Garúa

Garúa

Andy Abir Alan / Creative Commons.Garúa, la lluvia fina que moja profundo.

En El Átomo montábamos a caballo, enlazábamos carneros y bebíamos leche recién ordeñada. Había un tanque australiano que se convirtió en piscina y una casa que a los cinco años me parecía enorme y que a los 14 descubrí que era grande. El molino que nos daba agua chirriaba movido por el pampero.

En el galpón guardaba mi tío Alberto un sulky al que de vez en cuando amarraban un caballo para salir a dar un paseo por el campo. Me aburría. Prefería ponerle la silla a Pensamiento y cabalgar por las tierras en barbecho o entre el maíz.

A veces éramos muchos y no había montura para todos. Era el más chico y me dejaban el último. Los caballos listos y yo, en tierra: Lloraba. ¡Cómo me gustaba montar! Mi tío me apadrinaba y me consolaba: “A pelo, mulita; montá a pelo”. Yo lo miraba desde abajo: mi tío tenía un bigote hermoso, una sonrisa firme y una boina en la cabeza, orgullo de sus antepasados vascos. Y el mate en la mano, que siempre le temblaba.

En la familia me llamaban mulita. Terco, cabeza dura, capaz de embarcarme en silencios de días. Yo lo miraba, decía, y respondía: “A pelo, pero con estribos”. Mi tío carcajeaba: no hay manera de poner unos estribos sin una montura; y me traía un caballo para que no me quedara solo. “Con las riendas, nomás”. Y así me subía, con las riendas, nomás. Sin miedo y sin conciencia me pasaba el tiempo entre los caballos. Aún hoy monto en la memoria y disfruto de esos días de vacaciones de invierno o de verano en las tierras verdes de las afueras de Pergamino, en la inmensa provincia de Buenos Aires.

Eran días en los que mi tía Lyda preparaba un dulce de leche que retengo en el paladar como un tesoro, días en los que veíamos castrar toros, marcar ganado; días en los que pelábamos choclos y recogíamos huevos frescos y cántaros de leche aún tibia.

A veces las tormentas de verano castigaban con relámpagos y lluvias torrenciales un paisaje llano y verde. Los días de sol las mariposas y las libélulas y las abejas se enredaban en las flores que rodeaban la casa.

El molino de 'El Átomo'.

El molino de 'El Átomo'.

Había asados, fuego; había cuentos y leyendas. El jinete sin cabeza y El chancho rengo fueron parte de nuestra infancia y son parte de nuestra vida. Cada noche debíamos correr desde la casa hasta un poste donde estaba el interruptor que apagaba las luces exteriores. Alberto, con su mate en la mano, enviaba a la tribu de chiquillos. A mitad de camino -no habría más de 50 metros, pero parecían mil- lo oíamos gritar: “¡Cuidado, viene el chancho rengo!”. Corríamos despavoridos y regresábamos a la casa aullando y a veces casi llorando. Mi tío reía y nosotros maldecíamos. “No apagaron la luz; vuelvan”. Entre aterrados y divertidos emprendíamos la marcha hacia el poste. Llegábamos, lanzábamos la mano hacia el interruptor… “¡cuidado, viene el chancho rengo”. Corríamos otra vez y Alberto sorbía el mate y reía y… No he visto a un hombre con una sonrisa tan linda como la de mí tío.

A veces nos acompañaba y, entre historias ya difuminadas, apagábamos la luz todos juntos. Otras, conseguíamos hacerlo antes de que el miedo nos invadiera. A mis hijas les he contado mil veces la historia del chancho rengo con el mismo efecto que causaba en mí. El jinete sin cabeza ha sido parte de su infancia como lo fue de la mía. Son historias absurdas, por no decir imposibles, claro. Pero la niñez es donde lo absurdo es más real. Cualquiera que piense en un cerdo cojo no tiene a estas alturas más opción que descubrir, con razón, que teníamos muy pocas luces. O una imaginación hermosa. Con cinco, siete, ocho años.

Unos caballos sucedieron a otros. El mío, hasta que lo jubilaron, fue Pensamiento. Altísimo, recuerdo. A lo mejor me conocía, porque cuando me subía sobre él se movía con suavidad de madre. Garúa, una yegua marrón, con una mancha blanca que le bajaba desde las orejas hasta el hocico, era la que más me gustaba. Nerviosa. Mandona. Difícil.

Un día busqué el significado de ese nombre. Garúa: llovizna, lluvia fina que cae con persistencia. Entre los sauces llorones de El Átomo había un columpio. Ahí, bajo la garúa, hablábamos los niños de ciudad, felices en el campo, como si fuéramos grandes. Siento aún hoy ese velo de agua. Garúa es la infancia, una lluvia fina que se impregna para siempre donde se impregna lo más hermoso de la vida. Nunca vuelve a llover así. Jamás en la vida.

Sobre el autor de esta publicación

Fernando Mas Paradiso

Historiador y Máster en Historia. Inició su carrera como periodista en el diario El Mundo (España) en 1989, donde ejerció como redactor, jefe de sección, redactor jefe, corresponsal en Londres y subdirector de www.elmundo.es en dos etapas. En 2014 modificó su rumbo profesional. En 2016 fundó El Independiente. Tras dos años en el proyecto se lanzó a la consultoría de medios. Nació en Montevideo (Uruguay) en 1966 y reside en España desde 1976.