Montalbano se despide de Camilleri

Andrea Camilleri y Luca Zingaretti, actor que da vida a Montalbano en la serie televisiva.

Andrea Camilleri y Luca Zingaretti, actor que da vida a Montalbano en la serie televisiva.

Fin. Se acabó. “Es el sabor de la derrota”, piensa Montalbano,  personalmente en persona, mientras está a punto de convertirse, 30 historias después, en una página en blanco. Un último recuerdo para Livia, Fazio, Mimí Augello y Catarella mientras una escueta lágrima le recorre la mejilla y su mano empieza a moverse de izquierda a derecha como si estuviera borrando, cepillo en mano, en una pizarra imaginaria. Y le funciona. Poco a poco va desapareciendo el paisaje que le rodea: el mar, el cielo, la playa, Marinella, Vigata, Sicilia… Luego coge el teléfono y le deja un mensaje de despedida al Autor hasta que empieza a quedarse sin palabras, hasta que se apaga su voz, hasta que empieza a desdibujarse, hasta que poco a poco va desapareciendo, hasta que ya por última vez, en el horizonte de la nostalgia, se dibuja la palabra Fin.

Así, más o menos, acaba Riccardino (Salamandra), el último Montalbano. El último al menos que Andrea Camilleri quería que leyéramos antes de despedirnos definitivamente de uno de los personajes literarios más fascinantes del último siglo. La historia que acaba de llegar a las librerías españolas no es la última que el escritor -fallecido el 17 de julio de 2019-, escribió de su comisario siciliano, pero sí es la última que debía llegar a sus lectores. Riccardino fue escrita entre 2004 y 2005 y guardada en un cajón; posteriormente fue repasada y corregida lingüísticamente en 2016, para volverla a guardar nuevamente en el cajón de su editora Elvira Sellerio hasta después de su muerte. Por expreso deseo del autor.

Podríamos decir que la trama de Riccardino es una más, pero a la vez el compendio de todos los montalbanos que en el mundo han sido. Riccardo Lopresti, Riccardino para todo el mundo, director de la sucursal de la Banca Regionale en Vigata, es asesinado prácticamente delante de sus tres amigos del alma, Mario, Gaspare y Alfonso, trabadores todos ellos de las minas Cristallo de Montereale.

Así empieza el enredo, y lo que parece un asesinato más se convierte en un laberinto de intereses en el que el comisario Montalbano empieza a ver pasar a las fuerzas vivas de siempre, vivísimas en este caso, que parecen tenerle rodeado: la iglesia, la clase política, la justicia con minúscula, esos a los que el autor casi nunca cita, los propios jefes del comisario… Todos parecen empeñados en ayudar a un Montalbano aparentemente desnortado, pero no tanto como para no intuir que los anteriormente citados aspiran a buscar rápidamente un culpable, que no siempre es lo mismo que hacer justicia, con el claro objetivo de apartar al comisario de aquello donde no debe poner sus manos. Que se centre más en los cuernos que en las conspiraciones, le vienen a decir.

Hasta el Autor trata de convencer al policía de que a veces la línea más corta entre dos puntos es la línea recta, aunque no lleve a ninguna parte. (“Tus investigaciones ya no son lo que eran”, le increpa Camilleri; “Aseguras que me he convertido en una carga. Pues, entonces, ¿por qué te la echas a la espalda una y otra vez?”, le suelta en otro momento Montalbano.) Sus diálogos de despedida a lo largo de la novela son impagables, sicilianos, amargos, lúcidos y sobre todo repletos de una espesa melancolía, como no podía ser de otra manera. Es lo que esperamos de una pareja -que a veces en esta historia es un trío por la aparición del actor que interpreta a Montalbano en la serie de televisión- que lleva tantos años resolviendo enigmas y no siempre al gusto de ambos.

Portada de la última historia de Montalbano

En Riccardino chocan por un lado un personaje ya cansado, de vuelta de todo, asqueado, triste, un tanto amargado y revirado por los años que ya empiezan a pesarle y el hastío que le produce no poder coger por el cuello a los que siempre acaban ganando. Y, por el otro, un Autor que quizá también ve su final cerca -lo debió ver cuando la reescribió en 2016- y quiere dejarle a su personaje la posibilidad, el honor, de ser él quien despida a su creador.

En todo el ‘universo Montalbano’, y Riccardino no es una excepción, Camilleri se sirve del delito para radiografiarnos una forma de vida, una sociedad, la siciliana, donde nada es lo que parece, el sobreentendido es una certeza y el juego de los equívocos -los diálogos con monseñor Partanna, obispo de Montelusa, y esa surrealista entrevista son el mejor ejemplo del libro- no es un juego baladí sino una ciencia exacta. El escritor manosea las palabras y entre líneas nos deja entrever ese contexto que, como decía su admirado Leonardo Sciascia, todo lo envuelve, todo lo empapa, todo lo puede. El asesinato, en este caso, no es más que una mera coartada para que recorramos el lado más oscuro de Vigata que no deja de ser una representación reducida de esa Sicilia, de ese mundo, de esa vida que no parece estar hecha para ciudadanos como Montalbano.

En esta ocasión al comisario no le van a dejar resolver el caso, oficialmente hablando, aunque finalmente llegue a la verdad. Pero es que, como escribió el citado Sciascia, la verdad y la justicia en no pocas ocasiones toman caminos no solo distintos sino completamente divergentes. Borges fue un poco más allá al apuntar que, a veces, la trama se desdibuja tanto y tanto en los vericuetos de una realidad tan fantástica que acaba pareciendo ficción, aunque realmente no lo sea. Puro Camilleri.

Al final, en Riccardino, como en todas las tramas de Montalbano, el escritor logra que historias que parecen normales no lo sean en absoluto y que novelas que nacen prácticamente de la nada alcancen una plenitud luminosa. Siempre ha sido así y en la despedida no iba a cambiar el guion. Su mundo, el que ha ido creciendo desde La forma del agua, no existe, pero Vigata acaba siendo tan real como todos sus personajes imaginarios.

Andrea Camilleri, que nació en Porto Empedocle en 1925, dibuja como pocos el misterio de una Sicilia que recorría sus venas de sur a sur. Este viejo comunista del PCI lo hacía jugando con grandes trazos y pequeños matices. Se valía para ello del ínclito Montalbano –cuyo nombre es un homenaje a su amigo Manuel Vázquez Montalbán–, de un pueblo imaginario que es una copia exacta de su ciudad natal, de un Mediterráneo que lo envuelve todo, de un sol exterminador y de una tierra yerma y rota por demasiados años de abandono, miseria, odios y miedos ancestrales. Una Sicilia que parece diluirse en polvo, y donde por no agarrar no agarran ni la vida ni la muerte. A todo esto, hay que añadir un buen plato de pasta con sabor a mar y a orégano de Enzo o de Adelina y un reparto de personajes que delimitan la geografía áspera de este universo invisible, en el sentido más calviniano del término, pero que en demasiadas ocasiones más que un universo es un estado de ánimo.

Cae el telón por última vez. Montalbano nos deja. Y lo hace muy cabreado, con ese regusto amargo de derrota del que habla el comisario en las últimas páginas. Porque al final, Camilleri nos viene a contar, con mucho humor pero sin piedad alguna, que es mejor no hacerse ilusiones, que aunque perder no siempre debería ser cuestión de método, como dijera Gamboa, en Vigata, en Sicilia y en el mundo sí que lo es.  O lo que viene a ser lo mismo: que en el infierno no debe quedar nadie porque todos los hijos de puta están aquí, entre nosotros.