Los medios de comunicación públicos

Carmen Calvo y Pablo Iglesias en el Congreso de los Diputados.

Carmen Calvo y Pablo Iglesias en el Congreso de los Diputados.

De acuerdo con su forma de entender la libertad de información y el papel de los medios de comunicación públicos, Carmen Calvo y Pablo Iglesias, ex vicepresidentes del actual Gobierno de coalición, están convencidos de que los citados medios deben ser sensibles al resultado de las urnas y no tener la libertad de actuar, según Calvo, con arreglo a criterios exclusivamente periodísticos.

Iglesias fue más lejos, porque él siempre va más lejos, cuando habló de la ideología de los tertulianos y hasta mostró un gráfico con el porcentaje de participación de unos y otros, de malos y buenos se entiende, en la RTVE del ya defenestrado José Manuel Pérez Tornero, tratando así de justificar su asesinato, que no suicidio.

El atrevimiento de Calvo e Iglesias no es tanto pensar lo que deben ser los medios públicos como verbalizarlo. No es tanto la filosofía del concepto expuesto como la desvergüenza de afirmar en voz alta qué si nosotros hemos ganado las elecciones, nosotros tenemos que mandar en RTVE. Y no lo que ha sucedido hasta ahora, según su diagnóstico, que mandaban una panda lamentable de periodistas fachas y antigubernamentales que sólo aspiraban a derribar al Gobierno.

Nunca nadie hasta ahora se había atrevido a tanto y no porque el ente público no fuera controlado por el inquilino de turno de la Moncloa, como siempre ha sido y siempre lo será mientras las cartas sigan tan marcadas como hasta el momento (y esto no se parezca a la BBC, que opera bajo el mandato de una carta real, como lo llaman los ingleses, que garantiza su independencia frente a los poderes políticos y/o comerciales) sino porque simplemente se tenía la vergüenza de no decir en voz alta lo que para todo el mundo resultaba obvio.

Pero ahora, parece ser, han llegado tiempos duros. Ha llegado el miedo, y las elecciones se atisban en el horizonte, y hay que echar mano de lo que se tiene para tratar de controlar la caja tonta, más tonta si cabe, y en cualquier caso, por los políticos o expertos manipuladores que pretenden mangonearla que por la calidad de los profesionales que la componen o el nivel de sus espectadores.

RTVE nunca ha sido, ni lo ha intentado ser, virginalmente independiente -como no lo es prácticamente ningún medio de comunicación, público o privado, de este país- pero los profesionales y los espectadores de la televisión pública, tanto con el PSOE como con el PP al frente, siempre habían sabido, al menos hasta ahora, separar más o menos la paja del trigo, la manipulación grosera, o muy grosera, de una cierta lógica informativa con aspiraciones de objetividad, que casi nunca se llegaba a conseguir plenamente. En cualquier caso, no se perdía el tiempo en obviedades.

Y ejemplos de comportamientos antagónicos los tenemos en los gobiernos de Aznar y Rajoy y en los de Rodríguez Zapatero, por ejemplo. Los dos primeros pusieron al frente a un militante del partido y el tercero a un profesional de la información, con lo que queda demostrado que la izquierda, a veces, ha jugado a intentar despolitizar la gestión de televisión española. No parece ser el caso que nos ocupa.

Cuando eligieron a Pérez Tornero quisieron seguir ese camino, no tanto por convencimiento como porque pensaban que si se llegaba a un acuerdo con los populares en este terreno la renovación del CGPJ estaría más cerca. Ahora se acaban de dar cuenta de que ni lo uno ni lo otro y que realmente lo que no es nada sensible para las expectativas del Ejecutivo son las encuestas nuestras de cada día, excepto las de Tezanos, el encuestador de bolsillo de Sánchez. Ahora, nos avisan Calvo e Iglesias, lo que toca de verdad es el control absoluto, grosero pero con mucha sensibilidad, de los medios de comunicación públicos.

Esta izquierda es distinta y este presidente de Gobierno mucho más. Las prisas que le han entrado al Ejecutivo con RTVE demuestran una cierta desazón, una cierta angustia de cara a los comicios de mayo y de diciembre del año que viene. Ignoran, lo cual es sorprendente, que un medio de comunicación público burdamente sectario está condenado a pasar completamente inadvertido, a la inexistencia e irrelevancia en su capacidad de influencia, por muy inteligentes que se crean los actuales brujos visitadores de la Moncloa que piensan que los votantes somos unos ignorantes fácilmente manipulables y que el que maneja el telediario gana en las urnas.

Y en el mismo paquete que a RTVE podríamos meter a las televisiones autonómicas. Todas sufren de la misma enfermedad, aparentemente incurable, que consiste en reclamar su independencia y la libertad de sus periodistas cuando están en la oposición y ponerla a su exclusivo servicio cuando están en el poder. Así ha sido siempre y así seguirá siendo toda vez que parece improbable que a los grandes partidos, fundamentalmente, les entre de pronto un sorprendente ataque de decencia democrática.

Al margen de los porcentajes y los gráficos estalinistas o maccarthistas de Iglesias, que deja al descubierto al personaje, la clave de la explicación de estos antiguos servidores públicos es su llamada a la sensibilidad. La información, dicen, debe ser mucho más sensible al resultado de las urnas, especialmente si hemos ganado nosotros, deben pensar, que al simple trabajo independiente de los profesionales, afirman.

¿Pero qué quiere decir esto realmente? ¿Cómo se aplica la sensibilidad de unos resultados electorales a la información? ¿Quiere decir que el que gana las elecciones tiene derecho de pernada y se queda con todos los informativos y tertulias? ¿O que estos y estas se reparten proporcionalmente en función de los resultados electorales?

¿Resultados electorales por siglas o por bloques? ¿Si fuera por bloques significaría que el 41 por ciento de los telediarios de las 15 o 21 horas serían para el Gobierno PSOE-UP, el 36% para la oposición del PP y Vox, y el resto para los sobrantes, como decía Labordeta? ¿Y si fuera por siglas supondría, por ejemplo y siguiendo el argumentario de Iglesias, que Podemos tendría menos espacio que Vox y por supuesto que el Partido Popular?

Ignoramos realmente qué se acerca más a su ideal de sensibilidad y de qué hablan cuando hablan de la sensibilidad de las urnas. Pero desde luego no tiene nada que ver con el periodismo libre ni con la libertad de información con la que deberían trabajar los periodistas del ente público. Esos peligrosos profesionales que según la exvicepresidenta tienen ideas propias que pueden acabar contaminando inquietantemente su trabajo informativo.

Lo que realmente quieren de la televisión pública Calvo e Iglesias -y sus equivalentes, que los hay, en Génova 13- es convertirla en un instrumento exclusivo a su servicio, en una fábrica ideológica de envasados informativos teledirigidos y precocinados, como tan brillantemente reflejó El Roto esta pasada semana en El País; en una central de telemarketing al por mayor y al servicio de una sola causa. La suya, naturalmente.

Estos hubieran pretendido silenciar incluso al loco de la colina.