Tamara Falcó y el pescador pescado

Tamara Falcó

EFELa marquesa Tamara Falcó habla en México de su despertar espantoso

Confieso que cuando saltó por los aires la historia de amor de Tamara Falcó, mi ignorancia llegaba al extremo de no saber siquiera que tenía novio; anillo de compromiso, perdón, de engagement, incluido. ¡Una relación de dos años! Me preocupé. Por mí, claro. ¿En qué planeta había estado yo viviendo durante tan respetable periodo de tiempo? Dispuesta a enmendar tamaña falta, desde entonces he leído tanto sobre el asunto de marras que hasta me he dibujado un mapa. Consciente, eso sí, de que lo vivido entre Tamara Falcó e Iñigo Onieva solo lo conocen ellos. Entenderán que tras mi personal maratón de información rosa – a veces crónica negra sazonada con amarillo – y a pesar de cómo está el patio en el mundo, hoy no haya podido resistirme a escribir del amor y su reverso. Como romántica trasnochada que sigo siendo a pesar de algún que otro descalabro y en la creencia de que, en realidad, nada ha mudado en tan poderoso sentimiento a lo largo de los siglos, me permito empezar citando a Lope de Vega: “Vienes y vas amor; pero no eres poderoso ni igual en tus extremos, porque bien sabes que si matas mueres. Comienzas bien; pero tu mal tememos, porque vienes, amor, cuando tú quieres, y no te puedes ir cuando queremos”.

Ya de regreso a este siglo de sentimientos devaluados, la psicoanalista jungiana Clarissa Pinkola tardó más de dos décadas en escribir el libro titulado “Mujeres que corren con lobos”, una recopilación de relatos populares que recrean el mito de la Mujer Salvaje, esa denominada fuerza-hembra que habita en todas las mujeres cuando dejan de temer a su poder y que, en su opinión, deberíamos dejar salir más a menudo para ponernos a salvo. Pinkola utilizaba esos relatos en su consulta para tratar a las mujeres que acudían a ella, destruidas después de una mala experiencia vital en una relación amorosa. Uno de esos cuentos, el conocidísimo Barba Azul, estaba pensado concretamente para ayudar a las pacientes que necesitaban comprender que en la psiquis de una mujer siempre hay una parte ingenua que se deja fascinar por lo que sabe de antemano que no le conviene y que suele ir acompañada por otra peligrosa característica de la mente femenina: siempre hay también algo que prefiere no ver.

Quizás habría que puntualizar que es la mente femenina enamorada la que no ve, dejándose en consecuencia cautivar por quien probablemente ya intuye que no le conviene. Solo pasado el amor o descubierto el engaño, le resultará posible ver las cosas que no veía y, después, echarse las manos a la cabeza, contemplando incrédula los despojos que deja atrás una relación que parecía extraída de un cuento de hadas. En general, tenemos la maldita manía de mirar sólo las horas inmediatamente anteriores a sentir la cuchillada y solemos decir “de repente” cuando lo cierto es que la herida se ha venido gestando en el tiempo. Sin que hayamos querido mirar la sombra del brazo alargado esgrimiendo un arma blanca que se cernía sobre nosotras. A la hora de afrontar el amor, una mujer puede pasar mucho tiempo justificando los comportamientos del otro. Una vez y después otra, encontrará la excusa para seguir amando. Hasta que despierte una mañana con la sensación de llevar un puñal clavado en el omoplato o, peor aún, se tope en los medios de comunicación con la imagen del cuchillo que sobresale de su espalda. El dolor es lacerante, pesado, nubla los sentidos.

Hay que dejar al aire la herida, no asustarse de un dolor que antes o después se desvanecerá. Lo que permanece es la cicatriz, recuerdo imborrable con el que habrá que continuar el camino, humilde aprendizaje de aquello que la vida haya tenido a bien o a mal enseñarnos. De todo se aprende, también de las traiciones que nos obligan a reconocer que no tenemos el control. Nada hay en esta vida que podamos controlar frente a la acción imprevista de un segundo o de un tercero. Incluso de un cuarto. La infidelidad abre heridas, entra agua a borbotones en la sala de motores. Sin embargo, se tarda un tiempo en usar algo más contundente que una cucharilla para achicar el agua. Toca emerger, dar las bocanadas de aire necesarias para no sucumbir en el naufragio antes de lograr salir a flote y desprenderse del barro. Se impone empezar de nuevo. De cero. Agradeciendo el apoyo de quienes nos quieren lo bastante como para prestarnos un cubo y decirnos que dejemos de lado esa maldita cucharilla que solo sirve para disolver en el café un azucarillo.

Y lo valiente, Tamara, no es fingir que ya no duele. El coraje se demuestra en volver a llorar cuando no lo esperas y bendecir esas lágrimas porque aún brotan calientes. En experimentar nostalgia, en lugar de apatía; cautela en vez de desconfianza. En recorrer los sueños del pasado sin armadura, sin necesidad de buscar culpables. Curarse en el amor sin odios ni rencores supone volver a confiar. Significa no cogerle miedo a las llamas ni a las alturas, no arriesgarse a dejar pasar una oportunidad más de sentir un nuevo amor, ese que llega lleno de preguntas sin respuestas, de retos sin garantías, de saltos al vacío. El racional mandamiento oriental que predica con sabiduría que el éxito está en la perseverancia puede valer para todas las facetas de la vida, pero nunca para el amor. Sabemos identificar a la persona que nos “conviene” porque hemos visto sus valores, su capacidad y compromiso para hacernos felices, pero todo eso lo obviamos sin piedad cuando la chispa no se enciende. Maldita chispa, recóndito y caprichoso resorte del cerebro que nos mueve sin demasiado raciocinio en busca de los ojos que la prendan.

Ninguna relación es inmune al paso del tiempo, a los vaivenes de la vida. Sin embargo, los amores arrogantes, con promesas de eternidad, que se creen inasequibles a la rutina, son los más pantanosos, a diferencia de aquellos que empiezan reconociéndose capaces de acabar en el olvido. Son amores que se construyen cada día, se les toma la temperatura, escuchamos sus pulsaciones. Amores a los que dejar, mientras duermen, una pequeña luz encendida. Un sentimiento sin grandezas, humilde, cercano, que crece poco a poco, sin adolescentes estirones, con curiosidad paciente. Sin dar nada por cierto, nada por permanente. Sin cerrojos ni cancelas. Sin promesas ni presiones. Y sobre todo sin mentiras. Porque, en palabras de Ortega y Gasset, “La lealtad es el camino más corto entre dos corazones”.

Con el paso de los años, amar se me asemeja cada vez más a conducir. Tan extravagante como suena. Por ejemplo, basta con un par de clases prácticas para que quien ha nacido “dotado” se haga con los mandos y, aunque luego se necesite práctica y haya que repasar el código de la circulación, después de esas dos primeras lecciones con un buen profesor ya nunca se olvida cómo agarrar el volante y manejar los pedales. Surge de manera natural. Simplemente, fluye. Sin embargo, hay algunos, demasiados, que necesitan varios bonos de diez clases para que, al final, sólo por no volver a verlos, acaben por darles el maldito carné para desgracia de aquellos que osen circular por las inmediaciones. Un peligro: frenan en mitad de una recta, giran sin señalizar con el intermitente o de improviso aceleran al llegar al desvío. Jamás aprenderán a amar, salvo a ellos mismos. En carreteras de alta visibilidad, todos podemos presumir de amar. Es en las rampas, en los cambios de rasante, en los irregulares asfaltos, cuando llueve, graniza o amenaza con atravesarte un rayo, donde el movimiento se demuestra andando. Hasta que se termina la carretera y descubrimos que nos hemos estrellado. No olvidemos, en cualquier caso, que en el pantano de los sentimientos la mayoría de las veces es el pescador quien acaba siendo pescado.