sabrá a cuánto asciende su paquete de valores.

Adrián de Torres es un muchacho espigado de Linares que causó sensación en una de sus últimas actuaciones por la provincia de Madrid, concretamente, en Cenicientos. Si El Pipo viviera, y lo apoderara, ya habría encontrado un eslogan publicitario para él, tomando como espejo a José Fuentes, a quien, en su día, ofertó como contraprestación de Linares en la Bolsa de la Tauromaquia del pasado siglo. Recuerdo que se anunciaba en las páginas publicitarias de las revistas de entonces colocando su perfil ( el de Fuentes) junto al de Manolete, y asegurando: “Linares se lo llevó, Linares nos lo devuelve…” En este caso, podría ser: “Las Fuentes de Linares, no se agotan…” aquí está Adrián de Torres, agua limpia y nueva para refrescar el arte del toreo”. Porque, en verdad, este es un torero que posee un caudal de elegancia y sentido del temple como pocos de su escalafón. Al menos, así lo mostró ayer en Madrid, la tarde de su confirmación de alternativa, ofreciéndonos, primero, un esbozo en el toro que abrió el festejo, un adolfo de preciosa lámina que empujó con los riñones en el caballo de picar, antes de que Adrián lo desafiara en los medios citando para torear en redondo a las primeras de cambio. Logró tres series a derecha y dos de naturales de alta nota. Sin embargo, el público no respondió como su toreo de calidad merecía, porque el toro –no se crean—se metía por dentro en cuanto le abrían una pequeña ventana con la muleta y ponía el torero en serios apuros. Fue un toro falsamente noble. No obstante algunos muletazos evidenciaron la estética depurada de su forma de torear. La faena, de largo metraje, propició que le dieran un aviso tras una estocada algo caída, pese a lo cual, le aplaudieron con fuerza. El cuarto fue un toro de embestida humillada y excepcional nobleza, con el que de Torres recuperó el puesto que su antigüedad demanda: el de director de lidia. Con él Adrián dio un recital de toreo despacioso, de un ralentí inacabable. ¡Qué bien torea este muchacho! Con la derecha o la izquierda fue encadenando suertes en redondo, a pesar de que el toro perdía inercias a medida que avanzaba la lidia. Lo malo fue que dio otro recital negativo con las espadas. En el séptimo pinchazo deje de apuntar, y con el descabello, a partir del tercero. Dos avisos y… amenaza del tercero. Por poco se lo echan al corral. No diré que es lo de menos, porque cuando se da semejante “mitin” cuesta un mundo recuperar el terreno perdido; pero sí incidiré en la calidad de esos veinte muletazos, algunos sin ayuda de la espada, que reventaron de olés la olla de Las Ventas. Es un toreo a tener en cuenta. Apliquémosle otro popular y antiguo eslogan: “Ya vendrá el verano”. Paciencia.

El madrileño Ángel Sánchez es otro matador de toros que torea muy bien, pero torea muy poco. Tuvo mala suerte. El tercer adolfo fue el más vareado de carnes del lote que llegó a Madrid. Empujó el toro en varas, posibilitando un ceñido quite por gaoneras de Adrián de Torres y la réplica por chicuelinas de Sánchez. ¡Rivalidad en quites, ya era hora! Brindó a una chiquilla que padece una minusvalía sensorial, y sus palabras hicieron llorar a la chavalita, sembrando la emoción en los bajos del tendido 1. Lástima que la embestida de toro tuviera una cortedad exagerada –aplomadísimo--, a falta de los trancos necesarios para rematar los pases como el torero quería; pero se le vieron apuntes de toreo caro. Lo mató de pinchazo y estocada; pero no pudo rematar con un triunfo la lidia del sexto, porque fue el peor de los pupilos de Adolfo. Incierto de salida, barbeó las tablas y se frenó ante la muleta, “memorizando” dónde estaba ésta y dónde el muletero. Toro, pues, que desarrolló sentido y avisó de sus intenciones al torero en varios trances de la faena, hasta que le pegó una monumental voltereta, seguida de otra de similares proporciones al clavar la estocada, produciéndole una cornada de pequeña trayectoria en el muslo izquierdo, un traumatismo craneoencefálico a consecuencia del tremendo porrazo contra el suelo y una herida incisa en la frente, con abundante hemorragia. Los médicos de la Plaza se reservaron el pronóstico.

Pena de final tan accidentado, porque, en verdad fue una tarde de toros de lo más interesante, por la presentación del ganado, el juego de algunos toros y la calidad y valor de los tres toreros, a los que se agregaron en el buen hacer las gentes de cuadrillas: a caballo, Pedro Iturralde, Ángel Rivas y Vicente González, y entre las de a pie, colocando banderillas, Curro Javier, Iván García y Antonio  Molina. O sea, que, con sus pros y sus contras, sus grandezas y miserias, vimos una buena tarde de toros. Sin las figuras consagradas, también hay vida y cosas para gozar y sufrir. Así es nuestra Fiesta.