Lo que va de Elena Huelva a Tamara Preysler

Lo que va de Elena Huelva a Tamara Preysler

INSTAGRAMElena Huelva en una de sus últimas imágenes.

Vaya por delante que no descubrí la historia de Elena Huelva hasta este pasado martes y bien que lo siento. Fue gracias a un sobresaliente reportaje en El País que leí unas pocas horas antes, casualidades, de que muriera esta influencer sevillana de 20 años a quien le habían diagnosticado un sarcoma de Ewing cuando tenía 16. Ahora sé que desde aquel día de hace cuatro años su vida fue una lucha constante por seguir viviendo, por volar cada vez más alto, por no perder la sonrisa, nunca perder la sonrisa. “Mis ganas ganan”, fue el mantra que la acompañó desde entonces y el inicio de una lección interminable.

Y desde aquella fecha que la acabó convirtiendo en una mujer inmensamente fuerte, Elena se propuso visibilizar, enseñar, normalizar su cáncer y sus ganas de superarlo, y mostrar sin tapujos a quienes pudiera interesarles -800.000 seguidores en Instagram y los mismos en TikTok- su lucha sin cuartel, su día a día contra la muerte, su sufrimiento, sus miedos y sus esperanzas. Esperanzas que, poco a poco, entre bailes, canciones, conciertos y sonrisas, fueron menguando paulatinamente.

El pasado 4 de diciembre Elena comunicaba a sus seguidores que el cáncer se había extendido peligrosamente. Y en un vídeo, siempre luciendo esa eterna sonrisa que nunca la abandonó, explicaba: “No hace falta que diga mucho más”. Este lunes, un mensaje que acababa con un lacónico “Os quiero” servía para despedirse de todos los que la habían acompañado en esta batalla desigual en la que el cáncer pudo más que sus infinitas ganas de vivir. “Quiero decir -había explicado en otro vídeo anterior- que yo ya he ganado por todo el amor y por las personas que tengo a mi lado. Pase lo que pase, sé que mi vida no ha sido en vano, porque he luchado y he conseguido lo que quería: visibilizar”.

Vaya por delante que la historia de Tamara Preysler sí que la sabía de antemano y bien que lo siento también. Es una historia de mediocridad ilustrada que desgraciadamente se visibiliza por sí sola. La puta casualidad ha querido que haya sido este mismo martes cuando hemos sabido -muy poco después de la muerte de Elena o quizá antes, no lo sé con seguridad- que la hija de Isabel había vuelto con el novio que le había puesto los cuernos, que lo había perdonado, que se querían todavía más y que la vida les daba una segunda oportunidad. ¡Que la vida les daba una segunda oportunidad! “Ha sido el milagro de Navidad”, dicen sin vergüenza los protagonistas.

El último BOE de las Preysler.

El último BOE de las Preysler.

Pero el espectáculo continúa, debe continuar. Las redes sociales, las mismas pero tan distintas, empiezan ya a cabalgar con la frivolidad por bandera, con la estupidez por delante, con el pijerío acostumbrado en ese universo particular y opresivo en el que se desenvuelven estos personajes del hígado más que del corazón que salen en el BOE de las Preysler. Hoy hablamos de amor… hoy lamentamos unos cuernos… hoy declaramos que no hay reconciliación posible… hoy anunciamos una separación… hoy proclamamos que hay segundas oportunidades... hoy cobramos.

Luego vendrán las explicaciones entre tenedores, porcelanosas, hormigas subvencionadas y exclusivas rimbombantes de papel cuché. Y más tarde, ya verán, volveremos a las andadas con otro anillo, otro cuéntame cómo pasó, otro para cuándo la boda… y quién sabe si hasta otros cuernos, pero ya sin premio Nobel, eso sí. Aunque esto último da igual porque en la casa Preysler solo se lee el ¡Hola!

Antes que Elena ya pasaron por esto Izarbe, Susana, Luis, Omar, Carlos, María, Pablo, Olatz… Y todos ganaron… aunque acabaron perdiendo. Y casi nada de sus intentos de normalizar la muerte tuvieron hueco en una sociedad que prefiere la pompa al cáncer, el espectáculo a la realidad nuestra de cada día, salvo entre los seguidores, muchos y muy fieles, que los acompañaron a todos ellos hasta el último día de sus vidas a través de las redes sociales.

Entre todos estos héroes silenciosos, que no los abandonaron jamás, empezó a ser normal, leo en El País, hablar de transfusiones, de plaquetas, de pinchazos cerca de la clavícula para acceder al reservorio, de dispositivos que proporcionan un acceso venoso permanente, de anticoagulantes como la heparina o de medicamentos que ayudan a la producción de defensas.

La teatral reconciliación de Tamara Preysler -no crean que ignoro su primer apellido, pero carece de importancia en este negocio- suena a best seller barriobajero altamente remunerado. Lo realmente triste es que todo este culebrón narcotizante servirá para subir las audiencias de la peor televisión, el número de usuarios de algunas webs, la venta de revistas en los quioscos y los ingresos indirectos de estos actores de vodevil, de estos cortesanos del esperpento, de estos esclavos del business que hacen de la vida un juego burdo y grotesco en el que la clave es jugar y ganar lo más rápidamente posible. Money, money… que canta Liza Minnelli en Cabaret.

Aquí en España la frivolidad siempre anda por delante, por mucho que la lección de vida de la sevillana sea infinitamente más resplandeciente, lúcida y enriquecedora que la que desprenden estos personajes de cartón piedra, falsos, huecos y sin alma por mucho que recen, que llevan a la gente de cabeza a las televisiones basura, las webs o las revistas de bodas, bautizos y comuniones. Pero es lo que hay y esto es lo que somos. Personajes, maravillosos personajes, como Elena siempre acaban en un segundo plano por mucho que su enseñanza, luminosa y esperanzadora, sirva para allanar el camino de los que vendrán.

Y si algo lamento de este artículo no es que alguien se moleste -salvo que sea la familia de la sevillana por la comparación- o se sienta concernido, insultado u ofendido, que me da igual, sino el no haber hecho suficiente justicia a Elena y el tener que escribir ambos nombres en el mismo folio: el de quien solo quiso volar lo más alto que fuera posible y el de quien pudiendo volar se ha limitado ha convertir su vida en una historia zombi sin argumento.