Estoy con Irene Montero

Irene Montero, el pasado miércoles en el Congreso de los Diputados.

EFEIrene Montero, el pasado miércoles en el Congreso de los Diputados.

A Carla Toscano y a Carmen Herrarte, de Vox la primera y de Ciudadanos la segunda, las salva aquello que parecen despreciar: vivir en un país democrático y que las leyes que se han dado sus ciudadanos les permita a ambas decir lo que dicen, por muy bárbaro que resulte, y las proteja frente a aquellos que piensan y pensamos que personas de este talante aniquilan la convivencia y no deberían estar jamás en política, al menos en una política seria y decente que desgraciadamente no es esta, ni hablar desde el atril del Congreso de los Diputados o desde el Ayuntamiento de Zaragoza.

Estos días estoy con Irene Montero, aunque no esté de acuerdo con ella. Y no estar de acuerdo con ella como ministra de Igualdad -lo he dejado por escrito aquí- me permite decir que, por unas horas, me siento cercano a esta mujer tras los miserables ataques personales recibidos por parte de Toscano y Herrarte y que nada tienen que ver con su actividad ni en Podemos ni en el Gobierno de la nación. A Montero, sus rivales políticos tienen el deber y la obligación -y un historial de meteduras de pata a su alcance- de intentar destrozarla políticamente, pero utilizando única y exclusivamente argumentos políticos, que los hay abundantes.

Resulta de una bajeza moral incuestionable -que retrata más al emisor que al receptor- arremeter contra la ministra por el nombre de su pareja o por los hijos que tengan en común en lugar de hacerlo, que sería lo suyo y lo que se espera de unos políticos dentro de una normal confrontación política, por sus errores en la ley del ‘solo sí es sí’ o en la ley trans o por su gestión global en Igualdad desde que ocupa dicho ministerio. Y es doblemente impresentable ir más allá, cruzar rayas que no habría que traspasar y hablar de que ‘conoce en profundidad’ a su pareja o de ‘fecundaciones’ y ‘machos alfa’, y hacerlo, para más despropósito, desde la sede de la soberanía popular, ya sea en el Congreso o en un ayuntamiento.

Todo esto empieza a dar asco y como escribía Juan José Millás en un tuit, de aquí a darse de hostias hay solo un paso. La política no es esto o al menos no debería serlo. Pero escuchar al ultraderechista Víctor Sánchez del Real autoflagelándose, alabando a su compañera Toscano y destacando su “hombría” nos hace pensar que es precisamente esto lo que muchos quieren que sea la política: sangre caliente y encefalograma plano. “Vengan, que aquí estamos, porque aquí hay una España que se resiste a morir y se resiste a ser asesinada como son sus costumbres", arengó Sánchez del Real.

Vox sabe que la jauría le da unos réditos que no quiere desaprovechar. La reciente encuesta de El Confidencial apuntaba que las polémicas leyes del Ministerio de Igualdad y el tema de la sedición les han vuelto a poner en la línea de fuego, y nunca mejor dicho. Este es un país, lo sabe de sobra la extrema derecha, donde el improperio gratuito y salvaje, cuanto más salvaje mejor, da votos. Sabe también que insultando, menospreciando y humillando al presunto enemigo su caladero de votos se multiplica, el gallinero se levanta, el odio emerge, los miserables imperan y los desalmados crecen.

No es político ni inteligente, además, arremeter contra ningún rival por algo ajeno a su quehacer diario especialmente cuando su trayectoria, como es el caso de Montero desde que llegó al Ejecutivo, está plagada, y quiero hacer hincapié en lo de plagada, de errores de bulto, sectarismo, incompetencia e insultos hacia todos aquellos que no han estado de acuerdo con sus desbarres, muchos y profundos.

O incluso su trayectoria de mucho antes de llegar a ser ministra, cuando apoyaba los escraches “legítimos”, según sus propias palabras; esos tiempos en los que todo parecía valer para esta alegre muchachada morada y en los que la educación, la mesura y el buen hacer con el oponente político, especialmente si era de derechas, nunca estuvo presente en su hoja de ruta.

Con estos ataques personales, ajenos a toda lógica de lo que debe ser la confrontación política dentro de una convivencia normal, plural y democrática, lo único que se consigue es convertir en víctima al culpable, regalarle un salvavidas al que ya se está ahogando, buscar una salida al incompetente, darle alas al que ya no puede volar, ofrecer una coartada a quien no la tiene y una botella de oxígeno a quien sobrevive con respiración asistida.

Y este es el caso de Irene Montero. Gracias a la estupidez verbal de dos políticas que no deberían serlo y que han conseguido convertirla en una mártir 3.0, ha pasado de culpable a víctima como por ensalmo y a tratar de rentabilizar el despropósito en beneficio de sus intereses personales, que no son los de todas sino los suyos exclusivamente. Porque como bien dice una buena amiga mía que lleva años luchando en defensa de las mujeres, "violencia de todo tipo contra nosotras la ha habido antes de que llegara Irene Montero y por desgracia la seguirá habiendo, seguro, después de que ella se vaya."