Morir a manos de quien amas

este crimen machista se ha descubierto en torno a las 2 horas de la madrugada de este domingo en un inmueble de la zona norte de Alcoy

EFEDegolla a su pareja y se intenta suicidar lanzándose desde un quinto piso

En Alcoy, su ciudad natal, Adoración perdía la vida esta madrugada a manos de su marido, Guillermo. La alarma saltó cuando su (presunto) asesino se arrojó desde el quinto piso del edificio donde convivían desde hacía menos de un año. En el cuarto de baño del hogar familiar, la policía encontró a su mujer: yacía sobre un charco de sangre tras haber sido degollada. Tenía 27 años. Con anterioridad a su última noche, los vecinos habían requerido la presencia policial en el edificio al escuchar voces altas y discusiones procedentes del domicilio. Sin embargo, Adoración nunca llegó a denunciar a su pareja ni había pedido ayuda para figurar en el sistema de seguimiento integral de la violencia de género (Viogén). Es un hecho que se repite demasiado a menudo. La mayoría de las mujeres asesinadas por sus cónyuges, parejas o ex parejas no había presentado denuncias previas a su asesinato, según recogen con preocupación las estadísticas oficiales.

Porque no hay razón que valga para la sinrazón. Es cierto, tampoco hay forma de saber cuándo matará quien amenaza con hacerlo, ni siquiera si al final lo hará, pero el solo hecho de amenazar con quitar la vida supone ya un maltrato de tal gravedad que nunca debería ser pasado por alto. Ni una sola vez. Se trata del diabólico mecanismo con el que funcionan los maltratadores en el entorno familiar. El impenetrable cerebro del agresor es el único que almacena los archivos de sus posibles acciones contra la víctima que ha colocado en la diana de su obsesión. Y sólo él lo sabe. Reconozco que es demasiado fácil, aunque nunca superficial, opinar sobre algo que no se ha vivido en primera persona. Imposible saber, por otra parte, qué haría uno mismo en tan trágica situación, pero no puedo dejar de preguntarme ¿qué puede compensar vivir con miedo en tu propio hogar?

Todos representamos un papel y, aunque jamás osaría contradecir a Claude Steiner, autor del famoso libro de Análisis Transaccional titulado “Los guiones que vivimos”, a diferencia de él, admito que en los casos de violencia en el hogar resulte en extremo complicado dejar de representar el guion de víctima. De liberarse. Pedir ayuda, aunque en muchos casos la víctima crea que el remedio quizás resultaría, a la postre, peor que la enfermedad. Que denunciar o separarse no es sinónimo de seguridad. María del Carmen, por ejemplo, no la encontró: fue asesinada el pasado 13 de septiembre en Zaragoza por su expareja, a quien había denunciado repetidamente por malos tratos y contra él se hallaba vigente una orden de alejamiento. De nada sirvió. Su exmarido saltó la valla de su casa y la agredió mientras dormía. Ella murió tres días más tarde en el hospital.

Otra de las preocupantes realidades que se contemplan en el intrincado y perverso mecanismo de la violencia de género es la edad cada vez menor de las víctimas. El 8 de febrero, Claudia Abigail, de 17 años, fue asesinada en Totana (Murcia) por su novio Johan Styven, de 19 años, que la acuchilló hasta la muerte porque esta quería romper su relación. Ella nunca había denunciado. Otra joven, Cristina, de 18 años, moría en Madrid el 1 de julio a manos de su exnovio, sin haber confesado con anterioridad su miedo al agresor. Y el pasado mes de septiembre, Ana, de 21, fue asesinada por su pareja en la localidad gerundense de Campdevànol. Su ultrajado cuerpo presentaba más de 60 heridas, marcas de presión en el cuello y signos de una agresión sexual. Tampoco en su caso constaban denuncias previas por maltrato contra el presunto agresor. Y antes de que hubiera que enterrar a Ana, el pasado 20 de agosto otra familia destrozada se despedía de su hija, Esther. Tenía 20 años, acababa de empezar a vivir. En su caso, sí existían denuncias previas por maltrato, pero ello no impidió que volviera a convivir con su agresor. O, quizás, simplemente con la cara “amable” del mismo. Ese que jura no volver a atacar, que pide perdón acompañándose de fluidas lágrimas de cocodrilo. El mismo que declara amor eterno cuando las huellas de su maltrato siguen siendo visibles.

Todos tenemos dos caras. Presuntamente. La experiencia demuestra, por otra parte, que cuanto más lustrosa se muestre la cara A, mayor oscuridad albergará su reverso. El trágico problema surge cuando la cara B no se limita a unas insignificantes notas, sino que desafina hasta el punto de menospreciar, dar órdenes desde la soberbia o, lo peor de todo, maltratar física o psicológicamente a quien dice amar. El resplandor de la cara visible es directamente proporcional a la tenebrosidad de lo que no se enseña. En consecuencia, demasiadas veces, la víctima se siente como insignificante hormiga contra elefante blanco. Pero no es el final, la resignación jamás puede trasladarse al terreno afectivo. Tampoco deberían conservarse los vínculos. Porque no hay amor en el control, en la perpetua crítica, en los celos. ¿Cuántas veces se escucha hablar de relaciones sentimentales en las que el amor no aparece por ningún sitio? ¿De qué sentimiento se está hablando entonces? ¿Posesión, orgullo, obsesión?

Steiner afirma en su libro, publicado por primera vez en 1974, que nunca es demasiado tarde para cambiar esos patrones de actuación que nos impiden vivir una existencia libre y digna. Y, por supuesto, a salvo. La violencia de género es aún, en 2022, una de las asignaturas pendientes de la sociedad. Cada año, decenas de mujeres en España pierden la vida a manos de sus parejas o exparejas. Y el número de menores huérfanos por violencia de género sigue aumentando: 24 en lo que llevamos de 2022. Más de 360 desde que en 2013 empezaron a registrarse de manera oficial.