No es país para mujeres

protestas en Irán

EFEManifestación progubernamental contra las protestas por la muerte de Mahsa Amini en Irán

Me siento a escribir, y lo primero que viene a la mente es la pregunta de para qué le pueden servir a Mahsa Amini unas cuantas frases publicadas en un periódico occidental denunciando su injusta y fatal suerte. Por fortuna, esta vez son sus compatriotas quienes llevan nueve días denunciando en las calles la sinrazón de normas que solo coartan las libertades más básicas de las mujeres y, en concreto, la muerte de la joven veinteañera de origen kurdo tras ser detenida por la Policía de la moral: Su delito: llevar mal colocado el velo obligatorio en el país.

Sí, son ellos, los iraníes, quienes estos días, en las principales ciudades del país persa, se juegan la libertad, la integridad física y, por descontado, la vida, desafiando como nunca las estrictas interpretaciones de la moralidad islámica cuya vigilancia y castigo corre a cargo de la “policía de la moral”, actualmente bautizada como Gasht-e Ershad (Patrullas de la Orientación en persa). Ya saben, mismo perro con distinto collar que aplasta a las mujeres desde la Revolución Islámica de 1979. Su misión es detener a las mujeres que violan el código de vestimenta conservador para “promover la virtud y prevenir el vicio”.

A nadie se le escapa que en el caso de las mujeres iraníes, las probabilidades de meterse en problemas únicamente por salir a la calle resultan bastante elevadas y conllevan consecuencias trágicamente contundentes. Las mujeres iraníes llevan décadas luchando contra la intolerancia y la discriminación en un país en que el hombre – padre, hermano o esposo – controla todos sus movimientos, decide con quien se casan, lo que puede estudiar y el puesto de trabajo que deben o no aceptar. Una mujer iraní puede ser lapidada por adulterio o “conducta sexual inapropiada” y castigada a 74 latigazos por llevar el hiyab mal colocado.

A pesar de ello, las iraníes nunca se han rendido y su última conquista, de la que en su día se mostraron en extremo satisfechas, fue la aprobación de una ley que finalmente igualaba para hombres y mujeres la suma de las indemnizaciones que las aseguradoras pagaban en caso de accidente. Porque aunque parezca mentira, hasta entonces a una mujer se le pagaba la mitad que a un hombre, a pesar de que las cuotas de las primas que pagaban eran exactamente las mismas para ambos sexos.

Ahora, la muerte de la joven de 22 años mientras se encontraba bajo custodia de la odiosa policía de la moral se ha convertido en la nueva mecha de otro intento de revolución que, sin embargo, casi nadie fuera de Irán ve capaz de doblegar la opresión sobre las mujeres en un país cuyo actual presidente, Ebrahim Raisi, ultraconservador de la Sociedad del Clero Combatiente, resta importancia a las protestas. Con gélido aplomo, al tiempo que ordena detener y golpear a los molestos manifestantes, Raisi asegura frente a las cámaras que en su país hay libertad para expresar cualquier opinión. Ha recalcado que la situación en “sus” calles es simple vandalismo que desde luego no va a tolerar y, para colmo, se lamenta de que su gobierno está siendo víctima de un doble rasero por parte de la comunidad internacional.

Por su parte, Nada al-Nashif, alta comisionada de derechos humanos de la ONU, se limitaba días atrás a exigir que la “trágica muerte de Masha Amini y las acusaciones de tortura y maltrato fueran investigadas imparcialmente por una autoridad independiente”. No sé a ustedes, pero su tibieza enerva. ¿La petición no les suena a broma? Desde Teherán, por supuesto, ni se han molestado en contestar. Las peticiones de los organismos que custodian los derechos humanos jamás han calado en mentes tan obtusas como abyectas. La escandalosa hipocresía es que Irán sigue negándose categóricamente a ratificar el principal código internacional sobre los derechos de la mujer conocida como la Convención para la Eliminación de Toda Forma de Discriminación contra la Mujer. Porque allí cualquier “concesión” a las mujeres se tacha de feminismo y como en su día dijo el presidente iraní de turno, Ahmadineyad, “el feminismo es un grito de protesta de las mujeres aplastadas por el sistema capitalista”. En resumen, el mundo al revés, somos los demás quienes no lo tenemos nada claro.

No, Irán no se inmuta por las condenas internacionales. Con una población de casi 80 millones de personas de diversas etnias, enormes reservas de hidrocarburos y una significativa importancia geopolítica por su situación entre Oriente Próximo, Asia Central y Asia del Sur, sabe que puede seguir apaciguando las protestas con mano dura. Lo que ocurra a las mujeres en este mercado global del petróleo y la seguridad energética, se antoja, por desgracia, un daño menor. De modo que los arrestos, los palos y los apagones internautas para dejar a la población incomunicada parecen imágenes que, salvo lo que dure la polémica, terminarán por archivarse. La comisión de derechos humanos de la ONU lleva tiempo advirtiendo de que, desde la llegada al poder de Raisi, la policía de la moral iraní ha incrementado sus persecuciones y arrestos callejeros en los últimos meses. Es cierto, la muerte de Mahsa Amini ha removido nuevamente al país, cuyos jóvenes reclaman más libertades y una sociedad más laicista, frente a quienes defienden preservar la rigidez del régimen iraní, pero la esperanza de que las cosas cambien allí para las mujeres se sigue percibiendo muy lejana.