La igualdad y el sexo

El Palacio de Cibeles y la fuente, iluminadas con los colores de la bandera LGTBI.

EUROPA PRESSEl Palacio de Cibeles y la fuente, iluminadas con los colores de la bandera LGTBI.

Afirma el artículo 14 de la Constitución que “los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social”, lo que ya en una primera lectura se presta a dos observaciones. De un lado, que esa aplicación igualitaria de la ley a todos los españoles debe completarse con la igualdad dentro del propio texto legal, a salvo siempre la atención debida a las circunstancias especiales que concurran en alguna persona. La Constitución, como Ley Suprema, se aplica por igual a todos los españoles, pero la inviolabilidad personal sólo se predica del Rey en el artículo 56.3. De otro, que el rechazo a la discriminación es absoluto, contemplándose tanto la negativa como la positiva, también la concerniente al sexo o cualquier otra circunstancia personal.

El precepto español es muy similar al artículo 14 del Convenio para la protección de los derechos humanos y de las libertades públicas, hecho en Roma el 4 de noviembre de 1950, así como al artículo 3.3 de la Ley Fundamental de Bonn, que tanto influyó en nuestra Constitución. Si no recuerdo mal, el debate jurídico comenzó en Alemania, a propósito de la preferencia de una mujer respecto a un hombre con más méritos para cubrir una plaza de jardinero en Hamburgo. La discriminación positiva de la mujer fue ampliamente admitida después en la Unión Europea, recibiendo asimismo la bendición de nuestro Tribunal Constitucional.

Después hemos pasado de aquellos pronunciamientos concretos y escrupulosamente medidos a una regla general en la que el varón tiene siempre las de perder para compensar el sufrimiento de la mujer en una sociedad machista y heteropatriarcal que se prolongó desde Adán y Eva hasta nuestros días. No olvidemos que, según la Biblia, la creación de Eva a partir de una costilla de Adán no tuvo otro objeto que evitar la soledad del varón. La cita puede parecer algo rebuscada, pero la transmisión de responsabilidades y castigos de una generación a otra, hasta el infinito, no sólo se encuentra en el Libro de los Libros, sino que también forma parte de todas las religiones y culturas del mundo mundial.

La verdadera igualdad entre los sexos presupone la aplicación también por igual de principios fundamentales como el mérito y, sobre todo, la capacidad para desempeñar cualquier trabajo. El paciente quiere que le opere el mejor cirujano, sea hombre o mujer. Y, como decía Salvador de Madariaga en la BBC, lo contrario a una bofetada en la mejilla izquierda no era una bofetada en la mejilla derecha.

Pero si del binomio hombre-mujer o mujer-hombre pasamos a las orientaciones sexuales, el panorama es todavía más sorprendente. Los miembros de los colectivos reunidos bajo las siglas GLTBI (y luego +) están particularmente orgullosos de serlo, como puede verse en las magnas celebraciones del Orgullo Gay, respaldadas por las Administraciones Públicas no sólo económicamente sino también con izado de banderas en edificios oficiales. Es como si la mayoría de los seres humanos, precisamente por esa diferencia que pretendemos evitar, no pudiéramos estar tan orgullosos por ser como somos. Y lo peor es que a veces aquel especial orgullo se complementa con la petición de algunos derechos que son más bien privilegios. En mi opinión, todos tenemos los mismos derechos, ni más ni menos. Lo que hace falta es que se disfruten o implementen, como ahora se dice, sin discriminaciones a favor o en contra del sexo o inclinación sexual de sus destinatarios.

Cada uno en su casa, respetando al prójimo y sin molestar al vecino. Los movimientos pendulares no son buenos para la solución definitiva de un problema como el que ha sido objeto de estas líneas.

Sobre el autor de esta publicación

José Luis Manzanares

Nació en 1930. Obtuvo Premio Extraordinario en la Licenciatura de Derecho por la Universidad de Valladolid (1952) y en el Doctorado por la Universidad de Zaragoza (1975).

Ingresó en la Carrera Judicial en 1954 y se jubiló como Magistrado de la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo el año 2000. Es también Abogado del Estado (jubilado) y Profesor Titular de Derecho Penal (jubilado). Fue Vicepresidente del Consejo General del Poder Judicial entre los años 1990 y 1996. Desde 1997 es Consejero Permanente de Estado.

Amplió estudios en la Universidad Libre de Berlín Occidental y en el Instituto Max Planck de Friburgo.

Ha pronunciado numerosas conferencias en España, Colombia, Cuba, Alemania e Italia.

Ha publicado más de un centenar de trabajos jurídicos, amén de nueve libros, entre ellos dos Comentarios a los Códigos Penales españoles de 1973 y 1995, habiendo participado en otros diez de carácter colectivo. También ha traducido algunos textos jurídicos del alemán, entre los que destaca la última edición (la 4ª) del Lehrbuch des Strafrechts (Parte General) del Profesor Jescheck. Ha llevado durante años la Sección jurisprudencial del Anuario de Derecho Penal y Ciencias Penales. La misma labor desarrolló en la Revista “Actualidad Penal”, de la que fue Director durante algunos años, desde su primer número hasta su cierre el año 2003. Es también autor de unos comentarios en 2 Tomos al vigente Código Penal tras su reforma por la Ley Orgánica 5/2010, editados por Comares, Granada. Su último libro, publicado el año 2012 por la editorial La Ley, de Madrid, se ocupa de “La responsabilidad patrimonial por el funcionamiento de la Administración de Justicia”.

Ha colaborado en algunos periódicos nacionales, como ABC, Diario 16, La Razón, El Mundo, El País, La Gaceta de los Negocios, La Clave, Epoca y Expansión, y semanalmente, durante muchos años en Estrella Digital. También en la revista alemana “Juristenzeitung” y otras especializadas de México y Argentina.