La cara invisible de la violencia juvenil

La cara invisible de la violencia juvenil

YoutubeRochy RD

Migdalis Amanda Herrera Pérez forma parte de la cara invisible de la trágica espiral de violencia entre bandas latinas que este año se ha incrementado en Madrid, con jóvenes, a veces casi niños, que incluso han perdido la vida en alguna reyerta o acción premeditada. Ella es la madre de uno de esos chicos que, nacidos en España - al menos la mitad de los jóvenes que están en bandas son españoles -, se sienten incomprensiblemente unidos a los grupos de origen latino que viven instalados en el permanente conflicto de unos contra otros, propugnan el odio al que no milita en sus filas y ven en su muerte o agresión la única forma de combatirlos y proteger su territorio.

Su hijo - ella insiste en dar gracias a Dios -, por el momento solo ha pasado por el trance de una paliza y dos machetazos, que esquivó más por suerte que por instinto. La policía llegó a tiempo a los aledaños de la discoteca “Caña Brava” en la calle Luis Sauquillo de Fuenlabrada tras la actuación del artista dominicano Rochy RD, todo un icono para la banda de Trinitarios, a la que pertenece Edgar Guillermo, el hijo de dieciséis años de Migdalis. Tras el cierre de las puertas del local, pasadas las seis de la mañana, unos jóvenes armados con pistolas y machetes bajaron de un vehículo BMW para atacar a otro grupo de jóvenes, los que salían del concierto. Como consecuencia, uno de los chicos de este último grupo, de 21 años y origen dominicano, perdió la vida. Un disparo en la cabeza. No fue el único. La reyerta se cobró además diversos heridos y las ambulancias trasladaron al hospital a los tres más graves. Otros sanitarios atendieron allí mismo, en la oscura calle alfombrada de sangre, a los que presentaban cortes y contusiones de menor gravedad.

Todos ellos eran amigos de Edgar, o más en concreto miembros de su mismo ‘coro’. Él, por su parte, ni siquiera esperó a que le atendieran los médicos, lo prioritario era huir. Una vez en casa, fue su madre quien limpió sus heridas, vendó las costillas y, entre lágrimas, se obligó a guardar silencio. El miedo y la incomprensión le impidieron pegar ojo en toda la noche. Edgar, por el contrario, sí durmió. Hasta bien entrada aquella mañana de domingo, a pesar de que su madre había entrado varias veces en su dormitorio para despertarle. Finalmente, mientras la olla bullía en el fuego, se sentó en la cama de su hijo para dejar salir todas las palabras que se guardó en la garganta la noche anterior. El suyo fue un discurso de desesperación, que pasó de las preguntas a los reproches, de la preocupación a las amenazas. En la cabeza de Edgar, sin embargo, solo había determinación. Intentó incluso que su madre entendiera que ahora lo único que importaba era vengar la muerte de Sailén, cobrándose la sangre de quienes lo habían matado. De la banda rival, los Dominican Don't Play.

Sí, gracias a Dios como repite Migdalis, su hijo sigue vivo, pero desde aquella mañana de octubre no lo ha vuelto a ver. Y cada día se arrepiente de haberle gritado que ese no era el camino, que ella no había abandonado su tierra para que su hijo naciera sin los recursos que en España con mucho esfuerzo habían encontrado. Le gritó que no trabajaba diez horas al día limpiando casas para que él se comprara el último modelo de “Nike”, renovar su colección de bandanas de siete puntos o estrellas y de collares de colores. Tampoco para grabarse continuamente en poses amenazadoras mientras, paradójicamente, proclamaba el lema “Amor de siete” que identifica a los “suyos”, los Trinitarios. Sí, Migdalis se arrepiente, aunque no tenga culpa de nada. Como cualquier madre. Y sigue preguntándose, también como cualquier madre, qué más podría haber hecho.

Ha escuchado en los informativos que “el perfil de estos jóvenes suele ser de adolescentes con problemas en casa y poca supervisión de sus padres, que han idealizado a la organización y trivializan la violencia”. Migdalis, por supuesto, se ha sentido aún más herida. Porque en su casa, hasta que Edgar se unió a la banda, siempre hubo armonía. Es cierto que su padre se desentendió de él y de su hermana desde el primer momento, pero también lo es que ella siempre ha hecho todo lo posible para estar siempre cuando sus hijos lo han necesitado. Hace décadas que renunció a tener una vida fuera de casa, hacer amigas o entablar relaciones. Y jamás se quejó, al menos en voz alta. Todo su tiempo y el fruto de su trabajo estuvo destinado a sus hijos. Sin embargo, ahora, él ya no le contesta los mensajes ni a las llamadas y, aunque siga vivo, ella siente que lo ha perdido para siempre.

Desde el pasado mes de octubre, el miedo a que no vuelva domina su vida. Sabe que en lo que va de año las disputas entre bandas arrojan un saldo trágico: seis muertes tras más de un centenar de agresiones con arma blanca. Que uno de cada cinco asesinatos en la Comunidad de Madrid en 2022 año están relacionados con enfrentamientos entre bandas latinas. Que las peleas se multiplican. Ha leído que en 2021 aumentaron un 22% los delitos de lesiones generados por las peleas entre estos grupos, un 74% la tenencia ilícita de armas y un 75% la pertenencia a organización criminal. Piensa, por otra parte, que ella no es la única madre que lo ha dado todo para evitar que “el niño de sus ojos” escogiera el peor de los caminos, deslumbrado por el aparente atractivo de conseguir bienes económicos, estatus y la atención del sexo femenino.

Según la edición de 2021 del Observatorio de Bandas Latinas, un informe elaborado por el evangelista Centro de Ayuda Cristiano, 2.500 jóvenes están adscritos a grupos de bandas latinas en Madrid. Sólo en el distrito que vive Migdalis, Tetuán, se contabilizan aproximadamente 600 miembros de los Trinitarios y unos 250 de los DDP. Una desigualdad en número que no se traduce en mayor o menos capacidad de infligir daño, porque parte de la escalada de violencia protagonizada por las bandas que Madrid ha experimentado este año se debe al continúo desplazamiento de sus miembros. Usera, Villaverde, Fuenlabrada, Alcorcón y otras zonas de la capital surten de voluntarios cuando suenan campanas de venganza, con independencia del lugar. Aunque, después, siempre regresen al barrio de procedencia.

Por eso, Migdalis sigue buscando a Edgar cerca de casa. Después de su jornada laboral y, a pesar de que la policía intenta disuadirla de ello, recorre calles, salones de juego, bares y plazuelas armada con el puñado de fotografías en blanco y negro de Edgar que cada tarde imprime su hija en el colegio. No tiene demasiado tiempo para hacerlo, pero aunque una tarde solo pueda dedicarse a ello media hora ya se siente reconfortada. Con fuerzas para seguir ocupándose de la niña. A sus catorce años, Eva Luisa empieza a dar muestras de simpatía hacia la rebeldía de su hermano, a quien ve como una especie de héroe. Migdalis no puede correr el riesgo de perderla también. Porque aunque la presencia de las mujeres en las bandas haya sido hasta ahora prácticamente testimonial, más como acompañantes o cómplices, en la actualidad crece el reclutamiento de chicas para que desempeñen funciones de captación de información. Es decir, para que se infiltren en la banda contraria usando, por supuesto, su cuerpo.