Aquél octubre del 34…

Las VentasPlaza de Toros de Las Ventas

Hoy, 21 de octubre de 2022, la plaza de toros de Las Ventas cumple 88 años, que ya son años. El guarismo capicúa se asemeja al doble enganche de una cadena, como si la efemérides quisiera recordar los eslabones de una sucesión de hechos virulentos que conmocionaron a nuestro país en general y a su capital, Madrid, en particular. En aquél octubre del 34, España se quemaba por un ardor revolucionario, con las izquierdas (PSOE, UGT, PC y algunos partidos del mismo signo, más minoritarios) en pie de guerra, tras haber perdido de forma palmaria y dolorosa las elecciones generales del año anterior. La huelga general, con el ascua de Asturias a la cabeza, estaba a la orden del día. Disparos, asaltos a Instituciones y desmanes varios. Y nuevo gobierno en minoría, el del jefe del Partido Republicano Radical, don Alejandro Lerroux, que ya había elegido a la nueva Plaza –inaugurada provisionalmente tres años atrás—para celebrar desde una improvisada poltrona encendidos mítines electoralistas. Un gobierno breve, al acecho siempre de los movimientos del centro-derecha de la CEDA de Gil Robles, y su inquietante amenaza de llegar al poder, dadas las circunstancias. En aquél tiempo–como en éste—las plazas de toros eran escenarios pintiparados para hacer declamación de promesas, bonanzas y parabienes a multitudes enfervorizadas. Exactamente igual que ahora, solo que en aquél octubre del año 34 la fiesta de los toros tenía presencia en el Gabinete encargado de gobernar, porque el señor Lerroux había nombrado Subsecretario de Comunicaciones a César Jalón, Clarito, una de las plumas más brillantes de la crítica taurina del pasado siglo, posteriormente ascendido a Ministro del mismo “ramo”. Un crítico taurino de notable éxito, desde las páginas de El Liberal, metido en el avispero de la política de máximo rango. ¡Quién lo diría! Clarito –sus Memorias son de obligada lectura—tenía una asombrosa capacidad para escribir con un lenguaje impecable sobre toros y toreros, pero también sobre los avatares socio-políticos de una de las épocas más azarosas, tristemente azarosas, que azotó a España en este cuarto decenio del siglo XX, cuando el horror de una posible guerra civil ya se vislumbraba en el horizonte. Tampoco se libró aquél tenebroso año 34 de una tragedia en los ruedos: en agosto, un toro había matado en Manzanares (Ciudad Real) a Ignacio Sánchez Mejías, hombre racial, torero aguerrido como pocos lo han sido y amigo de una cohorte de intelectuales --la llamada generación del 27—que colocaron a la España literariamente cultivada al máximo nivel.

Nueva plaza de toros de Madrid

Este era el panorama que se abría a los ojos de los madrileños cuando en las paredes de la villa y corte se encontraron engrudadas con el cartel que se muestra. Era la INAUGURACIÓN OFICIAL de la Nueva plaza de toros de Madrid. El edificio que colmaba los anhelos “monumentalistas” de Joselito el Gallo se habían hecho realidad, aunque ni él ni su arquitecto, Espeliú, lograran verlo terminado. Se anuncian seis toros murubeños de doña Carmen de Federico, para Juan Belmonte, Marcial Lalanda y Cagancho. Ni que decir tiene que un gentío de aquél Madrid de la España republicana enfiló la calle Alcalá hasta alcanzar el lugar que ocupaban las antiguas Ventas del Espíritu Santo –ya entonces derruidas--, junto al arroyo Abroñigal, y agotaron las localidades. El sorteo de los toros deparó un mal lote para Marcial Lalanda y algo más “manejable” uno del de Cagancho, con el que el gitano dejó caer algunas gotitas de su gitanería, impregnando con ellas un trasteo que hizo las delicias de las veinticuatro mil almas que abarrotaban los graderíos. ¿Y Belmonte? Pues Juan se encontró con un toro muy flojo –demasiados kilos y poca casta--, de nombre “Cerrojito”, al que administró el jarabe de su prodigioso temple y dio la vuelta al ruedo; pero después, en el cuarto de la tarde (en la foto), “Desertor” de nombre, áspero carácter y cara por las nubes, dio un recital de dominio –las lecciones de su máximo rival, Joselito, no fueron baldías—y mató superiormente, lo que excitó el muy de por sí excitable temperamento de los belmontistas, pidiendo por aclamación las dos orejas y el rabo para su ídolo, trofeos que paseó por el ruedo embutido en un terno de plomo bordado en seda y canutillo blanco, probablemente, estrenado para la ocasión. Fue, naturalmente, el primer rabo que se cortó en la plaza de Toros de Las Ventas. El ya veterano Juan Belmonte había reaparecido ese año, contratado por Pagés en exclusiva, y se retiró a sus aposentos del campo, a disfrutar de su finca, sus caballos y sus toros. Dicen las crónicas –no la de Clarito, que estaba incompatibilizado por su alto cargo en el gobierno—que la gente salió encantada de esta inauguración definitiva y oficial. Ya ven que el corte de un rabo en Madrid no ha fue una catástrofe para la Plaza ni para la Fiesta; ni tampoco los que cortaron posteriormente otros matadores, algunos, de escaso nivel. Al contrario, fue un eficaz lenitivo para los aficionados de una España que vivía momentos de penurias, angustias, desasosiegos y luchas intestinas en un ambiente político y social irrespirable. Las gentes de Madrid, dice el Tío Caniyitas, volvió de la Plaza tarareando “La del manojo de Rosas”, el “¡Ay, Mary Cruz!” y las pegadizas sevillanas de “La Hermana San Sulpicio”. Es lo que tienen los toros: te pueden levantar el ánimo, hasta en los ambientes más deplorables. Aunque no sea más que por este motivo –y a pesar de que, en este momento, el edificio necesita de algo más que una pasada de rastrillo--, déjenme que recuerde la efemérides taurina, que va para centenaria, de aquél octubre del 34. Felicidades, “ancianita”.