Lastarria, por un buen vivir

Un pequeño barrio que florece alrededor de una calle principal, Calle José Victorino Lastarria

laguiadesantiago.comLastarria, Santiago de Chile

No entiendo nada de política, pero sí de felicidad.

La huelo en el aire.

Y en el barrio de Lastarria, en la comuna de Santiago de Chile, no era difícil apreciarla bajo el sol y unas temperaturas primaverales, inusualmente cálidas, el pasado domingo, mientras las montañas de la cordillera se amareaban con el deshielo.

Ya nos advirtió el taxista, que era en ese barrio y sus alrededores donde se produjeron los últimos disturbios pero que, siendo domingo, podíamos estar tranquilos porque, el descanso, se respetaba.

Hoy, lunes, regresamos.

Hay un no sé qué en este barrio, de felicidad presente, pasada y futura, que me atrae de tal manera que me da igual que sea lunes, o cualquier día de la semana, porque no es ya que quiera pasear por sus calles, pase lo que pase, sino que yo viviría en un barrio como éste.

Se me podría calificar, por lo tanto, como “gentry”, un término referido a “citadinos con una riqueza cultural y un apego a lo patrimonial e histórico”, tal y como define Yansa Contreras Gatica en su tesis doctoral “Nuevos habitantes del centro de Santiago” a las personas que nos gustan los barrios de verdad, es decir, donde hubo y sigue habiendo un rescoldo de vida que no ha desaparecido del todo.

De hecho, entre las cosas que más me llamó la atención, nada más aterrizar en el barrio de Lastarria, fue un letrero que había apoyado sobre el tronco de un árbol, no me fijé en la especie, entretenida en las letras: “SOY UN ÁRBOL, / UN SER VIVO = Por un buen vivir = Feria cultural y vecin@s del Barrio = Lastarria =”.

Ahora que mi vida empieza a tener menos futuro, se me antoja, la del buen vivir, la mejor reivindicación de todas.

Puede que no haya otro Arte más difícil de lograr que el del “buen vivir”, lo cual empieza por un buen lugar para vivir; y los barrios de Brasil, Bellas Artes y Lastarria, serían mis preferidos para vivir, si yo viviera en Santiago de Chile.

Cuando viajo, siempre llego a la misma conclusión, y es que: me faltan vidas.

Pero no tanto para vivir de otra manera, o haciendo esto o aquello que hubiera querido hacer y no hice, sino que yo quisiera varias vidas para vivir en muchas partes.

Sin lugar a dudas, soy nómada, que lo soy de nacimiento y por el honor que heredé de mi padre, capitán de las Tropas Nómadas del Sáhara, pero una nómada a la que le gustaría poder echar raíces en muchas ciudades, lugares y paisajes.

¿Y qué tiene Lastarria que tanto me ha gustado?

Pues esas cosas que yo aprecio, como la gente caminando por la calle con una suerte de tarta o de torta entre las manos, aún no averigüé qué es, llevada con mucho cuidado, envuelta en un papel de seda del color de la estraza, como cuando nos envolvían el pan como un caramelo en las panaderías de antes. A los lados, puestecitos de artesanos y pintores, entremezclados con puestos de libros de segunda mano y cristalería y vajillas de porcelana, además de puestos de plantas, componiendo todo ello la mesa de la cultura humana, que es la sabiduría y la belleza, bajo un cielo azul y un sol de domingo.

Muchas personas pasaban, con o sin niños, en bicicleta, pero no montados, sino paseando, llevando la bicicleta de la mano como las señoras que, atados por sus correas, paseaban varios perros. Todo era un pasar incesante de personas, que no de gente, porque ya se apreciaba en el rostro de cada uno, su historia, llevada en secreto a cuestas, saliendo el pensamiento de los ojos, o su ausencia, porque los días feriados son para no pensar, dejando pasar el tiempo.

Me detuve en un puesto de fruta, pequeño como un cajón, donde un señor muy mayor, con la piel de nuez, no sólo atendía, sino que dejaba a sus clientes elegir la fruta, pesarla, y decirle cuánto era, igual que en un supermercado, pero con algo valioso de lo cual carecen los hipermercados: su persona conversando mientras tanto.

La conversación es el mejor de los alimentos.

Así es como pude saber que la chirimoya que me llevaba, cubierta de pinchos, se tomaba con vino tinto, como un ponche.

Venía de probar yo el tinto “carmenere” (carménère en Francia, una variedad de uva plantada originalmente en una región de Burdeos) que me pareció extraordinario y precioso, por su sabor y color, lo cual me ha hecho querer acercarme a algún viñedo chileno, pero creo que no voy a salir mucho de la ciudad de Santiago.

Hoy me apetece más ir a comer al Mercado Central, y luego pasear por otras calles de estos barrios, para imaginarme allí viviendo, como si pudiera vivir, con un buen vivir, tanto.

Con esta última frase, me han venido al pensamiento los versos de Neruda: “Se trata de que tanto he vivido/ que quiero vivir otro tanto”.

Tampoco quiero irme sin pasar por Bellavista, a ver si está abierta la casa de Neruda, “La Chascona”, que me quedé sin ver la última vez que vine, llevándome esos versos que se leen en la columna de piedra de la entrada, entonces cerrada.

Lo dicho, por mucho que regrese, me faltarán vidas.

Una de ellas para vivirla en Chile.

Sobre el autor de esta publicación

Mónica Fernández-Aceytuno

Nace el 4 de mayo de 1961 en Villa Cisneros (Sáhara Español).

Licenciada en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid se dedica desde 1991 a la divulgación de la Naturaleza en la prensa por lo que obtiene en el año 2003 el Premio Nacional de Medio Ambiente “Félix Rodríguez de la Fuente de Conservación de la Naturaleza” por su labor de difusión, y en el año 2007 el Premio Literario Jaime de Foxá.

El dos de octubre de 2008, se le entrega la Medalla de Honor del Colegio de Ingenieros de Montes al Mérito Profesional por su actividad en la prensa y en Internet.

Es columnista de ABC desde 1997, y colabora asiduamente en el suplemento NATURAL de ABC.

En 2007 funda el portal de la Naturaleza www.aceytuno.com, del cual es editora.