Tú te lo perdiste, Mbappé

El consagrado y el aspirante a serlo, por la Puerta Grande

Día grande, sobre todo en Madrid, este Día la Hispanidad. Fiesta por todo lo alto, con una gran parada militar, por la mañana, en el paseo de la Castellana y la posterior gran parada político-social-periodística en el Palacio Real, con los pertinentes y sabrosos “corrillos” en torno al Jefe del Estado y demás mandatarios de mayor o menor rango. Y por la tarde, a los toros. El cartel de la corrida vespertina también figuraba  como “de la Hispanidad”, en el que anunciaban tres toreros, tres, para lidiar, torear y estoquear seis toros, seis. Lo habitual. Minutos antes de las cinco de la tarde, los aledaños de Las Ventas eran un hervidero de gentes de todas las edades, muchos de ellos sin boleto para ver la corrida, porque hacía días que estaban agotados. Me las veo y deseo para aparcar mi coche, porque el espacio reservado por el Ayuntamiento para los medios de comunicación ha sido usurpado –asaltado— por desconocidos, sin que por allí apareciera agente alguno de la autoridad competente que solucionara el entuerto. Mal que bien, consigo encajonarlo entre dos de los intrusos, pero me encuentro con una batahola de chavales de ambos sexos que corren alocados hacia la puerta de toreros, opuesta a la del arrastre. Oigo gritos de ¡Mbappé!, ¡Mbappé!, y me percato de que, en efecto, se ha publicado la presencia del astro del balompié francés de acudir a la corrida. Al parecer, venía acompañado por Sergio Ramos, el ex defensa del Real Madrid, pero el tal Mbappé no acudió a Las Ventas. Entonces, caigo en la cuenta del tuit publicado por Francisco de Manuel –tercer espada del cartel—esa misma mañana, que, más o menos, decía: Mbappé, por si alguien no te lo ha dicho, yo también toreo esta tarde, vale? Es el párrafo de quien se siente ninguneado por la expectación, arrumbado en el ingrato rincón del anonimato. No tiene malicia el texto, sino gracia; y ahora, después de lo que acaba de ocurrir en la Plaza, puede tener más valor aún. “¡Eh, que yo estoy aquí!”, volvió a decir Francisco de Manuel, pero esta vez no pulsando el mensaje en su teléfono móvil, sino moviendo capote, muleta y espada, como un consumado maestro. En este intrincado mundillo del toro, ya ven, las previsiones y las omisiones, a veces, hacen un espantoso ridículo.

Pero no adelantemos acontecimientos. Daba gloria ver los tendidos, abarrotados, sin hueco para meter un cúter de canto. Tarde otoñal, soleada, magnífica. Los toros, son de la ganadería de Victoriano del Río, el ganadero de moda, el que ha demostrado ser el mejor esta temporada entre los que, en este país, se dedican a este dificilísimo negocio de criar reses bravas. Encabezan el paseíllo Alejandro Talavante, Andrés Roca Rey y el citado Francisco de Manuel. Se para el cortejo al enfrentarse a la barrera y suena el himno nacional que, esta vez, por ser fecha tan señalada y tan reivindicadora de lo hispánico, tiene motivos, ¿por qué no? La expectación exhala el rumoreo propio de los sucesos extraordinarios. Que salga el toro.

Ahí está el primero, cuatreño, bragado de pelo; se mueve galopón por el ruedo y toma con nobleza el capote de Talavante, que dibuja unos lances armoniosos, continuados con chicuelinas y demás arabescos del mismo porte. Cumple el toro en varas y vuelven a chicuelinear Talavante y Roca Rey, con más decisión que acierto. Alejandro pliega la muleta en la mano izquierda y cita desde los medios. ¿Un pase cambiado? No, se emplea en el toreo al natural, pero, lastimosamente, el toro va perdiendo brío, dobla tres veces las manos y el torero abrevia. Estocada. Silencio en las masas. Después…

Después vino el show del pañuelo verde, que no seré yo quien lo critique cuando las circunstancias lo avalen. Esta vez, hay dudas al respecto. El segundo toro  --594 kilos, zanquilargo por su altura de cruz y sobradamente armado, fue ruidosamente protestado nada más aparecer en el ruedo. ¡Miau!, gritaban los más conspicuos. Un “gato” de casi seiscientos quilos es mucho gato, pero en fin. Por “fortuna”, para los conspicuos, el “gato” perdió las manos a la salida de la suerte de la varas y fue devuelto a los corrales. Sale el sobrero de la misma ganadería –580 kilos y dos pitones en su sitio--y se repite la historia: pitos de salida y clamor al bandear de forma continua. A pesar de que a mi lado apuntan: “Estos, van a por Roca Rey”, considero que esta devolución estuvo más justificada. Y ahí va el segundo sobrero. Un castaño albardado que aprieta en el peto con bravura y poder. Quietos hasta ver. Y lo que vemos son dos fenomenales pares  de banderillas de Viruta, antes de que Roca se lo pase por la espalda tres veces en otros tantos pases cambiados, rematados con un largo-larguísimo pase de pecho. Clamor en los tendidos. Roca Rey receta varias series de pases sobre ambas manos, sometiendo al toro por abajo, exigiéndole mucho, pero el de Victoriano responde. Es un toro bravo y encastado; ahora bien, el torero no le anda a la zaga. No le duda cuando amaga en la embestida y lo lleva cosido a la muleta en una medida, meritoria y artística faena. Acaba con bernadinas ajustadísimas, tanto que en una de ellas el estoque de acero le corta en la mano y el sangrado lo corta provisionalmente con un pañuelo. Estocada hasta los gavilanes, impecable de ejecución y colocación. Perfecta. Dos orejas por aclamación. Y se va a la enfermería.

El que llamaba la atención de Mbappé en Twitter entra en escena. Es un chico madrileño que confirmó la alternativa el pasado San Isidro, demostrando ser un buen torero, que no es poco; pero es que en el tercer toro de lidia ordinaria salió a por todas, como era su deber. Menos exigido por una parte del público, Francisco toreó de capa con soltura y templanza, después de un buen puyazo de Luis Alberto Parrón, el toro galopó en banderillas y llegó a la muleta con alegre nobleza, lo cual aprovechó el mozo con un desparpajo y una seguridad impropias de un recién incorporado al escalafón de matadores de toros. ¡Qué forma de iniciar, encajar y llevar hasta el final los muletazos de las series por ambas manos. La Plaza se le entregó desde el principio, y cuando acabó en los terrenos de tablas –no por culpa del toro, conste—con una apretadas mondeñinas y clavó una estocada entera, algo trasera por el impulso, se llevó una oreja incontestable; más aún, dejó en el ambiente y regusto que invitada a verle de nuevo en acción. Y le vieron, ya lo creo. Al estar Roca en la enfermería, siendo atendido por el referido corte en la mano izquierda, se corrió el turno, saliendo en quinto lugar el reseñado como sexto. No hizo más que aparecer en el ruedo y este De Manuel se tiró de zambullida en busca de un triunfo de lo que hacen época. Era un toro cinqueño –toda la corrida lo fue, salvo el primero--, de preciosas hechuras, al que toreó de capa con majeza y lo llevó al caballo con elegante facilidad. El toro, muy bravo, empujó lo suyo y se le aflojó el castigo en el segundo puyazo, posibilitando un quite por chicuelinas del mozo madrileño, moviendo la capa con excelsa lentitud, imprimiendo a los lances un acusado tinte “manzanarista”. En él ya se apreciaron las magníficas embestidas del de Victoriano del Río, noble hasta la excelencia aristocrática, al que banderillearon después, con no menos excelencia, Juan Carlos Rey y Fernando Sánchez; pero durante la faena de muleta, el torero fue recreándose en el viaje del animal, ralentizando los pases, a tal punto, que permitían calibrar tanto la bondad del viaje del toro como la calidad suprema de los muletazos del torero. Lío gordo. Faenón, sí, señor. Estoconazo trasero, pero letal. Dos orejas. ¡Madre de Dios!, qué tarde de toros ha dado este chico! ¡Y qué llamada de atención! Era verdad, Mbappé: esa tarde, también toreaba Francisco de Manuel. Tú te lo perdiste.

El resto de la corrida se completa con el mal juego del sexto toro, quinto de lidia ordinaria, un toro serio, corniabierto, astifino, que también empujó fuerte en varas –como toda la corrida--, pero cortaba descaradamente por el pitón derecho, lo cual obligó a los banderilleros a tomar las lógicas precauciones.  Vistas así las osas, Roca Rey planeó toda su labor de muleta con la mano izquierda, precisamente la que tenía lesionada –un corte en el dedo corazón de la mano izquierda, con descubrimiento del tendón, aunque por fortuna no lo seccionó--, lo cual no fue inconveniente para que instrumentara varias series de pases naturales de trazo limpio, sin que consiguiera conectar con los tendidos. Tampoco se pronunciaron cuando acabó de dos pinchazos y estocada.

La tarde ya estaba echada, y bien echada. Sobre todo porque Alejandro Talavante acabó protagonizando un “mitin” en el cuarto toro, un castaño bocidorado, serio, pero extremadamente soso, esa sosería que aflora cuando se produce el reflujo de la mansedumbre. Le había puesto Alejandro suavidad a esa sosería en intervenciones breves con capote y  muleta, lo cual equivale a que los hechos no encuentren relieve alguno en los graderíos. Lo peor fue cuando se eternizó con el estoque de cruceta, a tal punto, que se inhibió voluntariamente de rematar al toro cuando iba por el enésimo intento… y le echaron el toro al corral. A mi entender, visto cómo se presentaba el panorama esas alturas de la corrida –tres orejas llevaban ya cortadas sus compañeros y lo cortable que estaría por llegar--, optó por ser protagonista, pero en sentido inverso. A eso se llama “valorar el fracaso”, algo que ciertos apoderados aconsejaban a sus poderdantes en tarde de infortunio. Las figuras no pueden salir de la Plaza entre la indiferencia del público cuando sus compañeros se van en hombros. Y así ocurrió: la bronca fue de las que atruenan el ambiente. Cosas de la Fiesta.