Finito, indultado en Palencia

Finito, indultado en Palencia

EFEFernando Adrián y el ganadero Zacarías Morenio, en Palencia

Esto de los indultos –en la fiesta de los toros y en la fiesta de la política española—da mucho que hablar. Hay mucho desbarre, mucho interés creado, mucha polémica y mucho alboroto; pero, al final, la cuestión se concreta en la decisión firme e inapelable de dos presidentes: el del Gobierno o el de una Plaza de Toros. Con una sustancial diferencia: en aquél caso puede que el indultador indulte por la vía del Real Decreto en el BOE con el fin último de alcanzar su propia gracia, no la del pueblo; mientras en éste se supone que el juez supremo de la corrida se hace cargo del clamor del público que solicita la “absolución absoluta” de un toro de lidia por la vía del pañuelo naranja, señal cromática específica que fija, a tal fin, el vigente Reglamento taurino. Ahora bien, la dicotomía es palmaria: ¿qué delito ha cometido el toro de lidia antes de ser lidiado? ¿Qué tiene que ver un delincuente político, cargado de cargos contra él y sentenciado por un Alto Tribunal, con un toro que exhibe sus valores genéticos, biológicos y principales, que son poder, bravura, casta y nobleza? Pues, ya lo ven, aquí, en España, el malo y el bueno se pueden ayuntar bajo una misma suprema gracia. Ambos pueden ser gratificados con el premio reservado para protagonistas de acontecimientos excepcionales: el indulto. Desde el demencial “¡crucifícale!” del pueblo hebreo, ante Pilatos y contra Jesucristo, no se tiene noticia de nada tan injusto y contradictorio. ¡Ah, los pueblos! ¡Cuánto de culpa tienen de propiciar gracias o desgracias cuando se amotinan!.

Ayer, en Palencia, hubo indulto: el de un toro de Zacarías Moreno. Las crónicas dirán que “lo indultó” el torero Fernando Adrián; pero no es cierto. El toro se indultó solo, por su clase excepcional, empujado, eso sí, por el climax emocional del público ante la magnífica faena de muleta del torero. Y, ya se sabe, fue indultar el presidente al bello ejemplar del señor Moreno y de inmediato comenzaron las discrepancias entre los asistentes. Bien es verdad que la inmensa mayoría estaba feliz por el desenlace de la corrida, pero las minorías rumiaban por lo bajini que “no era de indulto”. A mi lado, en el callejón uno de los miembros del equipo veterinario de la Plaza de los Campos Góticos, a la vista de la bravura y nobleza del toro en los primeros tercios, había vaticinado con cierto aire de pesadumbre: “ya veras, a éste le pueden indultar”; como si el indulto fuera consecuencia de una extravagancia –una más—del indocto público palentino.

No nos engañemos: los españoles estamos habituados a ir a contracorriente de lo nuestro, especialmente si lo nuestro es bueno. Padecemos del extraño mal de criticar el bien; pero hasta que no salió ese último toro de la corrida, castaño de capa, armónico de hechuras y bien armado, la corrida de Zacarías Moreno (cuatro toros, los otros dos, de Guiomar Cortés de Moura fueron rejoneados por Diego Ventura) era una verdadera castaña. Ni poder, ni bravura, ni mucho menos casta. Solo la impecable y asombrosa técnica e inteligencia de El Juli pudo sacar muletazos largos y templados a un marmolillo en extremo tontorrón y perezoso. El resto, para olvidar, incluido el tercero de lidia ordinaria, al que mató superiormente Fernando Adrián. Así que cuando empezó a embestir el sexto y a relumbrar la excelsitud de los valores apuntados, la tarde entró en una fase de exultante belleza, porque Fernando Adrián es, sin duda, uno de nuestros valores jóvenes más sólidos y preclaros. A pesar de haber triunfado a golpe cantado en Madrid, apenas había visto un pitón esta temporada; pero él sabe que, en cuanto le den una mínima oportunidad –ayer sustituía al lesionado Morante, aún no recuperado de su lesión--, va a demostrar a más de uno lo que vale un peine, y en Palencia, lo demostró. Toreó de capa con variedad, valor y templanza y se demostró como un magnífico muletero, además de un certero estoqueador. O sea, que es de los pocos que vienen apretando. Lo de ayer, a orillas del Carrión, puede ser un punto de inflexión en su carrera. Para enmarcar su toreo al natural y el epílogo de su larga faena, andándole al toro y acompañándole en su camino hacia la libertad, con trincherillas y pases de la firma antológicos.

Después de consumado el indulto, la gente estaba feliz en su inmensa mayoría, una felicidad que el torero compartió con el ganadero en la postrera vuelta al ruedo. Aquí, quiero llamar la atención sobre dos detalles que me parecen impropios del acontecimiento:

Primero, cuando los toros que se lidian han ofrecido un comportamiento poco edificante y uno, ¡solo uno!, ha alcanzado la máxima nota que le lleva al indulto, lo prudente es saludar desde el callejón, si considera que la ovación a él va dirigida. Y punto. No se vería con buenos ojos que un futbolista que falla varios goles cantados sea señalado como el héroe del partido (ahora se dice M.V.P, jugador más valioso) si marca el de la victoria; y, segundo, eso de premiar al torero con los máximos trofeos no es de recibo. El rabo se corta al toro que se mata –atendiendo, sobre todo, a la colocación de la estocada, dice el Reglamento--, pero es absurdo que, sin pasar el fielato de los cuernos en la suerte suprema del toreo, se paseen las orejas y el rabo de “otro toro” que lleva largo tiempo en el desolladero. Vuelvo a insistir en algo que ya advertido con anterioridad: ¿qué ocurre si el toro indultado se lidia en primer lugar? ¿A qué carnicería, casquería o matadero se va para adquirir las orejas y el rabo de un toro sin desollar?.

Alguien debería inventar algo para escenificar la ceremonia infrecuente del indulto del toro de lidia y la soberbia actuación del torero; por ejemplo, que el diestro y el mayoral, ellos dos solos, den una vuelta al ruedo, lenta y apoteósica. Y, eso sí, que ambos sean sacados en hombros de la Plaza por la Puerta Grande.

Resumiendo: el indulto debe responder a la excepcionalidad, no a una alocada e interesada frecuencia. Excepcional fue el precioso toro castaño de Zacarías Moreno que, por cierto tiene nombre de un excepcional torero. Se llamaba –y se llama- Finito. No podía fallar.