El "sitio"

Víctor Hernández, ayer en Madrid

Venir de Sevilla y meterte en Madrid (de la Maestranza a Las Ventas, se entiende) supone un salto. Nos sé si cualitativo o cuantitativo, o si se trata de una inmersión en el vacío, pero salto, es. No tanto por la temperatura, que ayer en Madrid la tarde fue la típica de esos otoños sanmiguelinos en que luce el sol y no corre el viento, con sus veintipico grados a la sombra, que son una bendición. Daba gloria estar en la calle o en la plaza. Y si es de toros, mejor. Ir a Las Ventas, por tanto, suponía presentir una tarde de toros maravillosa, de las que invitan a vislumbrar el inmediato futuro de dos novilleros, dos “gallitos” del escalafón, que pueden ser “gente” de aquí a nada. Un mano a mano que traía cierto morbo, como todos los mano a mano que se precien. Hace justamente setenta años y tres meses, aquí mismo, se vieron las caras los dos novilleros de moda en aquél tiempo, Jumillano y Pedrés, y pusieron el cartel de No Hay Billetes. Hoy, un chico madrileño de Los Santos de la Humosa (Víctor Hernández) y otro toledano de Torrijos (Álvaro Alarcón) venían a por todas, apostando fuerte en el escenario taurino más complicado, más turbulento  y más inmisericorde de cuantos existen. Nada que ver con Sevilla. Se jugaban el beneplácito consensuado del público (de toros) de Madrid. “Ahí es nada, doña Priscila”, le diría don Servando, el boticario de Lavapiés que la galantea junto a la botillería más castiza. “Es Madrid”, chulapa mía, el Madrid de mi alma, que en hablar y saber de toros es el más sabio y más exigente del mundo” ¿Será esto cierto? ¿A qué ton en Madrid se sabe más de toros que en Toledo, por ejemplo? El aserto se funda, al parecer, en que los madrileños asisten puntualmente a la plaza las tardes de corrida o novillada, y Madrid es campeona ancestral en número de festejos; pero, ¿acaso la sola asistencia periódica a clase en el instituto o la universidad da diplomas y otorga licenciaturas? Nadie con un mínimo de seriedad y sentido común podría entenderlo, y menos aceptarlo; por tanto, la cosa está clara: la exigencia de Madrid, en materia taurina, se da por nada del otro mundo, simplemente, porque la feligresía, por azares del Destino, ha caído en zona beligerante: por tal motivo, a Madrid se le conoce como “el Foro” de España, que es tanto como decir el Ágora griega de los grandes declamadores, en este caso nuestro, por el mero hecho de estar emplazados en una Plaza.

Pues bien, en esa Plaza de Las Ventas y en su ruedo se dieron cita los contendientes, dos jovenzuelos de 23 años cada uno que se han ganado esta confrontación, este duelo al sol tibio del Retiro madrileño; dos promesas de nuestra Tauromaquia que deberían haber contado con el apoyo de la muchedumbre congregada en tendidos, gradas, palcos y andanadas; eran muchos, exactamente, 13.105 personas, sin contar los del callejón; y, sin embargo, ese núcleo de individuos que ocupaban dos tercios del aforo del “Foro”, estaban, de alguna forma con la oreja amusgada, como la de  los caballos que barruntan el reniego. La cuestión se centraba en el “sitio”. El “sitio” en que se desarrollaba la acción y el “sitio” que el torero debe ocupar frente al toro. Ayer, le gritaron a Víctor Hernández ¡”Ponte en el “sitio”, que sabes torear! Y el muchacho se volvía tarumba buscando ese “sitio” que tanto se invoca en esta Plaza. Ya verán la cara que pone Víctor cuando los “sitiadores” le revelen que el “sitio” está entre los cuernos del toro y que debe quedarse ahí para ejecutar la suerte, con lo cual, o bien el bruto astado desvía la trayectoria hacia un lado (hace descarrilar al tren, dicen los que “saben” de esto) o se lleva por delante al torero y se lo echa a los lomos. ¡Ah, qué maravilla debe ser citar y quedarse “en el sitio”! ¿Lo han comprendido? Pues el que no lo haga, palmas de tango… o de tongo, qué más da. En este plan se vivió la tarde de la primera de abono de la feria de Otoño en Madrid: invocando al “sitio”.

Mientras trataban de encontrarlo, tanto Hernández como Alarcón, torearon estupendamente de capa y muleta, sobre todo de muleta, a unos novillos bien lustrosos y bien armados de Fuente Ymbro. Los dos novilleros están sobradamente preparados para tomar la alternativa, y ambos dibujaron lances de capa y muletazos de categoría suprema. A Víctor le debieron dar una oreja del primer o tercer novillo, porque a ambos los toreó sobrado de valor y exquisito temple; pero no se la dieron, a pesar de la masiva petición. Buenos y exigentes novillos de Ricardo Gallardo, a los que dio cumplida réplica el joven torero con intervenciones de alto nivel en los tres que estoqueó, a los dos primeros de dos estocadas de limpia ejecución y al cuarto --corrió turno por percance de Alarcón—quizá un pelín desprendida. De tres orejas pedidas con fuerza por el público solo paseó una, la del cuarto. Ni siquiera le permitieron dar la vuelta al ruedo en los que se encontró con la negativa presidencial y el asentimiento de los "sitiadores". El “sitio” tuvo la culpa, digo yo. Incluso la concedida fue protestada por un sector, los mismos que aplaudieron al presidente por negarle las otras. Fueron –lo tengo minuciosamente comprobado—un poco más del uno por mil; más o menos, veinte, de las trece mil congregadas.

Álvaro Alarcón, en cambio, parece que encontró el ”sitio” perdido por su compañero, aunque la verdad es que dio dos tandas con la mano derecha plenas de temple y armonía. No obstante, cuando el toro (un toro, en realidad, era) perdió energía y espació los embates, le echó mano y le tiró varios derrotes, uno de los cuales por poco le degüella. Se fue a la enfermería con una cornada en el muslo de 15 centímetros y un puntazo corrido en la región cervical derecha. Salió de ella hecho un pincel y se empleó a fondo con los dos últimos ejemplares de su lote. Ni un paso atrás, dio el muchacho, sobre todo en el quinto novillo, bravo como un tejón en el caballo y codicioso en la muleta, hasta que de mitad de faena para adelante levantó el pie de acelerador y se fue apagando. Valentísimo Álvaro también en el sexto, un castaño que fue una castaña de toro, sufrió dos volatines y se fue viniendo abajo sin contemplaciones. El pinchazo (único de la corrida) y una estocada eficaz acabaron con la fiesta.

Por allí andaba el “sitio”, errante y desorientado. El Sitio de Zaragoza, por lo menos, es una marcha patriótico-militar-folclórica de la capital de Aragón que se hizo muy popular en el siglo XIX y parte del XX. En cambio, el “sitio” de Madrid, en la cosa taurina, tiene tela. El grito desgarrador del “Foro” que lo reclama desde el tendido, desestabiliza al torero, enfría faenas y arruina entusiasmos. Ya te digo.