La importancia de los Clubes Taurinos

Foto: AlexImpresionante, el poder de convocatoria del Club Taurino Emilio de Justo

El público de toros siempre ha tenido una soterrada necesidad de asociarse, lo cual no deja de ser una nuestra gratificante de buenas intenciones, pues denota la propensión a compartir, que es verbo de generosa inspiración. No obstante, conviene precisar que –al menos en la cosa taurina-- las asociaciones se caracterizan por congregar a individuos (hombres y mujeres) comprometidos con la defensa de una causa común. Mayormente, siempre fue un torero, siempre fue el “causante de la causa” a defender por cuenta de una feligresía de fidelidad inquebrantable; también algún ganadero –Victorino, por ejemplo—ha tenido registrada con su nombre una asociación taurina; y, por supuesto algún grupo compacto y heterogéneo de aficionados, con identidad propia, que defiende sus postulados, como la Asociación El Toro, de Madrid. No ha mucho tiempo, este tipo de congregaciones respondían al epígrafe “peña”, pero hoy, lamentablemente, están en franca decadencia. Aquellas “peñas” de tal o cual torero eran bastión inexpugnable del titular, una especie de “piña” de gentes que seguían a “su” torero de acá para allá, de plaza en plaza, en interminables excursiones a lo largo de la temporada, defendiéndolo “a capa y espada”, que es la mejor expresión que viene al caso.

Hoy, las “peñas” taurinas, ya digo, ralean que es una barbaridad, como decían los castizos del adelanto de las ciencias. Muchas han desaparecido, bien porque el torero ha cesado su actividad o porque los costos llegan a ser inasumibles para ciertas economías colectivas o familiares. En la actualidad, las “peñas” de las ciudades y pueblos en fiesta no son sino una pequeña comunidad, ocasional y portátil, de gente uniformada que acude al tendido de una plaza de toros, metiendo bulla con sus charangas y sus gritos, antes, durante y después de la corrida. Pamplona es la referencia universal de este ingrediente en el festero guiso de los sanfermines, llenando tanto sus calles como la monumental cazuela de su plaza de toros; pero también en el País Vasco y en Castilla las comparsas, cuadrillas o “peñas”, han puesto una nota jaranera de luz y color a las tardes de toros. Ahora, lo que impera son los Clubes taurinos, tanto dentro como fuera de España. El título, Club, ya “presta” más, como dirían en Asturias. Hay Clubes taurinos de rango internacional en Londres, Nueva York, Boston, París, Milán, países escandinavos, etcétera. Y, por supuesto, en España.

Anteayer, dormí en la histórica y cacereña ciudad de Coria, tras intervenir en un acto en la vecina localidad de Torrejoncillo, de donde es natural una de las figuras del toreo contemporáneo: Emilio de Justo. Allí, en Torrejoncillo, tiene Emilio un Club que cuenta con trescientos asociados, sumados los del propio pueblo con los de localidades de la comarca extremeña y de lugares de la más insospechada lejanía. Trescientos, socio arriba, socio abajo, no deja de ser una cifra respetable. Por eso, daba gloria ver en la noche del viernes la sala del Centro Cultural torrejoncillano lleno de público, y al día siguiente otro llenazo en el inmenso salón-comedor de finca Las Tiesas de Santa María, sede oficial de los míticos victorinos, mientras, desde afuera, llegaba el tibio reburdeo de los toros, que triscan hierba y rumian paja bajo el cálido sol del rescoldo que va dejando el otoño. Muy poco antes, en la plaza de tientas, había toreado y matado dos ejemplares cárdenos y cuatreños Emilio de Justo, impecablemente vestido de corto, como debe ser. Allí se reunieron en mi torno personajes del deporte, de la información política en televisión, del empresariado taurino, familiares de máxima proximidad del ganadero y un grupo de amigos entrañables, entre los que me cuento. Allí, entre la humeante e irresistible tentación de un plato de alubias con chorizo, no se paró de hablar de toros. Y de toreros. Y de la situación actual de la Fiesta, naturalmente. Un conciliábulo extremadamente grato, atractivo e interesante, del que aprendí un poco más. Siempre se aprende cuando quien habla sabe de lo que habla y el que escucha sabe escuchar. Todo ello, gracias a la iniciativa del Club Taurino de un modesto pueblo de la Alta Extremadura, de la magnanimidad de un ganadero y del empeño de un torero que este año ha pasado por una contingencia grave, muy grave: aquella espeluznante cogida del domingo de Ramos en Las Ventas por un toro de Pallarés que, por verdadero milagro, no le dejó inútil para el toreo. Emilio, flaco y magro de carnes, viene de Perú, de torear en la preciosa plaza de Acho. Está en plena forma y ya ventea la feria de Cali del próximo diciembre, como punto principal de referencia de su temporada americana.

Emilio de Justo

Emilio de Justo, impecablemente vestido de corto, como debe ser. Foto: Alex

Da gusto ver torear a los toreros en el campo. Da gloria respirar el aire puro que bambolea las jaras y ramonea entre las encinas que brotan y se asientan por la llamada “dehesa mediterránea”, donde la montanera de bellota que ingesta el cerdo precipitan la creación del suculento jamón ibérico de esta tierra. Las dehesas deberían ser tan recomendables como las dietas: mediterráneas. Y los Clubes taurinos, también; como este de Torrejoncillo que preside el gran aficionado Ángel Carlos Sánchez, porque son fuente de cultura taurina y vivero de nuevos aficionados. Por eso, hay que apoyarlos y difundir su actividad, sobre todo durante los meses que enfrían el ambiente cuando llega el invierno. Agradezco la invitación de este Club para que me uniera a ellos en una noche de teoría y una mañana de práctica taurina. Y a Victorino, por su intermediación para que acudiera a su tierra de adopción. Y a Emilio de Justo, viva muestra de talento natural y de sincera humildad, que es el don que atesoran los grandes hombres… y los grandes toreros. No me extraña que tenga encandilado al pueblo, a la comarca y a millares de gentes allende mares y fronteras. Así, cualquiera.