Juan Sumer: “Ojalá pudiera casarme contigo”

Juan Carlos I junto a Corinna Larsen

EFEJuan Carlos I junto a Corinna Larsen

La primera vez que escribí sobre Corinna Larsen - recién conocida por nosotros, el vulgo –, recuerdo pensar que estaba a punto de adentrarme en un jardín de espinas, cerrando la cancela a mis espaldas, para dirigirme a un movedizo destino armada únicamente de palabras, las mismas que podían condenarme al peor castigo para quien escribe: que no le lea ni un alma. Hoy, el asunto ya no tiene nada de resbaladizo y sí mucho de trillado. Otro jardín pero, eso sí, con el mismo posible castigo.

De tanto rastrillar los sembrados emerge el peligro de quedarse sin cosecha. Es lo que teme la protagonista de esta historia, Corinna, antaño conocida en el argot de escoltas y espías como Ingrid y en el castizo de toda la vida, como “la otra”. Ya saben, como la protagonista de la copla que entonaba con desgarro doña Concha Piquer para escándalo de la sociedad de la época, a propósito precisamente de eso o, más bien, de esa, es decir, de la otra. “Yo soy la otra, la otra y a nada tengo derecho, porque no llevo un anillo con una fecha por dentro. No tengo ley que me abone, ni puerta donde llamar y me alimento a escondías con tus besos y tu pan…”. Jerga castiza “Casa Ciriaco” y pensamiento por fortuna superado de un oscuro pasado que nadie quiere que vuelva. Años siniestros en los que el divorcio era demoniaco: la esposa se casaba para siempre, aguantando cuernos y cuernetas, mientras que a “la otra” se le “ponía un piso” del que no salía hasta el atardecer para que no hablaran, aún más, las malas lenguas.

Sin embargo, ahora, Corinna, la rubia princesa sin final de cuento de hadas – afortunadamente para ella, en mi humilde opinión -, y viendo que toca abrir el polvorín para detonar los restos de su arsenal, ha optado a la hora de contar su verdad en el pódcast de ocho capítulos sobre su relación sentimental con Juan Carlos I por mostrarse agraviada hasta el punto de reconocer en público que nunca fue “la única”. Es decir, desprendiéndose ella misma de la medalla de “la otra” para colocarse en el escalafón de “las muchas”. La razón no es baladí, se llama sesenta y cinco millones de euros y, sobre todo, elevadísima indemnización por el acoso y las amenazas que, presunción mediante, sufrió precisamente por negarse a devolver los mencionados cuartos. Por el momento, tras los dos primeros capítulos del mencionado pódcast, La Casita y Vivir del cuento, parece que la empresaria germano-danesa se está despachando a gusto, quizás para echar una mano a los letrados que defienden en el Old Bailey la demanda que interpuso contra el emérito a finales de 2020 y cuyo desarrollo procesal no está yendo como esperaba.

Maldición gitana en estado puro, “pleitos tengas y los ganes”. Por desgracia, la razón y la verdad no siempre inclinan la balanza de la justicia y lo primero que aprendemos los abogados es que de casi todos los hechos hay, por lo menos, dos interpretaciones defendibles. Existen tan pocas verdades absolutas… Y además, se les puede dar la vuelta igual que a un calcetín teniendo la precaución de ocultar las costuras. Por eso, lo segundo que un letrado debe aprender es a calzar con un buen zapato cualquier argumento. Aun así, uno sabe cómo entra en un juzgado pero jamás cómo sale. Ni cuando. Por ejemplo, en el caso de la demanda de Larsen ni siquiera se ha empezado a analizar la cuestión de fondo, sino que se discuten todavía las cuestiones preliminares en un complejo debate legal lleno de tecnicismos surgido a raíz del recurso de apelación presentado por el emérito.

Y a ningún abogado le habría gustado estar en la piel de los de Corinna Larsen en la sala 74 de la Royal Court of Justice el pasado martes frente a los togados Eleanor King, Ingrid Simlery y Andrew Popplewell, quienes cuestionaron la falta de pruebas y apreciaron fallos de forma y fondo en sus argumentos. Seis horas de tensa sesión que se saldaron incluso con una regañina de la jueza King a modo de aviso a los navegantes de las aguas de Corinna: “Este juicio está teniendo un coste elevadísimo para ambas partes, es complejo y ocupa mucho tiempo de la Administración de Justicia. El rigor y la exactitud son importantes”.

No lo son tanto en el relato mediático y a la espera de que este lunes se emita el tercer episodio del culebrón de Corinna y ‘Juan Sumer’, titulado La Venganza, ya sabemos que el anillo que le regaló el rey era tan grande como imponible - en sus propias palabras “gigantesco, de un tamaño que no puedes ponértelo en público” -, y que en alguna de las incontables cartas de amor que le escribía el ex amante real confesaba su pesar: “Ojalá pudiera casarme contigo”. ¿Se lo diría también al resto de las otras? La historia de Corinna es tan antigua como el amor. Reina, princesa o plebeya, una mujer nunca reina, por mucho que se empeñe, en un corazón que no quiera ser reinado. Menos aun si el dueño del corazón dispone de una “buena” excusa para no verse forzado a ello.

Corinna, sin embargo, y a pesar de la quíntuple vida que, según ella, llevaba el monarca, también asegura que se “sentía su esposa”, filtra más imágenes hogareñas de su historia sentimental con el emérito, de quien dice que estaba obsesionado con ella. Nunca es fácil saber si tras una ruptura escabrosa es mejor hablar o callar y en el caso de enfrentarse a un “contrario” con dimensión pública e institucional resulta aún más complejo tomar la decisión. Es fácil ser leal con quien lo es, a su vez, contigo, pero, ¿cómo seguir siéndolo cuando el otro te ha traicionado y, para colmo, lo chismorrea todo el mundo? La lealtad, como en realidad tantas otras virtudes del ser humano, no nace de la educación recibida ni del estatus social, pertenece al carácter de la persona, a su capacidad de compromiso. La dureza de sobrellevar la pena siempre por detrás de la corona, que impide mostrar cualquier emoción en público, es lealtad aunque probablemente a nivel personal sea la mayor de las traiciones a uno mismo.

Las públicas lágrimas de LadyDi, por ejemplo, el relato doliente de una mujer que había decidido colocar su pena y su peineta por encima de la corona, nada menos que la british, no sirvieron para que ella se sintiera mejor. En aquel caso, la lealtad fue ejercida por “la otra”, que hoy, piruetas del destino, es “la una”. Camilla no desfalleció ni cuando se airearon aquellas conversaciones telefónicas que, como poco, debieron de sonrojarla, quizás porque sabía que el amor estaba de su parte. Su silencio tuvo una recompensa que jamás podrían haberle dado cientos de titulares. Camilla no se creyó en la necesidad de explicarse, de justificarse, en definitiva, de figurar en ninguna parte fuera de su intimidad. Seguro que durante todos aquellos años tuvo ganas de contar su versión, pero jamás abrió la boca y ella sí que acabó reinando en el corazón de su amado en espera de corona.