Nada nuevo bajo el sol

Nada nuevo bajo el sol

EFEFuegos pirotécnicos para recibir el año 2023 en la Puerta del Sol de Madrid

2022 ya pasó, lo despedimos como corresponde, de la misma forma que siempre. “Entre pitos y gritos, los españolitos, enormes, bajitos, hacemos por una vez, algo a la vez”.  Nos comimos las doce uvas prestando atención a las resabidas campanadas, según una tradición que, en realidad, nada tiene que ver con la suerte ni la religión, sino con la economía. En la noche vieja de 1909 y con un esfuerzo de imaginación que debería ser objeto de estudio en los másteres de las más prestigiosas escuelas de negocios, los cosecheros lograron desembarazarse del excedente de uvas de ese año, inventando el ya mítico rito de las uvitas. Convencieron a todos de que empezar el año comiendo uvas era sinónimo de suerte, amor y prosperidad, y, desde luego, hay que reconocer que lo hicieron rematadamente bien.

Porque a pesar de los años vividos, la mayoría -la afortunada- hemos vuelto a vivir la transición del 31 de diciembre al 1 de enero entre uvas -quizás también a por uvas-, como una especie de mágico ritual para llamar a la esperanza, a tiempos mejores. Igual que si en los pocos instantes que separan un día del siguiente todo pudiera darse la vuelta, pasar del negro al blanco, situarnos de nuevo en la casilla de salida. Una nueva oportunidad. Borrón y cuenta nueva. Hay que empezar con buen pie, dicen que con el derecho. Y con el fugaz pero potente convencimiento de que esas promesas que hacemos de cara al futuro más inmediato se verán cumplidas, no tanto gracias a nuestra disciplina sino más bien al hecho, que imaginamos mágico, de pasar de un año al siguiente arrancando la última página del calendario, ensimismados en el trance de intentar reinventarnos… Otra vez. Suele decirse que “quien nace lechón, muere gorrino” para contradecir la idea de que todos podemos volvernos del revés como un calcetín si nos lo proponemos. Yo, en mi proverbial inocencia, sigo queriendo creer que uno puede cambiar, sobre todo si es la vida la que se encarga personalmente de ponerte del revés. En esas épocas en que toca caminar con pasos titubeantes después de haber llegado a un oscuro puerto sin posibilidad de amarre. Sin aparente salvación.

La teoría es que aquello que hagas el primer día del nuevo año será lo que marque a fuego los 364 siguientes. Por eso, hay quien sale de casa después de las uvas arrastrando una maleta para dar tres vueltas a la manzana y asegurarse, de ese modo, viajes durante todo el año. O quien, como en Estados Unidos, está convencido de que si no empieza el nuevo año dando un apasionado beso se arriesga a vivir en soledad los 12 meses que restan. Nos vestimos con ropa interior roja para atraer el amor y brindamos con una copa que tenga un objeto de oro en su interior, para invocar la riqueza. En Italia no faltan las lentejas a medianoche, símbolo romano de la abundancia, y en otros lugares del mundo se arriesgan a romper la vajilla contra la puerta, tirar trastos viejos por la ventana o saltar desde lo alto de una silla. Casi cualquier cosa vale, cuanto más extravagante mejor; lo importante es hacer algo distinto que rompa y señale, al mismo tiempo, el pretendido cambio en la dirección del viento que nos empuja.

En realidad, lo único especial de los primeros días de enero se traduce en buenos propósitos, algunos más factibles que otros. Promesas de metamorfosis que sólo en pocos casos dependen únicamente de nosotros, pero que consuelan a base de permitirnos imaginar que la vida está en nuestras manos. Que podemos decidir casi  cualquier cosa. Lo nuevo tiene el poder de arrancarnos un escalofrío en el alma, porque lo desconocido aún guarda en su misterio muchos anhelos que ni siquiera nos atrevemos a confesar a nosotros mismos. Y cuántas veces, sin embargo, lo nuevo es simplemente flor de un día. Potente luz que ciega y esconde en las sombras lo viejo, eso que todavía resiste pero ya ni siquiera vemos. Aunque sea lo único que ha permanecido fiel a los irremediables vaivenes de la vida. Ajado, sí, pero constante, auténtico, sincero. Vivimos en la era del cambio, de la veleidad. Los objetos nacen para ser reemplazados y los sentimientos se admiten pensando desde el principio que no son inmutables. Sin embargo, es en lo viejo, en lo experimentado, lo vivido, donde se encuentra la posibilidad de la transformación, de esa ansiada mejora.

Nos atrae lo inesperado con la misma intensidad que nos provoca pánico. Aun así, lo seguimos invitando. Cada primero de año. Esa contradictoria ocasión en la que aspiramos a cosas nuevas a través del curioso rito de hacer siempre las mismas. Como escribió Ambrose Bierce: “No hay nada nuevo bajo el sol, pero cuántas cosas viejas hay que no conocemos”. Están en casa, en el trabajo, entre los amigos, en la calle. Y, de manera especial, están dentro de nosotros. En acciones concretas que no imaginamos. Proclaman, por ejemplo, los científicos que hay más felicidad en el altruismo que en el hedonismo. También en dormir más cada día que en comprarse un coche nuevo. Eso sí, advierten, después de un sinfín de ensayos y estudios con gemelos, que el sentimiento de bienestar con la propia vida es genético en al menos un 50%. La otra mitad de felicidad la seguiremos buscando. Este año y, con suerte, también el siguiente.