Los buenos amigos

Pixabaycampo en otoño

Está la mañana tan oscura que las farolas no se han apagado.

Me echo a andar por vez primera por la carretera, estrenando mis pies la nueva acera.

Pasan los coches salpicando abanicos de agua.

No llueve mucho en estos momentos, una marmaña fina, pero la cuneta es ya un río.

Hay poco que ver por el asfalto, pero camino hoy mejor siguiendo la carretera que por el bosque donde, con este temporal, podría caerme encima una rama.

No sé, además, cómo estarán los caminos de embarrados.

Hace tiempo que no paseo por el campo.

Que no veo nada.

Sólo se ve cuando se camina.

No tenía que haberme renovado el carnet de conducir, pienso ahora, para obligarme a ir a todas partes caminando, incluso bajo la lluvia.

Salgo de tomarme un café tan cargado que los pies avanzan solos, sin notar las cuestas.

Sólo los coches, y los camiones, al pasar molestan.

Hay poco que ver en la carretera, que engulle el silencio.

En lo alto, una bandada de gaviotas, blancas sobre el gris de las nubes, han entrado desde el océano.

Como olas que llegan por el cielo, anuncian el ventimperio.

Diviso enfrente unas mimbreras doradas por el frío con las últimas hojas verdes en el final de las varas.

Cruzo.

Miro y cruzo, y vuelvo a mirar, para ver si no me ve nadie; aunque esto último, en Galicia, es imposible.

Siempre hay alguien viendo llover tras las ventanas, con la luz apagada del sol y de la casa.

Me llevo un trozo del tallo, para plantar.

Siento no haber traído la navaja con mis iniciales que me regalaron los de Ribadeo con unos espárragos riojanos cocidos.

No sé qué me emocionó más de las dos cosas.

Hay regalos que te emocionan.

Y la navaja, no debería salir sin ella.

Siempre me acuerdo cuando ya he salido.

La vara de mimbre se dobla como una caña de pescar, pero consigo quebrar la parte que se asoma a la acera, que es demanial, un bien de dominio público.

Aún así, o tal vez por ello, me siento más culpable por haber partido un trocito.

Estas plantas de siempre, son las primeras que están desapareciendo, dejando, tras de sí, una estela de silencio, como todo lo que desaparece.

Puede que este trocito que me he llevado, acabe dando unos vimbios más altos que yo en poco tiempo, si le cae el agua encima como la que empieza a llover con fuerza del cielo, entreverada de viento, casi un turbión.

La acera y la calzada están cubiertas de agua, rota su lámina por las urnas de los eucaliptos y las acículas de los pinos.

Llueve sobre el maizal seco, ennegrecido, y su ricial.

Cruzo, ahora sí, hacia mi casa, por el camino del bosque.

Las silvas, del frío, están rojas como frutos.

Llueve sobre los charcos, ya lagunajos.

Llueve sobre los sombreros de las setas, muy rojas y anaranjadas, brillantes de agua, con los pies inundados.

No hay un tocón de árbol que no tenga fructificado un micelio.

Resuena en mi paraguas cada goterón que espingarata del cielo.

Las hojas de uno de los últimos abedules, de un amarillo de sol, alegran la calzada y mi alma.

No todo está perdido.

Hay brinzales de abedul.

Me llevo uno muy pequeño para plantarlo en casa.

Doblo la curva y las gaviotas, desordenadas, sobrevuelan el tejado de mi casa.

El viento y la lluvia me están dejando sin otoño.

Hay hojas caídas al azar por todas partes.

Todo es azar.

Y arte.

Las hojas rojas del liquidámbar están salpicadas con gracia sobre las ocres del castaño.

Hay, cubriendo el suelo, una mezcla maravillosa y extraña que brilla con la luz de la lluvia como si fuera la luz de un sol.

Puede que el azar sea el arte, y el arte sea azar.

Que todo lleve su firma invisible.

Abro la cancela y decido, ya que estoy empapada, ir a por un par de leños grandes para la estufa, siguiendo el camino alfombrado de hojas.

No parece haber nadie en el mundo.

Se diría que sólo hubiéramos salido a pasear, en esta desapacible mañana, la lluvia, el viento y yo.

Pero al llegar me encontré, delante de la puerta de casa, una caja que por su forma contenía sin ninguna duda un jamón.

Al menos alguien había salido también.

Como si pudiera echarse a volar el jamón como una gaviota, no le quito ojo a la caja mientras dejo en el porche los leños y el paraguas abierto.

¿Quién lo envía?

No lo sé.

Alguien que nos quiere mucho seguro.

Lo que emociona de los regalos es el amor.

Dos días antes, un querido marinero y gran pescador, nos trajo unos sargos, incluso un sargo real, con sus bandas ocres, de dos kilos.

Hacía frío mientras fumaba en el porche, todavía vestido de mar, con su gorro de lana azul marino y su jersey rojo fosforito.

Todo afecto, contando cómo hacerlos, cómo desescamar los sargos, cómo echar al aceite, donde se doran unos ajos antes, un buen chorro de vinagre; ojo, “vinagre del malo”, y estando alejados de la sartén, mejor afuera, para que se produzca la alquimia y el aceite sepa a mosto y a vino de manera que, al verterlo sobre el sargo recién dorado al horno con unas patatas, sepa a mar y a verdad y a la gloria de la amistad.

No sé si pasaremos frío este invierno, pero no hambre.

A los sargos, pienso ahora, les iría bien un poco de este jamón, recién llegado.

Como antes con el pensamiento que con la boca.

La comida, como las palabras, para que salga bien, la imagino siempre antes.

Pilar, nos surtió además de huevos.

Azucena de miel.

Manuela de quesos y verduras y de la mejor mantequilla, con forma de hoja, de toda Galicia.

Y Merce nos trajo el sábado, de parte de toda la familia, una cesta preciosa, de las que le compraba su padre en la feria Betanzos, que llenó para nosotros de nueces, de mermelada casera de higos y de membrillo con manzana.

El jamón, ahora lo sabemos, lo enviaron Rafa e Isabel, sin motivo alguno, con unos quesos de oveja y cabra dentro.

Estamos abrumados.

Acabamos de volver a casa tras un periplo interminable de viajes, pero no hay un lugar en el mundo como éste.

A cuidarlo y a pasear y a tomar café en el Hortensia mientras escribo, quiero dedicar los próximos meses.

Y si no hay nada en la puerta cuando vuelva, no pasa nada.

Los buenos amigos jamás desaparecen.

Sobre el autor de esta publicación

Mónica Fernández-Aceytuno

Nace el 4 de mayo de 1961 en Villa Cisneros (Sáhara Español).

Licenciada en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid se dedica desde 1991 a la divulgación de la Naturaleza en la prensa por lo que obtiene en el año 2003 el Premio Nacional de Medio Ambiente “Félix Rodríguez de la Fuente de Conservación de la Naturaleza” por su labor de difusión, y en el año 2007 el Premio Literario Jaime de Foxá.

El dos de octubre de 2008, se le entrega la Medalla de Honor del Colegio de Ingenieros de Montes al Mérito Profesional por su actividad en la prensa y en Internet.

Es columnista de ABC desde 1997, y colabora asiduamente en el suplemento NATURAL de ABC.

En 2007 funda el portal de la Naturaleza www.aceytuno.com, del cual es editora.