Otoño

otoño

Parece mentira que haya entrado el otoño con tanto calor en el aire.

Recuerdo el mes de septiembre siempre algo caluroso, pero no con este bochorno, o al menos ya se me había olvidado, el calor que hace todavía en Madrid cuando regresas demasiado pronto y la piedra de los edificios sigue soltando el calor del verano.

Las plantas, han sobrevivido, y a veces pienso que crecen mejor sin nosotros, siempre que dispongan de agua, pero por las calles hay hojas caídas que ya se barren y que no son las del otoño sino las del estiaje.

Para que las hojas se caigan, tiene que hacer mucho frío, que es el verdadero serrucho que corta la unión del peciolo a la hoja, algo así como sucede con los venados cuando pierden como si fueran hojas las cuernas tras el celo de estos días, llamado berrea. Este es un hecho asombroso, por el dispendio al que la Naturaleza no acostumbra, que se produce con el desmogue de los ciervos, dejando trofeos por el suelo que pueden pesar más de siete kilos y sobre los que en primavera se posan los abejarucos, aves llenas de colores que ya se han marchado, dejando el aire aún más transparente.

No en la ciudad, todavía turbia, aunque hay un movimiento imparable de bicicletas, patinetes y gente corriendo que se va haciendo lentamente con las calles, dispuesta a cambiarlas para siempre. Me temo que yo no estaré ya para ver esto. Lo primero que hice al venir aquí, fue comprar una bicicleta, y ahora que me voy la he puesto en venta. Pero me alegra dejar atrás una ciudad que cambia, aunque tal vez demasiado porque recuerdo cuando vinimos que estaban los locales cerrados, el silencio, por la crisis; y ahora están abriendo por todas partes, incluso aquí abajo, con unas obras y unos ruidos que suben volando hasta mi ventana envueltos en ese polvo del alicatado derrumbado que entra por todos los rincones, también con las ventanas cerradas.

Hay más ruidos y hay más coches y hay más obras, o eso me ha parecido a mí cuando he regresado.

Es esta una sensación que no cambia, el asombro de volver a la ciudad cuando volvíamos de niños tras pasar el verano en la playa o en el campo, ese contraste de pronto de algo que ya conoces, pero que no acabas de reconocer del todo, como quien se despierta de un sueño y no sabe muy bien dónde está, aunque sea en su propia su casa.

De esta manera, el regreso a la ciudad, siempre me ha causado la extrañeza de algo que no debería estar ahí, fuera de sitio aunque lleve siglos en el mismo lugar, y tardo unos días en reubicarme, para olvidar luego el resto del año esa sensación, una vez que la ciudad me ha engullido de nuevo.

Es fácil, ya dentro, seguir aquí, mientras los días pasan en otra parte.

Y caen las hojas que nadie barre.