Un gran toro y un grandísimo torero

Las VentasMiguel Ángel Perera, torerazo

Ignoro los motivos que ocasionaron el descabezado de la corrida de El Parralejo, pero doy por hecho que los dos rechazados por la autoridad “competente” debieron presentar una estampa bien alejada –notablemente a la baja-- de los otros cuatro que después salieron por los chiqueros de Las Ventas. No es fácil encontrar en las ganaderías actuales toros de trapío tan impecable y aspecto tan ofensivo como los lidiados del hierro anunciado, para la sexta de abono de San Isidro. Ellos –los “competentes”—tendrán sus razones, pero me cuentan que la cosa no era para tanto, que se podía haber lidiado perfectamente la corrida completa. Allá cada cual. Sea como fuere, los dos de José Vázquez que fueron por delante también tuvieron su dotación de seriedad, si bien el primero se paró muy pronto en la faena de muleta y el segundo acusó una palmaria renuncia a seguir los engaños y, en consecuencia, a repetir las embestidas. El frío y el viento fueron, una vez más, indeseables protagonistas de una tarde de toros en Madrid, desluciendo con su inclemencia –labor de los toreros aparte-- el tradicional festejo del Santo Patrón y la habitual presencia de indumentarias de chulapas y mocitos retrecheros, pinteando por tendidos, gradas y andanadas. Lo clásico.

Antes del paseíllo es vox pópuli que el mexicano Isaac Fonseca ha llegado a la Plaza en un autobús de línea regular, acompañado de su cuadrilla. Me gustaría saber quién ha sido en lumbreras que alumbra este tipo de genialidades. Cualquier día se inventan el recorrido en patinete o sobre patines o… vaya usted a saber. Mi opinión: la ida de los toreros a la Plaza es un rito ancestral, lleno de misterio y recogimiento. Siempre se ha dicho que en el trayecto del hotel a la Plaza, el silencio se corta, las miradas se pierden y el miedo de disimula con dificultad. Y más cuando el destino es la Plaza de Las Ventas. Frivolizar este instante previo a la corrida me parece, además de una chorrada, una desconsideración y una insensatez. Supongo que Fonseca y compañía tendrían en su poder el bonobús o cualquier tipo de tarjeta de transporte, porque ya sería la repera que los toreros, vestidos de luces, hubieran tenido que ir con la calderilla en la mano o el monedero en el chaleco bordado en oro, plata yo azabache. Le digo a usted…

En cuestión de trapío, los remiendos (qué feo es llamar “remiendos” a los toros de lidia) de José Vázquez no le fueron a la zaga a los parralejos aprobados, todos ellos, por cierto, en edad de merecer… un respeto: cinqueños. El primero, grandón y bien armado, salió abanto y corretón; y el segundo, con mejores hechuras, bajo de cruz y veleto fue medido en varas y cobraba las arrancadas a precio de oro, quiero decir que le costaba embestir una enormidad. Con aquél se las vio el referido Fonseca, que confirmaba alternativa. Derribó el toro al caballo de picar en dos ocasiones, pero ambas fueron oleadas intempestivas. Ciertamente, el toro no le presentó al neófito excesivas dificultades, pero tampoco le regaló embestidas para poder redondear una faena de triunfo. Aguantó el mexicano parones y miradas y consiguió algún muletazo estimable por el pitón derecho, mostrando siempre un evidente afán de triunfo, pero alargó tanto la faena que, sumado al fallo con los aceros, propició que le sonaran dos avisos. También de Vázquez fue el primero del lote de Miguel Ángel Perera, un toro que solo apretó en la segunda vara y respondió perezoso y medio ausente a los cites del torero. Miguel Ángel, muy molestado por el viento, solo consiguió engancharlo en una tanda de pases naturales, pero su terquedad por torearle de muleta y su fallo con el verduguillo originó que también le sonaran dos avisos. Hasta aquí el doble prólogo de la esperada corrida de El Parralejo, que entra en escena a continuación.

Cuando se abre el portón de toriles aparece un toro ensabanao, capirote, alunarao y botinero, cinqueño también, como el resto de sus hermanos de camada. Era una pintura. Se llamaba Levítico, como el tercer libro del Pentateuco que recoge la Biblia, y a los aficionados nos recordó al Atrevido de Osborne que cuajó Antoñete en el año 66, si no marro, también el día de San Isidro. No hay comparación: el que llamaron “blanco” era más terciado que éste de El Parralejo y mucho menos ofensivo, aunque más noble; pero también el Levítico de ayer tuvo un tranco largo, obedeciendo humillado a la llamada de las telas de torear, y sin embargo, adoleció de falta de fondo. Le falto fuelle al toro guapo. Ángel Téllez, que estaba aún dolorido por el percance del viernes en Madrid, al que añadió el más reciente del domingo en Orgaz( Toledo), solo dibujó algún lance de buen trazo y algún muletazo al natural . Pinchó antes de recetar un bajonazo. Tampoco pudo lucir en el quinto de la tarde, un tremendo toro que derribó `por dos veces al piquero, provocando cierto desconcierto en el ruedo. Sea por esta u otra causa, el toro comenzó a pararse nada más comenzar la faena de muleta, convirtiéndose en un trolebús sin trole. Nada que hacer. Pincha y descabella Ángel, entre la general indiferencia y se va de la feria sin revalidar –no ha podido—el crédito legítimamente ganado el pasado año.

Lo mejor de la corrida tuvo por protagonistas a Camillero, de El Parralejo y a Migue Ángel Perera, de Puebla del Prior. Cuarto toro de la tarde, segundo del lote del diestro extremeño. Un toro enmorrillado, alto de cruz y astifino, con 564 kilos en lo alto del lomo. Empuja el toro en dos puyazos, con bravura y poder. Humilla y repite las embestidas, aunque en la Plaza se ha desatado un vendaval insoportable que amenaza con destruir todo intento de lucimiento de los toreros; pero allí está este Perera, triunfador tantas tardes en Madrid, de novillero y de matador, torero cuajado y curtido en batallas mucho más difíciles de superar que la bofetada de un viento huracanado. Galopaba el del Parralejo y se desplazaba con viaje humillado, repitiendo con admirable ritmo, y el torero le bajaba la mano hasta barrer la arena con media muleta. Las series con la derecha, ligadísimas, exigían al toro un esfuerzo tremendo, pero Camillero no ofreció un mínimo signo de flaqueza. Tres series cumbres y otras tantas de naturales, del mismo corte e idéntica traza, caldearon los tendidos, rendidos al faenón de Perera, aún más, cuando se pasó al toro en unas bernadinas de infarto. Suena un aviso. No importa. Si logra la estocada el premio puede ser de los gordos; pero la espada no entró hasta el quinto viaje. La ovación fue unánime y Perera la saludó cariacontecido. Un gran toro y un grandísimo torero habían escrito una brillante página en la Las Ventas el Espíritu Santo.

El último episodio de la corrida corrió a cargo de Isacc Fonseca. Espoleado por sus compatriotas –una nube de mexicanos, había en la Plaza—salió decidido a triunfar sea como fuere. A esa hora de la tarde (casi noche) el frío se había adueñado del ambiente y los tendidos comenzaron a despoblarse. El viento seguía, terne, a la expectativa. El toro de El Parralejo tenía torva la mirada, pero apuntaba buena clase en las embestidas. Isaac lo citó arrodillado en los medios y el pase cambiado por la espalda resultó un desarme aparatoso. Repitió la suerte con mejor fortuna y se esforzó por ligar los pases en redondo y naturales con buen sentido del temple. Obliga al toro a tomar la muleta sin el menor aspaviento, con absoluta firmeza, y el toro empieza a cabecear en el remate de los pases. Se oyen ¡vivas! a México que son coreados también por los españoles. Ha caído bien este torero en Madrid. El aviso le pilla toreando, pero mata de una estocada eficaz y sale de la Plaza aplausos.

San Isidro ha sido ventoso y desapacible con la corrida; pero el frío no pudo deslucir la excelente actuación de la gente subalterna de a pie: Juan Carlos Rey, Raúl Ruiz, Curro Javier, Javier Ambel, Juan Navazo y Jesús Aguado, brillaron en la brega y con las banderillas. Y a caballo, Ángel Rivas. Hoy, descanso, y mañana, novillos de Los Maños. ¿Qué pasa, pues?

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