Irene Montero... o solo ella es ella

El presidente del Gobierno Pedro Sánchez y la ministra de Igualdad Irene Montero.

EFEEl presidente del Gobierno Pedro Sánchez y la ministra de Igualdad Irene Montero.

Para Irene Montero, actual ministra de Igualdad, todo aquél que no piense exactamente lo mismo que ella, incluido cualquier compañero del Ejecutivo, debería ser lapidado públicamente, condenado al paredón si existiera y por supuesto ser tachado de lo que todo el mundo sabe y yo no voy a repetir aquí. Y al escribir ‘exactamente lo mismo que ella’ no lo digo de forma simbólica o figurada sino literal.

Montero, rodeada de acólitos de alto nivel ideológico y de escasa formación técnica, no admite el más mínimo reproche, ni un pero que valga, ni un matiz, ni una coma fuera de su sitio. Tampoco una mala mirada o un mal pensamiento. Cualquier crítica a ella o a “su obra” –en reflexión de su entorno– es un ataque despiadado contra las mujeres e incluso cualquier sugerencia que pretenda corregir bienintencionadamente su credo feminista es una muestra inequívoca del “machismo patriarcal” en el que vive nuestro país, crítica esta de la que no se salva el resto de las mujeres, las socialistas tampoco, que comenten el error de no tener su altura de miras.

Si su nivel de autocrítica es igual a cero, el de tolerancia se encuentra en números rojos. No acepta ni tolera las críticas recibidas estos días por las terribles consecuencias provocadas por la ley orgánica de libertad sexual también conocida como la del ‘solo sí es sí’ (aprobada definitivamente el pasado mes de septiembre) ni las que ha recibido, recibe y recibirá por ley trans (que todavía está en trámite aunque ya muchos duden de que se acabe aprobando) ni por cualquier otra cuestión, por nimia que sea, relacionada con su actividad ministerial o de activismo pachanguero-partidista, para ser más exactos.

A Irene Montero bien se le podría aplicar aquello de tener tolerancia cero respecto a sus críticos, que empiezan a ser legión, también entre la izquierda y entre la izquierda de la izquierda. Su quehacer está mucho más cerca del sectarismo ignorante que del lógico quehacer político y tiene más que ver con un departamento de agitación y propaganda de una república bananera que con un ministerio de un país democrático. Es más, su ministerio acaba de pedir a los medios que no informen de las revisiones de condenas basadas en la ley del 'solo sí es sí'. Libertad de expresión y de información se llama eso.

Lo suyo ha sido siempre, y sigue siendo, una permanente batalla, más propagandística que política, que ha dejado al margen la utilización cabal de la justicia y que ha pretendido, desvergonzadamente, poner a ésta, sí o sí, al servicio del poder y no al revés. Y si para ello es necesario retorcer torticeramente, despreciar u ocultar todo aquello que puede repercutir en contra de sus intereses –no solo los de Igualdad, sino mayoritariamente los de Podemos y hasta incluso los del Gobierno– pues se retuerce torticeramente, se desprecia y se oculta.

Porque la responsabilidad de todo lo que está ocurriendo con su cuestionada ley, el que al final algunos violadores se puedan beneficiar de unos errores de parvulario jurídico, no solo la tiene la ministra de Igualdad, sino el Consejo de ministros en pleno –todas las decisiones son colegiadas– con el presidente, el gran valedor de Irene Montero, a la cabeza.

Para diversos sectores socialistas y feministas de izquierda, que lamentan la influencia que la ministra tiene sobre Pedro Sánchez, el jefe del Ejecutivo se ha convertido de repente en un hombre blandengue, en un auténtico “papanatas” por la manera en la que se está dejando engañar y manejar por su subordinada, por la que parece sentir una admiración “excesiva, simple y poco crítica”, entrecomillado este que coincide con la definición que, de la palabra papanatismo, hace el diccionario de la RAE.

Papanatismos al margen, el tema le ha estallado ahora en las manos al presidente y al Gobierno. Porque cuando el Consejo General del Poder Judicial el 21 de febrero de 2021, en su demoledor informe de 150 páginas y por unanimidad, es decir con el apoyo de los 21 magistrados progresistas y conservadores, afirmó que esta ley tal como estaba era impresentable y jurídicamente inaceptable no solo señalaba a Igualdad sino al Gobierno en pleno: a su presidente, en primer lugar, a sus vicepresidentas, a Justicia, a Presidencia… Nadie del Gobierno puede sorprenderse ahora y exclamar aquello de que "¡aquí se juega, qué escándalo…!"

En el punto 84 de su informe, el CGPJ ya advirtió que “el cuadro penológico contemplado en el anteproyecto para los delitos de agresiones sexuales tipificados en los capítulos I y II del título VIII supone una reducción del límite máximo de algunas penas”, para concluir más adelante, en el mismo punto, que dicha reducción de los límites máximos de las penas comportará la revisión de aquellas en las que se haya impuesto a los acusados las condenas máximas conforme a la regulación vigente, como está ocurriendo estos días.

Con esto, el órgano rector de los jueces no solo estaba alertando a Igualdad del disparate sino al Gobierno en pleno, responsable último, del dislate que supondría una ley que acabe favoreciendo a un número, el que sea, de delincuentes sexuales cuando el objetivo de esta era justamente el contrario. Carmen Calvo ya le habló a Sánchez de lo que podía pasar y acabó en la calle.

En el Consejo de ministros todos silbaron y miraron para otro lado, incluso aquellos que intuían, por formación jurídica, que la ley no estaba bien hecha. Nadie además de Calvo abrió la boca después de que Juan Carlos Campo, el entonces ministro de Justicia, fuera señalado por las hordas y acusado inmediatamente de “machista frustrado” por el exvicepresidente Pablo Iglesias cuando se atrevió a plantear las objeciones que hoy todo el mundo reconoce. Y el papanatas ya se imaginarán de qué lado se puso.

Siguiendo el ejemplo de Isabel Díaz Ayuso cuando arremetía contra los médicos que se habían declarado en huelga por su nefasta política sanitaria en la Comunidad de Madrid, Irene Montero tan distintas pero tan iguales ha hecho lo propio contra todos los jueces, asociaciones judiciales de toda ideología, políticos de aquí y de allá, analistas, periodistas, politólogos… Contra todos los que se atrevan a cuestionarla, a poner en entredicho su hasta ahora desconocida solvencia jurídica, su sabiduría política de sistema bolivariano, su campaña de agitación y propaganda, su defensa de las mujeres contra el machismo imperante en la sucia sociedad española de nuestros días.

Su soberbia le marca el paso, solo sí es sí y solo ella es ella.