Libros

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FMParadiso.'Cien años de soledad' y 'Eugenia Grandet', los dos primeros libros de la colección.

Recuerdo al viejo sentado en un sofá, de esos que siempre están en una esquina. Del salón o de un cuarto que sirve para todo. Para pensar, por ejemplo. En el suelo, los restos de los diarios leídos. Libros, también. Es un recuerdo de niño. De domingo, cuando papá estaba en casa.

Recuerdo, aunque esto es de años después, un capricho, un reto y una promesa cumplida.

_ Quiero esa colección de libros, papá, dije sin pensar más allá del verbo querer. Del deseo. Como quien tiene antojo de un cucurucho de leche merengada. Fue en la primavera de 1982, marcada en casa por la guerra de Las Malvinas que se le antojó a un dipsómano con galones de general. Recuerdo, digo, el momento exacto, la luz precisa y la respuesta del señor Mas.
_ Hagamos un trato: te compro los libros y tu los lees. Uno por semana. Cuando dejes de leerlos, yo dejo de comprarlos. Los ojos azules de papá no solían sonreír, solían retar con su poso de dulzura y pérdida.
_ Claro, papá. Uno por semana, respondí desde la prepotencia de los 15 años que apenas ahora se diluye. Una desgracia.

La primera semana entraron en casa dos libros. La oferta incluía uno de regalo. Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, y Eugenia Grandet, de Balzac. Y los leí. Los dos. Papá me preguntó sobre ellos. Supongo que sus estudios de Filosofía y Letras le daban ventaja frente a un adolescente caprichoso.

La segunda semana leí  Rojo y Negro, de Stendhal. La tercera, Madame Bovary, de Gustave Flaubert. La cuarta y la quinta, Crimen y Castigo, de Fedor Dovstoieski. En dos entregas. La editora tuvo la deferencia de darme 14 días para gozar. Raskólnikov, Sonia... Nos visitaron y se quedaron en casa Dickens, Stevenson, Poe, Melville...

Caían las semanas y papá esperaba que yo desfalleciera. Lo comprendí años después: no rechazaba mi vicio, sino que aquellas, no sé, 150, 200 pesetas semanales, no eran poco para un tipo divorciado que hacía alquimia para completar el mes sin que nos diéramos cuenta. Le fallé. No desfallecí. Al menos no durante los cuatro primeros meses. Y él desistió. Empezamos nuestras negociaciones:

_ Este no lo voy a leer, papá. No me interesa. Así habló Zaratustra o Martín Fierro pasaron del quisco a los anaqueles de madera sin atención alguna. Entonces.
_ De acuerdo, transó.

Hubo censura, también. Fue él quien recogió del quiosco El Amante de Lady Chatterly y cuando lo vi y lo fui a coger, me dijo: "Ese no". Lo miré intrigado desde mis 15 años. "Cuando crezcas, madures y sepas más de las mujeres, los hombres y la vida". Lo prohibido tiene un sabor especial, pero ni pensé en transgredir la orden. Nunca he leído ese libro. Conozco la historia, casi al detalle, pero no he leído el libro. Ni ese ni muchos que añoro. Ni siquiera sé si se han cumplido aquellas condiciones: madurar, saber más de las mujeres, los hombres y la vida.

Colección de libros lanzada por Orbis en 1982.

Colección de libros lanzada por Orbis en 1982.

La colección está completa. Siempre a mí lado. Esos libros de una edición pésima, de una calidad sospechosa y de páginas amarillas no sólo guardan historias maravillosas, no sólo son una puerta a otras vidas, otros mundos, otras emociones. Conforman uno de los vínculos más fuertes que conservo con mí padre.

Cuando los veo, cuando los toco, cuando releo algunas líneas, me traslado a su casa. Lo veo en el salón de su piso de San Lorenzo de El Escorial, un salón bañado por una luz renacentista, dorada, con esas motas de polvo perenne entreveradas entre los rayos de sol. Lo veo, digo, fijando a la pared dos bibliotecas que compró en El Rastro y que llenó semana tras semana con mis caprichos y su orgullo de padre feliz.

La colección, decía, está hoy bajo decenas, centenas de libros que se acumulan en las bibliotecas de casa y que cada semana reciben alguna historia nueva. Leo menos de lo que quiero. Cierta ansiedad me atrapa al pensar que no he leído, en el fondo, nada. He abandonado, casi por completo, el coche. Y en el tren de ida y vuelta a casa me aíslo y leo. Leo. Y aún así.

Hay gente que no lee y me cuesta entender cómo vive. De qué vive. La arrogancia me lleva al desprecio. Me llevaba. Porque la edad lo vuelve a uno, no sé, indiferente hacia muchas cosas. Por no decir a la inmensa mayoría de la vida. Creo que esa actitud tiene que ver con la reducción del tiempo. Tiene que ver con ese punto en el que ya, pura biología, uno tiene más pasado que futuro. Y entonces ya nada es un problema. O pocas cosas lo son.

Lo importante. La pareja, los hijos, los amigos... Lo demás es prescindible. Lo ha sido siempre, en realidad. Pero no lo sabíamos. También están los libros. Imposible renunciar a ellos. Con su presencia no hay soledad que pueda atemorizar. Y está papá, que ya no está.

Sobre el autor de esta publicación

Fernando Mas Paradiso

Historiador y Máster en Historia. Inició su carrera como periodista en el diario El Mundo (España) en 1989, donde ejerció como redactor, jefe de sección, redactor jefe, corresponsal en Londres y subdirector de www.elmundo.es en dos etapas. En 2014 modificó su rumbo profesional. En 2016 fundó El Independiente. Tras dos años en el proyecto se lanzó a la consultoría de medios. Nació en Montevideo (Uruguay) en 1966 y reside en España desde 1976.