Prioridades energéticas desordenadas

EFEEl presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, con la presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von der Leyen, y el presidente francés, Emmanuel Macron

La prioridad energética europea está clara, reducir la dependencia de las importaciones rusas, especialmente de gas. El gas aparece ahora como el factor de disturbio, primero por sus precios desorbitados, diez veces más que hace un año, y segundo por el riesgo de escasez por un corte de suministro desde Rusia que no se pueda sustituir por otros orígenes. Sin gas ruso en el mercado europeo el precio sube.
En España, aunque las autoridades insisten en que no dependemos de Rusia (no es cierto, el mercado es global) el precio de la electricidad, que está en el origen de la escala del IPC desde hace medio año, está condicionado por el coste del gas. La estrategia del gobierno se ha centrado más en atajar efectos que incidir en las causas. Atajar el efecto del precio del gas en el de la electricidad más que atacar el consumo de gas. La llamada excepción ibérica va en esa dirección y ahora las medidas de ahorro (más simbólicas y ejemplarizantes que efectivas) tratan de reducir el consumo de electricidad.
Ahorrar energía, como un gasto público eficiente, debe ser una prioridad permanente; la energía en el caso español está afectada por un alto grado de dependencia del exterior y de mercado libres y globalizados (el del petróleo y sus derivados y el gas) no controlables.
En el caso español los suministros de gas tienen dos destinos finales: en de las industrias y los hogares (calefacción) y el de centrales eléctricas de ciclos combinados. Lo prioritario ahora sería reducir el uso de gas para la generación de electricidad dando prioridad a las demás fuentes, de lo nuclear al carbón y sobre todo las renovables: agua, sol y viento. No parece que se avance en ese sentido a la vista de los datos: cada día hay un recurso mayor al gas en demérito de las otras fuentes.
Es cierto que la climatología no ayuda este mes a la generación renovable, calor y sequía conspira contra esas fuentes. Pero la planta renovable, a pesar de las trabas administrativas, crece cada semana y permite pensar en un futuro a medio y largo plazo esperanzador ya que, con la planta prevista para el futuro, cabe pensar que se producirá el óptimo de un suministro energético más seguro, más barato y más eficiente. Se trata de un horizonte posible, para el que hay comprometidas cifras imponentes de inversión, en su mayor parte privadas.
Por eso es difícil de entender la bronca entre el gobierno y la industria energética en el peor momento, cuando la cooperación y el consenso son más necesarios que nunca. El gobierno no va a producir electricidad, carece de recursos suficientes para ello, pero si debe proponer el marco para que la industria invierta. Eso no se hace con cargas fiscales adicionales sino mediante incentivos para la inversión, que los beneficios de hoy sean las inversiones inmediatas.
Da la impresión de que las prioridades están desordenadas, que persiguiendo atajar el IPC lo que se consigue es complicar el futuro, consolidar la dependencia, y subvencionar a los franceses sin contrapartida alguna.