Tarde prejuiciada y gafada

Morante iba de Bienvenida y oro

A las seis de la tarde y cinco minutos, apareció Morante sobre la arena de Las Ventas vestido de Sevilla. Quiero decir, con el mismo traje que lució en la Maestranza frente al toro de Matilla, aquél viernes inmaculado de la última semana del pasado septiembre: el verde manzana y oro. Y uno, que tiene cierta propensión a la melancolía cuando llegan los otoños de octubre, se quedó mirando cómo avanzaban por el ruedo los toreros que ocupaban la primera fila del paseíllo, con Morante, por la parte de acá, marcando el paso con una marcialidad de ritmo sostenido muy parecida a la que imprimió el “torero de Madrid” por excelencia y por los siglos de los siglos: don Antonio Bienvenida. También una tarde otoñal del 66, don Antonio vistió de manzana y oro el día en que se despidió de los ruedos en esta Plaza, una despedida que resultó no ser definitiva, porque reapareció pocos años después; pero recuerdo perfectamente los detalles de aquélla corrida, con la Plaza, llena hasta las tejas, rindiendo pleitesía al Gran Maestro. ¡Que ovación tan rotunda le acompañó en el recorrido hasta la barrera que cae bajo el palco presidencial! Por eso, ayer, al ver a Morante vestido así, reverenciando al presidente del festejo, me dije: “¡Mira que si hoy don José Antonio nos ofreciera un recital de toreo como el que antaño protagonizó el Bienvenida que este año sería centenario!” Pero, quiá. La tarde de ayer venía prejuiciada por otras preferencias.

Se vio nada más deshacerse el desfile del paseíllo. Los pobladores de una parte bien visible –y audible-- del tendido 7 comenzaron a tabletear las palmas pidiendo que saliera a saludar “alguien”; ¿pero, quién? Los toreros del cartel se miraban unos a otros, mientras cundía la estupefacción entre los tres. “Sal tú, es por lo de Sevilla”, le dirían a Morante; “no, debe ser a ti, por lo de la tarde del mes de mayo”, respondería el de la Puebla a Uceda Leal… pues ni a uno ni a otro: la gran ovación era para Ángel Téllez, por su triunfo de Puerta Grande en la pasada feria de San Isidro. Y Téllez, qué remedio, salió, mientras recatados y como aturdidos, le observaban sus compañeros desde la boca del burladero. Que uno sepa, por la Puerta Grande –con ¡tres orejas!--  también salió el sanisidro de este año otro toledano, Álvaro Alarcón, y a nadie se le ocurrió el pasado sábado premiarle con la sacada al tercio y la correspondiente ovación. Estos chicos del 7 son unos cachondos. ¿Cómo y por qué se arrogan el derecho a interrumpir el decurso de la corrida a su antojo? ¿Que no ha salido aún el toro? ¡Solo faltaría! Tampoco ha salido cuando se guardan los  minutos de silencio y todos los respetamos. Podían haberlo comunicado al presidente, a la empresa, a la Comunidad o al Sursum Corda (arriba los corazones, en latín), lo anuncian por megafonía “antes de conantes” (como decía Riche, el de mi pueblo) y así nos evitamos las caras de incredulidad y el desconcierto del resto del público (aproximadamente el 99,80% del total). Pues eso: arriba los corazones… que éste es el elegido en el día de hoy para gozar de todas nuestras complacencias. Lo malo de estos casos –aparte del gafe habitual que comportan—es que, después y de verdad, sale el toro.

Y salió el primero, con un nombrecito que da escalofríos: Cubatisto, como el atanasio que atravesó el corazón del infortunado Montoliu en Sevilla, hace ahora treinta años. “¡Ya está aquí el gafe!”, pensaron los que creen en estas cosas; pero, no, resulta que al toro del Puerto de San Lorenzo le dio por embestir y pudimos ver unos lances de Uceda Leal, de mano baja, capote lacio y muñeca rota que fueron pura delicia. El toro empujó en varas y Uceda repitió los lances, pero con menos fortuna. Una vara más y, de pronto, entra Morante al quite y le cuaja cinco verónicas y media que pusieron la Plaza boca abajo. Uceda Leal se ve en la necesidad de replicar y se mete en el lío de torear por chicuelinas, ceñidas, pero sin la calidad de lo antedicho. Se agradece el esfuerzo y la voluntad, pero aquí estamos para otras cosas; por ejemplo, para llevar al toro a los medios al comenzar la faena de una forma tan original como estética: con medios pases, andándole al toro por delante, como al parecer hacía Domingo Ortega en sus años de plenitud artística. La faena fue breve, pero intensa, construida a base de muletazos con izquierda y derecha de gran plasticidad y elegancia. Este Uceda está en plena sazón, da gusto verle torear. Y matar, porque al de nefasto nombre lo mandó al desolladero de una estocada casi entera que lo tiró sin puntilla. Clamoreo de pañuelos, gritería atronadora. La oreja parece el premio justo a su espléndida labor. Pues va a ser que no. Había ayer en el palco, ejerciendo de presidente, un sujeto llamado Ignacio Sanjuan que se empeñó en llevar la contraria a una abrumadora mayoría que pedía premio para el torero. Uno contra miles es, con frecuencia, el sinsentido que se suele practicar en algunas plazas de toros, sobre todo en la de Madrid. Por supuesto, la vuelta al ruedo del torero fue clamorosa. Así fue cómo una corrida de máxima expectación, que acaba de tener unos momentos de increíble rutilancia, comenzó a entrar en barrena. Estábamos tan felices, haciendo lenguas de la cadencia del capote y la muleta de José Ignacio Uceda Leal, del luminoso rayo de su espada y del verso suelto, inimitable, que recita Morante de la Puebla cuando entra en trance, y llega el tal Sanjuán y se empeña en cabrear a la gente, incluidos toreadores y demás personal adyacente a sus labores. Empezaron a verse, entonces, caras largas en los tendidos, gestos precavidos y cavilantes en el callejón y miradas torvas hacia el palco. Cauterizar el optimismo no deja de ser la bárbara cirugía de los pobres de espíritu. “¡A ver si éste va a ser el gafe!”, susurré para mi coleto. Pues, tal cual. El segundo toro, primero de Morante fue una castaña pilonga del Puerto de la Calderilla. Duro de roer. Embestía con las pezuñas. Hizo una pelea desordenada en varas y Javier Sánchez Araújo se jugó el tipo en dos pares de banderillas de inverosímil ejecución. El toro no vale un duro, y Morante sale con la espada de acero, prueba en los medios por el pitón derecho y desiste en seguida. Se perfila y pincha dos veces, antes de la media estocada y el golpe de verduguillo. Se oyeron algunos pititos, la mayoría, producto de la incompetencia taurina. Suena el clarín y sale a la palestra el tercero de la tarde, el toro más bravo de la corrida. Embiste humillado y templado. A pesar de ser mal picado, saca a relucir su buena casta y acomete ágil y presto a los banderilleros, uno de los cuales, Rafael Viotti, coloca dos pares soberbios. En esos momentos, tenemos a un torero, Ángel Téllez, ante una situación realmente envidiable. ¿Qué más puede pedir un torero –un chico joven, con ansias de triunfo y en el comienzo de su aventura taurina—que tener delante un toro que embiste por derecho y un público –el de Madrid-- tenido por duro que se le ofrece reblandecido y agradecido? ¡Menuda bicoca! Pues bien, Ángel brindó a ese público y se echó la muleta a la mano izquierda, para citar de largo al toro. ¡Menudo taco le va a armar!, pensamos todos, torero incluido. Pues, tampoco. El toro no acudió a la cita del cite y ambos, entraron en controversias y contrasentidos de todo tipo. No hubo empatía entrambos. Un par de tandas con la derecha al principio, alguna de naturales al final… ; si, pero dio la sensación de que el toro merecía más y que el torero había venido a menos. Mal asunto. Para colmo se aturulló con la espada y le enviaron un aviso. Eso sí, los oles y las ovaciones no se regatearon a Téllez en ningún  momento. En Mora (Toledo), donde se crio, no le tratarían con tan pastueña displicencia. El resto de la corrida discurrió por sendas incongruentes e intransitables. Al primer caso pertenece la presencia en el ruedo del cuarto toro, del Puerto de San Lorenzo después de haberse partido el pitón derecho en un derrote contra el burladero de cuadrillas. El presidente debió sacar el pañuelo verde de inmediato, puesto que aún no había tomado los capotes, por tanto, no se había lesionado “durante la lidia”, que sería el eximente reglamentario. Lo hizo cuando el colgajo sanguinolento fue más ostensible, al chocar con el peto del caballo de picar. En su lugar salió un cinqueño de José Vázquez, muy astifino, que metió la cara con claridad en el capote y empujó en varas, pero salió suelto de la suerte. Toro noble, sin mucho empuje, al que Uceda Leal toreó con limpieza, sacando estimables pases y matando de una impecable estocada. El quinto fue el peor toro del lote del Puerto, otro toro con cinco años y una arboladura desmesurada. Morante sale decidido a recibirlo en los medios, bregando con él, incluso ensayando alguna verónica. Toro para pasar miedo delante de él, por su incierta embestida y devaneos varios. Una “prenda”. El de la Puebla lo apioló como mejor pudo, de dos pinchazos y media. Para entonces la corrida ya había tomado el rumbo del desencanto. Se despeñaba sin remedio. Ángel Téllez, el consentido del público ayer, se estrelló contra un mulo mansón y distraído que no tenía un pase, el banderillero Juan Navazo puso dos pares de mucho riesgo y el matador cazó al toro con la espada de una habilidosa estocada.

La corrida estrella de la feria (la próxima del día 12 es aparte), se estrelló tras la lidia del primer toro. Aún así, a estas horas todavía se recuerdan las verónicas de Uceda y Morante. Ah, y también el detalle bienvenidista del diestro de la Puebla del Rio, al iniciar la faena a ese quinto toro de la tarde con el pase cambiado, a muleta plegada. Un guiño riesgoso ante un toro grandón, cornalón y manso. Don Antonio se lo habrá agradecido desde allá arriba. Y yo, desde aquí abajo, también.