Compitiendo con una lechuga

Liz Truss

EFEConferencia de prensa de la primera ministra británica, Liz Truss

Ningún antídoto es tan infalible como el poder para combatir contra principios e ideologías. Hace únicamente cuarenta días, Gran Bretaña veía entrar en el 10 de Downing Street a su cuarto premier en seis años. Liz Truss llegaba con la misión de levantar un país que se enfrenta a la mayor crisis económica del último medio siglo, fuera del cobijo de la UE y con la amenaza renovada de cisma por parte de Escocia. También con su particular modelo económico y fiscal, enarbolando la bandera de reformista radical heredera de Margaret Thatcher a pesar de que el escenario social no sea aquel en que la Dama de Hierro se movió, entre 1979 y 1990, doblegando a los sindicatos y bajando salarios en plena deslocalización de empresas. Consciente o no de ello, Truss anunció su paquete fiscal, con las inmediatas y desastrosas consecuencias que ya conocemos: desplome de la libra a mínimos históricos, aumento de las hipotecas e intervención del banco central del país a través de compras masivas de deuda para evitar que sus fondos de pensiones corrieran el riesgo de irse a la quiebra.

En definitiva, la anhelada reforma de Truss hizo tambalearse de tal modo los mercados, que poco después a la premier no le quedó más remedio que pisar con fuerza el freno y dar marcha atrás. Su plan estrella de eliminar la tasa del 45% del impuesto sobre la renta que pagan las personas más ricas del país, medida de la que esperaba el fomento de creación de empresas y la inversión, había puesto en llamas su apenas iniciado liderazgo del gobierno y solo la cabeza de su amigo Kwasi Kwarteng, a la sazón ministro del Tesoro, sirvió para hacer de cortafuegos. De momento. ¿Acaso nadie había advertido al nuevo gobierno del peligro de una masiva rebaja de impuestos por valor de 50.000 millones de euros sin otro colchón que el del endeudamiento del país en plena espiral inflacionista? Si hubo advertencia anterior, no la escuchó. La posterior, sí, porque fue atronadora.

Sin embargo, la primera ministra con peor reputación en la historia en cuestión de semanas no tardó en demostrar esa eficacia del poder como antídoto de ideales que mencionábamos al principio del artículo. En general, siempre se ha dicho y comprobado que es parte del juego de la política aunque el problema es que la política no debería de ser considerada jamás como un juego. No obstante, son precisamente los políticos que más “venden” su ideario los que antes tienen que aparcar sus publicitarias intenciones cuando, una vez sentados en algún escalón del poder, ven peligrar el asiento. Sin duda, Liz Truss es ejemplo de política “donde dije digo…” - se admiten otros apellidos como camaleónica o chaquetera – y a quienes la conocen bien su radical golpe de timón no les cogió por sorpresa. Sus cambios de visión, indudablemente pragmáticos, la preceden. Quien ahora se erige en versión actualizada de la Dama de Hierro, fue en su día recalcitrante luchadora contra el thatcherismo. También un buen día se bajó de su europeísmo y pasó sin complejos a las filas del Brexit. Y sin despeinarse organizó las mayores exequias de la Historia con motivo del fallecimiento de Isabel II, olvidado ya por completo su pasado antimonárquico. Por eso, ‘Conversa’ es uno de los adjetivos más recurrentes en la biografía de Liz Truss.

Ante la amenaza de que su desembarco a la cabeza del gobierno británico se convirtiera en flor de un puñado de días, Truss rectificó – ya saben, hacerlo es de sabios -, y ahora Jeremy Hunt es el encargado de reflotar la confianza de los mercados en la libra. No será tan fácil restaurar dicha confianza en la propia Truss, y en su partido han tenido que admitir de nuevo que últimamente no dan ni una. Tampoco en el resto de este nuestro mundo globalizado presidido por el aleteo de la mariposa, se fían de ella. Porque la economía británica hace aguas allí, pero la inundación arrastra a los mercados en cualquier lugar. Y aparte de la crisis financiera, Reino Unido está de nuevo en una crisis política. Sin embargo, Truss no es una novata, ha ocupado varios puestos en el gabinete de los primeros ministros David Cameron, Theresa May y Boris Johnson, y se conoce bien las reglas.

En su contra, que llueve sobre empapado.

Si el pasado 6 de junio, The Times se preguntaba “¿Es Boris Johnson un hombre muerto caminando?” tras el resultado del primer ministro en la moción de censura impulsada por su propio partido, ahora el sensacionalista Daily Star ha puesto a la primera ministra a competir con una lechuga fuera de la nevera. ¿Creen los lectores que “The Iceberg Lady” perderá su puesto en menos tiempo del que tarde el vegetal en descomponerse? Las apuestas que tanto gustan a los británicos empezaron en cuanto la imagen en directo de la lechuga sin refrigerar junto a una foto de la premier apareció en un post de Twitter que recolectó más de 50.000 “likes” en sus primeras cinco horas.

Por el momento, Liz Truss no tiene intención alguna de marcharse, sabe que si aguanta la presión tiene camino por delante. Pero, ¿lo tiene la economía de su país y del resto del mundo? Las cosas van tan rápido, especialmente de bajada, que la respuesta es un rotundo no. La economía global divisa en el horizonte más cercano el riesgo de una crisis financiera sin precedentes en Gran Bretaña y al cambio de ministro del viernes, los indicadores financieros reaccionaron volviendo a los mínimos más mínimos del año. Un viernes de terror, como bautizó la prensa británica a una jornada que amenaza con presentar a sus hermanos: lunes, martes, miércoles y demás días de la semana. Porque Gran Bretaña ahora afronta no solo una recesión, sino una depresión económica profunda capaz de desestabilizar la economía global. Malditas mariposas.