Lo bello y lo guapo

Juan Ortega, por naturales

Ayer, en Las Ventas, ante veinte mil almas, se juntaron lo bello y lo guapo, dos conceptos que irradian un estado placentero por distintos conductos sensoriales. Lo bello, impacta, lo  guapo, sosiega. Las dos cualidades gustan, pero no son lo mismo; no se captan con la misma intensidad. Al menos en los toros; porque en los toros siempre, siempre, siempre, hay que contar con un factor incontrovertible: la emoción. Y la emoción –al menos en un alto porcentaje— ha de ponerla el toro. Si el toro es bravo, su arrancada emociona. Si el toro es bueno, anda por ahí. Por eso, ayer, en Las Ventas, lo bello surgió cuando el toro tuvo su poder intacto, recién salido del chiquero. Bellos fueron los lances de capa de Diego Urdiales al primer toro, aprovechando su excelente tranco, con el haz del capote volando majestuoso ante la cuerna del animal, y los de Juan Ortega al segundo, conduciendo su viaje embrocado y mandón, con ese tempo de, dicen, tuvo la gitanería de Triana para torear de capa, y los de Pablo Aguado al siguiente de lidia ordinaria, un toro silleto que fue protestado de salida, pero se tragó un primoroso fajo de verónicas. Todos estos manejos capoteros exhalaron un vapor altamente gratificante que se propagó rápidamente por los tendidos, hasta hacerlos estallar en ¡oooooles! rotundos, la compaña que, en los toros, se marida con la belleza y su inseparable padrino, la emoción. En cambio, cuando esos mismos toros fueron perdiendo empuje –y lo perdieron a poco de comenzar sus respectivas faenas de muleta--, la coreografía tomó otra partitura, por demás ya vintage en estas lides: el ¡bieeeeeeeén!, que es el inseparable compañero de lo guapo; o lo que es lo mismo, lo bello sin emoción. No obstante, Juan Ortega dibujó muletazos de categoría estética indudable, especialmente al comienzo de faena en sus dos toros. Uno de ellos, el segundo de la tarde, empezó pronto a tirar gañafoncitos a la tela roja, en palmaria manifestación de su pase a la reserva defensiva, y otro, el referido quinto, ofreció una embestida tan calmosa, tan mortecina, que los pases ralentizados del trianero parecían destinados al objetivo de la cámara fotográfica de mi amigo José Ángel –un experto en captar la clave del fotograma exacto--, más que al público en general, el del coro que subraya con el ¡bieeeeeeén! lo guapo. Algo parecido sucedió con Diego Urdiales en el que abrió el festejo o con Pablo Aguado en sus dos toros, dejando un pausado galleo por chiuelinas y un plausible afán por encontrar el triunfo; pero cuando los toros se vienen abajo, cuando su permanencia en el ruedo exige un laborioso trasteo como patente justificación de las buenas intenciones de quien a él se enfrenta, la cosa no hace sino azuzar malestares y amasar aburrimientos. Algo parecido hicieron sus compañeros de cartel. Querían triunfar a toda costa, pero su porfía, además de inútil acabó por resultar insulta. Pases aislados de cuidadosa composición y correcta compostura, sí; pero ayunos del calambrazo de la emoción. En resumidas cuentas: lo bello, arrebata y caldea los tendidos; lo guapo, conforta y calienta, pero no quema.

La corrida de El Pilar tuvo muchas carencias. Para empezar, el trapío de algunos toros, especialmente terciados tercero y quinto, precisamente los únicos cuatreños del lote enviado por Moisés Fraile a Madrid. Los otros cuatro cinqueños tuvieron variado comportamiento en varas. Los que más y mejor empujaron fueron los tres primeros y el sexto. El cuarto, colorado zanquilargo, resultó el más deslucido de la corrida. Protestón en varas, fue un mansueto al que Urdiales acabó engatusando para que tomara la muleta, cosa que logró a duras penas. A uno lo liquidó de una limpia estocada en la yema y al otro de un espadazo habilidoso. Juan Ortega, que recibió un aviso por marrar con la espada su pulcra labor en el segundo toro, estuvo a punto de lograr la oreja del quinto, con su toreo de muleta, guapo en grado superlativo, y por lograr una estocada impecable. Dio una vuelta al ruedo, protestada por un sector de público. También recibió un aviso Aguado en el sexto, banderilleado superiormente por Iván García.

Conclusión: Ayer, en Las Ventas, tres toreros “de arte” torearon bellamente con la capa y guapamente con la muleta. Fueron fucilazos estéticos que, desde luego, --con todos los respetos al muy poblado escalafón de matadores de toros-- no están al alcance de otros mortales que visten caireles y lentejuelas. En la cuestión de torear al toro, el almíbar es ambrosía de privilegiados Solo es una reflexión. Que nadie se dé por aludido.