Marlaska, en tierra de nadie

Fernando Grande-Marlaska, en el banco azul del Congreso de los Diputados.

EFEFernando Grande-Marlaska, en el banco azul del Congreso de los Diputados.

Hace ya mucho que del juez del Faisán no queda ni el esqueleto. Ahora parece un político de carrerilla más que de carrera que ha hecho totalmente suya aquella famosa frase de Cándido Conde-Pumpido, el que fuera fiscal general del Estado con Rodríguez Zapatero y ahora candidato de Sánchez para ocupar la presidencia del TC, que decía que “el vuelo de las togas de los fiscales no eludirá el contacto con el polvo del camino”.

En piedra tiene grabado el ministro del Interior Fernando Grande-Marlaska esta máxima que se ha convertido en su santo y seña, en el credo que guía su trayectoria y paralelamente en el motor de su supervivencia desde que, tras colgar la toga, fue engullido por ese pozo gris, profundo, absorbente y adictivo que es la política y empezó a embadurnarse con el polvo de todos los caminos necesarios para seguir ahí, amorrado al banco azul.

La gestión y las mentiras, o verdades a medias, que rodean la versión oficial de la tragedia de Melilla -la BBC ha demostrado lo que ya se intuía- no ha sido ni mucho menos el único resbalón de Marlaska, aunque sí el más grave e inquietante de este antiguo, o al menos eso creíamos, defensor a ultranza de la verdad, de la Ley y de los derechos humanos. Podría aplicársele al titular de Interior las palabras de Fernando Savater cuando dijo que no siempre nos movemos atraídos por la luz, que a veces es la sombra la que nos empuja.

Sombras que delimitan su actuación con los presos de ETA o con los mandos de la Guardia Civil a los que despachó. Y no tanto por los traslados al País Vasco y la puesta en libertad de los primeros, o por la destitución de los segundos, sino porque siempre han parecido estar ambas medidas más condicionadas por el imprescindible apoyo parlamentario de los partidos vascos y de ERC que por la estricta aplicación de la Ley.

Muy pronto nos dimos cuenta de lo que iba a ser capaz este antiguo juez cuando empezara a olvidarse de la Justicia. Antes de los 23 muertos en la ciudad fronteriza con Marruecos, un recién estrenado ministro del Interior puso en marcha la ‘operación Aquarius’, aquel barco que ningún país quería y que España, con grandes muestras de autosatisfacción, acogió con 629 inmigrantes a bordo de los cuales, cuatro años después, apenas unos pocos, muy pocos, han logrado el permiso de residencia. Después vino lo de las concertinas: el ministro aseguró que iban a desaparecer de las vallas españolas, pero se calló que había conseguido que las pusieran antes en la parte marroquí de la frontera. Y en plena pandemia, a Marlaska no se le ocurrió otra idea que trasladar a la península a todos los migrantes que habían desembarcado en Arguineguín (Gran Canaria) abandonándolos a su suerte y sin avisar a las autoridades de las ciudades donde iban a desembarcar.

Nadie sabe dónde se ha escondido ahora el hombre que acorraló a Alfredo Pérez Rubalcaba cuando en 2006, siendo este ministro del Interior, se produjo el chivatazo policial a ETA, conocido como ‘caso Faisán’. Chivatazo que tuvo como objetivo no entorpecer las negociaciones de paz con la banda que había puesto en marcha el entones presidente José Luis Rodríguez Zapatero.

Nadie sabe dónde está el juez que, al frente del juzgado número 5 de la Audiencia Nacional, abrió el camino para que Enrique Pamiés, entonces jefe superior de Policía del País Vasco, y el inspector José María Ballesteros fueran condenados en octubre de 2013 a año y medio de cárcel y a cuatro de inhabilitación por revelación de secretos. La sentencia de la Audiencia Nacional, ratificada en julio de 2014 por el Tribunal Supremo, dejó probado que los dos policías le contaron a Joseba Aguirre, propietario del bar Faisán de Irún, y miembro de la red de extorsión de ETA, que se iba a desarrollar de forma inminente una operación judicial y policial hispano-francesa para detener a todos los integrantes de dicha red.

Ahora ya no sabemos si el juez ético, recto y valiente que creíamos que era lo fue alguna vez. O si la carrera judicial fue la coartada perfecta para llegar a la política. Fue un juez estrella y ya sabemos en este país lo que determinados estrellatos pueden provocar. No hay que olvidar nunca que Marlaska llegó al CGPJ apoyado por el PP y que se postuló, sin éxito, para que este partido le nombrara fiscal general del Estado. El fracaso no le hizo reblar, cambió de bando y con la llegada de Pedro Sánchez tocó el cielo. No es de extrañar que en justa reciprocidad se encargue de todos los trabajos sucios o menos limpios que le pida el presidente.

Y eso es lo que ha resultado ser el papel de España en la tragedia del pasado 24 de junio en Melilla. Un papel sucio. Un papel oscuro, interesado y egoísta, que ha escrito de su puño y letra el propio ministro de Interior. Un papel alejado de toda defensa de los derechos humanos, que ha tratado a las víctimas como despojos, como animales más que como personas, y que es imposible descontextualizar de la nueva era de las relaciones entre Rabat y Madrid después del cambio de postura del Gobierno de Pedro Sánchez en relación con el Sáhara.

Oír hablar a Fernando Grande-Marlaska de esos muertos que estaban “en tierra de nadie” causa rubor y vergüenza. Oír sus presuntas explicaciones, como juega con las palabras, como tergiversa, como manipula, como habla mucho para no decir nada es la prueba inequívoca de que miente y que lo hace con solvencia y frialdad.

“El tóxico que desprende la política ha acabado con él”, me decía hace algunos meses un antiguo compañero de carrera que cree que “su ambición y su alto concepto de sí mismo le ha hecho caer bajo el influjo de los telediarios; y de impartir Justicia para la sociedad ha pasado a hacer servicios para el Gobierno. Su prestigio se ha evaporado… Del juez del Faisán ya no queda nada”.

Aunque es seguro que por el momento el presidente no va a prescindir de él, Fernando Grande-Marlaska ha perdido el norte y quien sabe si la dignidad y anda en una continua huida hacia adelante en la que incluso no sabe si saltar la valla -la parte española claro, que no tiene concertinas- para intentar escapar de esa alargada sombra que empieza a perseguirle. Él sí que está en tierra de nadie, y no los muertos de Melilla.