Las 100 (corridas) de Morante

Morante de la Puebla

@AndresRomeroWebMorante, a hombros en Ubrique en su corrida número 100, junto a Pablo Aguado y el rejoneador Andrés Romero

Ayer, en Ubrique, Morante llegó a centenario, se entiende, en número de corridas toreadas. Entró en ese paquete de superhombres que han hecho de la cantidad un elemento diferenciador con los demás mortales que visten el chispeante. Debo confesar que me sorprendió su decisión, ya que si hay un torero poco amigo de la cuantía (dineros aparte) ese es el de la Puebla del Río. Si Morante hubiera hecho carrera en la universidad habría elegido Letras, no Ciencias; pero hizo carrera en los ruedos y en las carreteras. De ahí mi extrañeza al percatarme de su propósito para esta temporada: 100 corridas. Se justifica la gesta por su afán de emular a su espejo, su ejemplo de torero, Joselito el Gallo, que pasó tres veces de las cien actuaciones en los ruedos españoles (en Francia no toreó) en tiempos de ferrocarriles con maquinista y fogonero, que también tiene su mérito. Después de él, (de Joselito) hubo otros centenarios famosos, el más longevo, Enrique Ponce, el más cuantioso, Jesulín de Ubrique: 161 corridas en una sola temporada, ¡qué barbaridad! ¿Es el que más torea el que mejor lo hace? En modo alguno. ¿Se es más figura por torear más que los demás? De ninguna manera. Lo que sí demuestra el torero centenario en corridas es una fortaleza física descomunal. Por mucho que los coches de cuadrillas sean monovolúmenes con aparentes comodidades, las incomodidades dentro de un receptáculo metálico rodando por las noches en carreteras no siempre de doble vía llegan a ser un tormento para sus ocupantes. He visto llegar a sus hoteles, ya muy entrada la madrugada, a muchos toreros que se han metido para el cuerpo cientos de kilómetros de una tacada. Salen al exterior con las manos en la riñonada, moviendo el cuello, estirando las piernas, como si les hubiera pasado un camión por encima. En cierta ocasión hice uno de esos viajes de largo kilometraje –mes de julio, Algeciras-Pamplona-- en mi automóvil, y cuando llegué al hotel, con la mañana ya muy calentada por el sol me aborda Espartaco, recién desayunado: “¡Traes mala cara!”... Respondo: “Vengo molido, desde la punta sur de España”. Un palizón tremendo”. Me replica: “Yo yo desde Sevilla, y tengo que ponerme esta tarde delante de dos toros…¡de Pamplona!...” no tuve más remedio que recoger velas y venirme arriba como buenamente pude. Así que también Morante de la Puebla ha tenido que hacer miles de kilómetros, a veces por carreteras de segundo orden, caso de Ubrique, donde ha hecho parada y fonda, sin que se le notara nada desfondado. Le vi, rozagante, recogiendo premios después del paseíllo, y plantándose ante dos toros de Carlos Núñez, con el emblemático hierro de Rincón. Vestía con seda negra y bordados en plata y pasamanería blanca, muy recargado de alamares, lentejuelas, machos de cordón corto y muletillas. Y con las medias blancas, como los toreros del romanticismo. No alcanzó lucimiento en su primer toro, pero se arrancó a torear con arrebatada torería en segundo toro de su lote, un torito de Núñez corniapretado, al que pasó de muleta sentado en el estribo y, después, en redondo con la mano derecha y al natural, en largas series rematadas con hondos pases de pecho o arabescos varios, de cosecha propia. Hizo una faena magnífica, brindada a su amigo y apoderado, Pedro Jorge Marques, con quien tiene una relación fraternal. No le importó al público –lleno de “no hay billetes”, incluso en los burladeros del callejón-- que pinchara dos veces antes de la estocada casi entera, porque el clamor popular exigió le fueran concedidas las dos orejas. Y ahora, vaya usted a decirle a los apasionados peticionarios que fue un premio excesivo, que le corren a gorrazos. Así es –así fue siempre—la fiesta de los toros: un pozo de pasión. Los apasionados no entienden de reglamentos, y menos cuando lo que se trata de juzgar se enmarca en un acontecimiento sin precedentes por estos parajes del Cádiz profundo. También tuvo una exitosa actuación el rejoneador Andrés Romero –que entró en el cartel sustituyendo al lesionado Alfonso Cadaval— ante dos toros de Bohórquez –uno, extraordinario, premiado con la vuelta al ruedo, del que el caballero cortó el rabo-- y Pablo Aguado, que hizo gala de su armonioso toreo, logrando cortar oreja en cada uno de los toros de su lote. Al final, todos en hombros. Fiesta impresionante a la salida de la corrida. Los que ascendieron hasta el coqueto coso taurino, lo pasaron en grande. Nadie se consideró defraudado.

Fue un privilegio asistir in situ a la corrida número 100 de Morante de la Puebla. Es un hito en su carrera, cada año que pasa más brillante y más sorprendente. También el público salió dichoso, tras esa procesión triunfal de los protagonistas, sobre todo Morante. No todos los días se es testigo presencial de un acontecimiento semejante y poder decir el día de mañana: yo estuve allí.