El consenso imposible

Juan Leal, valor y cercanía

Hablemos del consenso, que es palabra imprescindible para que los integrantes de colectividades del género humano logren un estado laxitud y bienestar que facilite la convivencia. En política, se habla mucho de consenso, pero por lo general cuando se consensua algo entre políticos hay que suponer que tal consenso lleva implícita la carga adicional de intereses partidistas. Se consensua si se saca tajada para el coleto particular de quienes se sientan a la mesa del diálogo; si no, no hay acuerdo, no hay conformidad entre las partes litigantes. Hay que reconocer que, al menos en España, los consensos entre representantes de los poderes del Estado están a la orden del día, porque entre los políticos de poltrona no se buscan demasiado las cosquillas, como entre bomberos no se pisan la manguera. En lo tocante a la Tauromaquia, en cambio, el consenso es más complicado. Los gremios taurinos tienen intereses contrapuestos que friccionan entre sí, y cada agrupación, asociación o arrejuntamiento, pelea hasta la extenuación por lograr el mantenimiento o la estabilidad grupal de asuntos que –ellos-- consideran inviolables. En cambio, el consenso en el público de toros, por heterogéneo que sea, en ocasiones se consigue en plenitud. Al menos, así ocurrió ayer en la Plaza de Las Ventas, a la que acude el público –en este caso más de tres cuartos de entrada-- más reacio a instalarse en la homogeneidad para emitir la valoración espontánea de lo que ocurre en el ruedo. Y no es la primera vez. Ocurrió en dos momentos puntuales de la corrida: el tercio de varas del quinto toro y el duelo o “pique” entre dos banderilleros en el último toro de la tarde. Así fue la cosa:

En el ruedo se hallaba el toro de Fuente Ymbro, de nombre Mimoso, castaño albardado, alto de cruz y menos ofensivo de cuerna que los lidiados anteriormente. Tras vagabundear perezosamente por el ruedo, se arrancó como un ciclón al caballo que montaba Vicente González, de la cuadrilla de Juan Leal. El topetazo del cornúpeta contra el peto fue brutal. Empujaba el toro metiendo riñones para hacer palanca, mientras los cuernos suspendían en el aire, por unos segundos, a la mole de caballo y caballero. Gran puyazo. Repitió al poco rato y, de nuevo, peleó el toro como un jabato, engallado, con empuje tremendo, a pesar de que la puya volvió a romperle las carnes por los alrededores del morrillo, o por el morrillo mismo. Un revistero de los de muy antes hubiera escrito: las palmas echan humo. Y lo echaban, vaya si lo echaban. Como lo echaron cuando en el siguiente toro se enzarzaron en pugna ocasional Iván García y Fernando Sánchez. El uno, Iván, citando con la figura arqueada hacia atrás, la tripita –es un decir—en arco convexo y los talones levantados sobre las puntas de las zapatillas. Brazos en alto, cada cual con su banderilla apuntando hacia el toro. Carrerita breve en cuarteo hacia el testuz y, tras el enfrontilado entre cuernos, ¡zas! las dos banderillas milagrosamente clavando, que diría el poeta. El otro, Fernando, de patilluda faz, ofreciendo la cadera a la línea de la embestida, con los brazos abandonados hacia abajo y los arpones de los rehiletes a punto de rozar los granos de arena de la última capa, andando marchoso, garboso, como si gozara de la extraña felicidad que debe provocar el ser osado. Breve cuarteo, casi al límite del embroque y, ¡zas!, lo mismo que su compañero: ahí quedan dos flores de papel de colorines balanceándose sobre un pequeño manantial de sangre brava. Y se va, sin prisa, de la zona de conflicto, ufano, discretamente altivo. En los tendidos la gente se ha puesto en pie. En todos los tendidos, gradas y andanadas. Todos de acuerdo. Tanto con el tercio de varas como con el de banderillas. Consenso total. ¿Ven qué fácil ha sido?

No nos engañemos. El consenso en el público de toros de Madrid solo puede producirse en casos como estos; pero la facción “dura” argumentará que “cuando se hacen las cosas bien”, todos de acuerdo. Mentira. Ayer los tres toreros “hicieron las cosas bien”, se jugaron la vida con los toros de Fuente Ymbro, interpretaron las suertes, a veces, de forma impecable… y apenas les dejaron torear. Sí, torear; porque el arte del toreo tiene que apoyarse en el dominio del soporte que propicia esa obra de arte: el toro; pero es un dominio que se consigue utilizando la estética en la caligrafía de los pases, y la dosis de valor suficiente para que todo ello se lleve a efecto sobre la base de una economía de movimientos. Fíjense que cosa tan “sencilla”, ¿verdad?  En cambio, los que llevan la bandera de “hacer las cosas bien” creen que estos tres toreros, estos jóvenes que han visto pasar la muerte de cerca una y otra vez a lo largo de dos horas y pico de corrida, “no hacen las cosas bien”. Les están engañando; mejor dicho, les quieren engañar. ¡A ellos, a los de Madrid, les van a engañar! Y les gritan impunemente, con la impunidad que facilita el sentirse a cobijo de unas normas, reglas o cánones que nadie, nadie, ¡nadie! ha escrito sobre una base cierta, y sí desde ignorancias encriptadas o venalidades interesadas.

Ayer, Miguel Ángel Perera estuvo impecable de dominio y poderosa torería en el primer toro de la corrida, un gran toro de Fuente Ymbro, bravo y encastado. Le sometió con la muleta arrastras, cuajando las series en un  palmo de terreno en una larga faena y lo mató de una estocada en lo alto, sufriendo un pitonazo a la altura del estómago. A pesar del aviso por la dilatada labor, se le pido la oreja con timidez y ni siquiera le obligaron a  dar la vuelta al ruedo. Juan Leal hizo ofrenda de su vida con un desprecio de la misma que puede llegar a ser innecesario, incluso obsceno; pero no le quedaba otra. Tampoco le dejaban torear a un toro de tarda, pero noble embestida. Hubo de dejar que le llegaran las puntas de los pitones a los rizos de la camisa para que la mayoría del público se conmoviera ante semejante y gratuita exhibición de valor. Y tampoco es eso. Pinchó Juan Leal antes de clavar una gran estocada. Nada, ni caso. Algo parecido, pero con menos virulencia, le ocurrió a Álvaro Lorenzo, ante el tercer toro de la tarde; un gran toro, muy noble, especialmente por el pitón izquierdo. No hubo serie de  muleta que no fuera motejada con mayor o menor intensidad. Todo eran, más que consejas, órdenes, las que volaban desde el tendido. Ni siquiera se rompieron con oles rotundos ante la postrera tanda de ayudados por alto, plenos de hondura y magnificencia. También pinchó y la estocada cayó chispa desprendida. La ovación fue poca cosa. Perera se empeñó en dejar  en el ruedo al flojo toro –cojitranco—que hizo cuarto y pagó las consecuencias, porque el de Fuente Ymbro --de embestida franca, pero con mínima fuerza-- se vino abajo estrepitosamente, antes de la estocada final y el descabello. El segundo toro del francés Juan Leal, fue desleal con su propietario, Ricardo Gallardo a partir del relatado tercio de varas. Llegó al tercio final bronco y topón, tirando cabezazos a diestro y siniestro –más al diestro, al que por poco le quita la cabeza de un derrote--. Toda la faena fue de ¡uy!, porque se mascaba la cogida… o la tragedia, vaya usted a saber. Por fortuna no se llegó a tanto, porque el valeroso francés lo envió a las mulas de media y descabello. Le aplaudieron con fuerza los que, supuestamente, no saben que Juan no hizo “las cosas bien”. Peor fue lo de Álvaro Lorenzo en el sexto, el de los “piques” entre banderilleros. Un toro salmantino, astifino, del Puerto de San Lorenzo, que completó el lote llegado desde el San Juan del Valle gaditano. Se desfondó el toro nada más empezar la faena de muleta, y se acabó echando, rendido, ante el estribo de la barrera. Hubo de apuntillarlo Fernando Sánchez.

Ya ven. Lo mejor de la tarde no solo fueron un tercio de varas y otro de banderillas. Hubo toros y toreros que merecieron más y mejor consideración de quienes se instalaron en los graderíos de Las Ventas, el foro más importante del mundo, dicen. Puede ser. En él se aposentan excelentes aficionados, conocedores del toro y el toreo. También los hay en el tendido más contestatario, se lo aseguro; pero, de momento, no tienen el arrojo de parar los pies a tanto indocumentado que vocifera a su alrededor, sin saber de la misa la media. Así las cosas, el consenso entre el público de toros de Madrid, parece imposible.