Armagedón

Saludo de cumpleaños para el presidente ruso Putin en Belgrado

EFESaludo de cumpleaños para el presidente ruso Putin en Belgrado

Desde que el mundo es mundo, las distintas civilizaciones que han poblado el planeta han ido sucumbiendo para dar paso a las siguientes. Siempre partiendo desde una gran crisis general o un cúmulo de ellas, y a las que a su vez habrá precedido la decadencia que suele acompañar a las sociedades opulentas. O simplemente desarrolladas. Una suerte de acción autodestructiva; la sociedad, convertida en su propia bestia negra, acaba engullendo todo lo que pilla y el primer síntoma de su enfermedad es que se vuelve insaciable. Se ha acostumbrado a conseguir lo que necesita cada vez con menor esfuerzo y las cosas por las que antaño, nada más empezar a poblar su periodo de la Historia, había que trabajar y sacrificarse acaban por considerarse derechos primordiales a los que no contempla tener que renunciar jamás. Aunque ello signifique que la garganta se vea inundada de su propia sangre. Aun así, insaciable, pedirá más.

En los momentos más oscuros de la pandemia, expertos sociólogos predijeron que tan insólita y trágica situación nos cambiaría. Para bien. Que volveríamos a valorar las cosas que realmente importan: la compañía de nuestros seres queridos, un pedacito de cielo a cambio de metros cuadrados de vivienda, pasear solo por el placer de sentir el pausado movimiento al aire libre sin necesidad de detenerse en escaparates o entrar en una tienda a comprar lo último que, con las prisas de antaño, hubiéramos olvidado. Hoy, aquel mismo puñado de esperanzados e ingenuos profesionales admite que el resultado ha sido sin duda el contrario. Sin embargo, por muy apocalíptico que pudo en ocasiones parecer aquel escenario de enfermedad y muerte, nadie pensó que en los estertores de la pandemia tuviéramos que ampliar otra vez conocimientos y glosarios. De expertos en coronavirus, formas de sintetizar vacunas y diferentes test de autodiagnóstico pasamos a hacer cursos exprés de estrategia militar y mapas geopolíticos. De hablar con soltura de antígenos, anticuerpos y neumonías bilaterales, a contar cabezas nucleares, armas tácticas y alcance de misiles balísticos intercontinentales.

Las sociedades prósperas, por otra parte, tienen tan ocupados sus sentidos que les cuesta distinguir el precipicio por el que se arriesgan a caer más pronto que tarde. La niebla que levanta a su paso el consumo desmesurado es la peor enemiga del sentido común y sólo cuando la crisis anuncia que llega con intención de quedarse, parte de la población empieza a ver que ese poderoso sentido había permanecido, durante demasiado tiempo, relegado. Las señales son inequívocas: conductas que antes se consideraban propias de tipos valientes y avispados producen por fin el justo rechazo con que tendrían que haber sido acogidas desde el principio. De aquellos barros siempre acaban por inundarnos los correspondientes lodos. Y aunque Putin ya había enseñado sus cartas incluso antes de la anexión de Crimea en 2014, todos miramos con cierta condescendencia a Joe Biden cuando a principios de este año anunció que Rusia estaba a punto de invadir Ucrania. Al lobo Putin se le había permitido ir demasiado lejos como para poder después, con ofertas de diálogo y amenazas de sanciones, pedirle que se comportara con Caperucita.

En su propio país, aunque aún les cueste verlo, la riqueza capitalista a la que nadie, tampoco allí, hace ascos cuando accede por fin a un trocito de la misma está cada día más amenazada por su gobernante. El hábil tahúr Putin les ha dado el cambiazo del siglo: paz y bienestar económico por defensa de la Patria hasta sus últimas consecuencias. No obstante, la mayoría de la población sigue mirando mal a los que se atreven a protestar en las calles – malditos traidores –, negando la evidencia: las guerras no las ganan los pueblos. Solo son la carne que alimenta el cañón. Lo cierto es que continúa siendo un insondable enigma explicarse fuera lo que ocurre dentro. Entender desde el otro lado de una frontera. En Occidente siempre se ha visto a Putin como un oscuro personaje que no ocultaba su nostalgia por los viejos tiempos, cuando la Unión Soviética era una temible potencia y Moscú la capital de un imperio. El colapso de la Unión Soviética fue, a su juicio, el mayor desastre geopolítico del pasado siglo y a él no le quedó más remedio que erigirse en el salvador de las “decenas de millones de conciudadanos que se encontraron de repente fuera del territorio” de mamá Rusia. Quisieran o no ser “salvados”. Hay que reconocer que el antiguo espía del KGB se aplicó en la sagrada tarea de “recuperar” esas tierras sin que ningún organismo ni líder occidental le tosiera, apelando al patriotismo como tronco al que se agarra una población que volvió a perder aquellas libertades que en Occidente tanto deseábamos para ellos. Y, de paso, para la imposible paz mundial.

Quien aún se atreve a denunciar la inquietante deriva de la dictadura de Putin, sabe que se juega mucho denunciándolo. Demasiado. La ruina, la libertad, la vida. Fuga o trinchera. Que no existe la opción de discrepar con Putin es lo que vemos desde fuera. Dentro, lo consideran el Hércules del Siglo XXI. Sin embargo, dentro y fuera, se mire por donde se mire, cuando finalmente la niebla se disipe, a base de llevarse por delante prometedores presentes y futuros truncados, el panorama de lo que quede será desolador. Y cuando la sociedad rusa se gire por fin para mirar al jefe del cotarro, descubrirá que los desmanes que les han conducido de nuevo a lo que después siempre acaban destronando proceden precisamente de quien tenía el deber de alertarles cuando se viera salir alguna nubecilla desde la boca del volcán. Antes de que entrara en erupción y ya no quedara otro remedio que gritar “Sálvese quien pueda”.

Se acabó lo que se daba, el manantial se ha secado. A pesar de que todavía muchos, en un lado y otro de la frontera, anden con su sentido común completamente cegado y amenacen con seguir pidiendo más en el nuevo reino del menos. Hasta que no quede ya casi nada para casi nadie. Ni vidas que salvar si nos ponemos en modo Armagedón, como ha hecho Biden esta semana de misiles norcoreanos sobrevolando Japón. Los días pintan bastos, las amenazas suben de tono, a Putin le han explotado su faraónico puente y la llegada del frío es cuestión de días. Ahora, en lugar de pedacito de cielo anhelamos acceso a un bunker antinuclear. Mucho más complicado. No hay un fin del mundo, hay muchos fines de los diferentes mundos. A fuerza de pasar de todo sin que pase nada, acaba por pasar lo que todos esperamos que nunca pase. Sin límites ni fronteras. Dentro y fuera.