Navidad, un estado en la mente

Navidad, un estado en la mente

PIXABAYNavidad, un estado en la mente

Pasado el puente de la Constitución y de la Inmaculada, uno ya es plenamente consciente de que no hay salvación posible. Sólo el afortunado que disponga de un remoto refugio o del tiempo y de los fondos suficientes para escapar a algún exótico paraje en el que no se celebre (tanto) la Navidad, podrá pasar el mes de diciembre y un buen bocado de enero sin someterse a la exigencia de emborracharse, indigestarse y dejar su cuenta en números rojos. De soportar insufribles atascos y aglomeraciones de hordas bárbaras a la caza del último juguete, agotado ya desde agosto. 

En estas condiciones, se hace difícil encontrar un equilibrio para disfrutar en la verdadera paz que prometía el clásico villancico. No suelo considerarme una amargada aguafiestas, pero aún a riesgo de parecerlo – quizás lo sea -, confieso que últimamente lo que más me gusta de la Navidad es que se acaba. Que por fin, un día, las calles recuperan su austeridad invernal y las farolas vuelven a ser las únicas protagonistas de las frías noches de asfalto. Desaparecen por arte de magia las coloridas pelucas de espumillón y enmudecen los petardos. Se acabó. No hay que seguir haciendo malabares para cumplir con los numerosos compromisos que emborronan la agenda, ni enfrentarse al frío enfundados en raso, terciopelo o lentejuelas. Todo esto no significa, sin embargo, que me haya afiliado al otro bando – los humanos siempre tan extremistas -, a ese clan que proclama su frontal odio a la Navidad. Por lo menos, aún no. Porque, en realidad, la Navidad como “concepto” siempre me ha atraído. En teoría, se ensalzan sentimientos que tienen que ver con la armonía y la paz, priman reuniones con gente que aprecias y es la oportunidad de las familias separadas durante el año para reunirse de nuevo. Nos acordamos con aún mayor nostalgia de quienes se fueron y, con independencia del grado de espiritualidad que profesemos, nos esforzamos en llenar los días de buenos deseos para (casi) todos los que nos rodean.

Sin embargo, la práctica se me antoja bien distinta. Estamos todos tan ocupados que no hay tiempo ni intención en seguir de cerca otros temas. Nadie quiere saber nada de guerras, crisis, pobreza, abandono, dolor o enfermedad. ¿Murió el espíritu navideño? A veces me entristece pensar que sí. Sentar a un pobre en la mesa suena a película en blanco y negro. Lo hemos sustituido sin complejos por excursiones a estridentes centros comerciales, símbolos de nuestra decadencia, que dentro de unos siglos nos identificarán, como ahora lo hacen los acueductos y las calzadas, con el fin del Imperio Romano. ¿Nos hemos vuelto locos o solo tremendamente superficiales? Ni siquiera la crisis financiera, energética y alimentaria que arrasa el mundo ha servido para que hagamos examen de conciencia y nos miremos de verdad por dentro. Será por miedo a encontrarse con que ya no nos queda alma. Ni siquiera aquella efímera que antes sacábamos de paseo precisamente por Navidad.

El valor de las pequeñas cosas que reconocimos durante la pandemia ha quedado en el olvido. La única lección aprendida es que hay que vivir el momento como si fuera el último, una excelente enseñanza si no fuera porque en demasiadas ocasiones se confunde con el consumo, el desparrame y la fiesta. ¿No puede ser también el último para ayudar a quien lo necesita o dejar de lado rencillas? ¿Para felicitar incluso al “enemigo”? ¿De perdonar o pedir disculpas? Más que en nuestro carpe diem, me reconozco en el concepto cultural japonés de ichi-go ichi-e, algo así como “solo esta vez”, o “una oportunidad en la vida”. Término atribuido a Sen no Rikyü, considerado como la figura histórica de mayor influencia en la ceremonia del té, está dirigida a los participantes en la misma para recordarles que la reunión que están teniendo es única y, por lo tanto, debe prestarse plena atención en el momento, poner todos los sentidos. En definitiva, no hay pasado ni futuro, hay presente y es la única oportunidad que tenemos de vivirlo. Quizás, la última oportunidad de ver a una persona. Preguntarle de corazón cómo se encuentra. 

Es probable que se trate de la edad – que definitivamente no perdona - o de los avatares de la vida, puede que de ambas cosas a la vez, pero el trajín gastronómico, comercial y bullanguero cada vez más exagerado en que se han convertido las fechas navideñas, lo único que consigue es llevarme a la extenuación. Y parte de esa mortal fatiga nace también de la obligación autoimpuesta de evitar mostrarse políticamente incorrecto, intentar nadar entre dos aguas igual de turbulentas. Abstenerse de decir, por ejemplo, que espíritu de la navidad se mide con demasiada frecuencia en el tamaño de árbol, la longitud de las guirnaldas, en la montaña de regalos que haces o recibes, en los correspondientes maratones de compras o en las cenas en que participas e, incluso, en el número de comensales. 

Decir que no hace falta marcharse a lejanos lugares de la Tierra para encontrar al pobre a quien brindar un asiento en la opípara mesa. Por desgracia, el sufrimiento está aquí, muy cerca, a la vuelta de cada atestada esquina que las luces de los grandes almacenes dejan en penumbra. Aquí, muy cerca, hay ancianos y no tan ancianos, que viven solos y cenarán otra noche más con la única compañía del televisor, si aún funciona. También hospitales repletos de personas que padecen y de quienes sólo se acordará su familia, si tienen la suerte de tenerla y llevarse bien con ella. Y, por supuesto, pobres. Personas sin recursos, martirizadas por los anuncios que repiquetean a cada instante con mensajes de opulencia, cuyo único consuelo estos días será la anhelada sorpresa que pueda guardar en su pegajoso fondo un contenedor verde bastante más lleno que durante los demás meses del año.

Y que como dijo la escritora estadounidense Mary Ellen Chase “La Navidad no es una fecha; es un estado en la mente”.