Benzema, el genio detrás de la bestia

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Karim Benzema es plenamente consciente de que un porcentaje del merecido Balón de Oro conquistado este lunes se lo debe a Florentino Pérez. El delantero francés sabe que además de sus goles y de sus champions, de su talento mayúsculo y de su inteligencia incontestable sobre el rectángulo de juego, individual y colectiva, la figura del presidente blanco ha sido imprescindible para alcanzar el trofeo que le acredita como mejor jugador de fútbol del planeta.

Desde que hace 13 años Florentino Pérez se presentó sin previo aviso en su casa de Lyon para ficharlo, el delantero francés ha sido, es y será una de las grandes y escasas debilidades de un presidente poco dado a ellas. Benzema, todo hay que decirlo, ha puesto de su parte a lo largo de estos años, creciendo poco a poco, esa luz que sólo los elegidos son capaces de irradiar en el universo futbolístico. Pero, además del brillo que desprende su fútbol, hay que reconocer que sin el apoyo explícito del primer mandatario blanco quizá no hubiera podido aguantar todas las pruebas que a lo largo de estos años ha tenido que sortear. Pérez supo ver en él, desde el principio, lo que no muchos vieron.

Antes incluso de ser jugador blanco, Benzema ya tuvo que pelearse, posiblemente sin ser consciente de ello, con David Villa para poder llegar al Santiago Bernabéu. La mayoría de los medios deportivos de la capital se inclinaban en esa época por el jugador asturiano, entonces delantero centro indiscutible de la selección española, antes que por el francés de origen argelino. Pero Florentino Pérez no se inmutó por las preferencias de los medios de comunicación, nunca lo hace si estas no coinciden con su criterio, y viajó a Francia para traerse al jugador, descartando a quien a la postre acabaría reforzando a los dos grandes rivales del club blanco: Barça, primero, y Atlético, más tarde. No le importó al presidente.

Benzema tuvo que convivir al aterrizar en el Santiago Bernabéu con un depredador como Cristiano Ronaldo cuya alargada sombra oscurecía todo y a todos y con una trayectoria que también estaba empezando a escribir entonces y que a día de hoy, y después de nueve temporadas, resulta imbatible: cinco balones de oro, máximo goleador de la historia del club blanco con 451 goles en 438 partidos oficiales y una de sus más grandes leyendas. Y no fue fácil para el francés convivir con tamaña bestia. CR7 fue durante su estancia en el Real Madrid un huracán que arrasaba todo lo que encontraba a su paso -no solo rivales-, lo que provocó no pocos daños colaterales en sus propias filas.

Porque Cristiano, grande entre los más grandes, ha sido siempre, al menos sobre el terreno de juego, un jugador egoísta, caprichoso y malcriado que no estaba del todo contento si no era él, y solo él, el master del universo. Nunca logró ser un jugador de equipo -tampoco lo pretendió- quizá porque los que son de su estirpe, los que tienen el gol en la mirada y el cuero en las venas, los que necesitan lo uno y lo otro para sobrevivir nunca son jugadores de equipo. Vivía única y exclusivamente del y para el gol y el resto la película no le importaba excesivamente. Pero con él, con ese egoísmo futbolístico incontenible, el Real Madrid, no hay que olvidarlo, ganó cuatro copas de Europa en cinco años, aunque el jugador de Madeira pretenda olvidarse de los que caminaron a su lado. Siempre todo fue poco para él, excepto él.

Pero Karim supo resistir el vendaval. Bajó un escalón, aceptó el papel de actor de reparto cuando venía de protagonista, optó por no salir demasiado en la foto y se convirtió en el complemento perfecto del que siempre se llevaba los aplausos; supo ser el buen compañero que no le hacía sombra, el hombre que le abría huecos, el que engañaba a los enemigos, el que descolocaba a las defensas, el que le hacía el trabajo sucio pero imprescindible, el que le dejaba expedito el camino hacía el gol, el que le ayudó a ganar esos cinco balones de oro y contribuyó, dando la cara cuando era necesario aunque fuera en un segundo plano, a que el Real Madrid reinara en Europa. Un Karim Benzema que ya en aquellos años eminentemente cristianos nos dejaba boquiabiertos con lo que intuíamos y nos hacía preguntarnos qué nos estábamos perdiendo.

Eran tiempos, no hay que olvidarlo, en los que la gloría hablaba portugués en el Paseo de la Castellana y en los que al francés no se le perdonaba -no le perdonábamos- ni el más mínimo fallo. Tiempos, incluso, en los que Gonzalo Higuain le disputaba el puesto y, a veces, hasta se lo arrebataba. Pero el francés nunca le perdió la cara a la vida, hinco los codos y tiró hacia adelante. Supo navegar en esos convulsos años en los que todavía no atronaba en las gradas del Bernabéu el Karim-Karim-Karim Benzema de ahora, y en los que pocos eran conscientes de que detrás de la bestia había un genio que todavía estaba oculto en el interior de la lámpara.

Al final salió del escondite. En 2018 la bestia se fue, se liberó el genio que estaba oculto  y nos empezamos a dar cuenta de que había vida más allá del insustituible. Empezamos a disfrutar entonces, más si cabe, de un jugador distinto, multidisciplinar, ambicioso y que no rechazaba el liderazgo que tras la marcha de Cristiano se le exigía por escalafón. Un jugador de visión prodigiosa y talento innato que desplegaba siempre su inteligencia en cualquier parte del campo; un jugador que siempre ha perseguido el gol, pero para quien nunca ha sido imprescindible ser él quien lo metiera entre los tres palos y que disfrutaba lo mismo siendo el autor material que el conseguidor que se lo deja en bandeja a un compañero. Fue un descubrimiento y la confirmación de que detrás de aquél animal -dicho en el más elogioso de los sentidos- realmente había un auténtico genio esperando su turno.

Un hombre que ha escalado todos los everest que le salieron al paso -incluso el de su expulsión de la selección blue a la que finalmente ha vuelto-  hasta poder tocar el cielo con la yema de sus dedos. Un hombre que no parecía predestinado para las alturas pero que al final ha logrado llegar a lo más alto. Un jugador, en definitiva, que siempre se ha sentido parte de un equipo y que siempre ha puesto su privilegiado talento al servicio supremo del grupo. Quizá alguien le haya hablado en más de una ocasión de esa famosa frase que se le atribuye a Alfredo Di Stéfano en la que la saeta rubia venía a decir, más o menos, que el mejor jugador de un equipo siempre es el equipo.

Ahora, el deporte y los hombres, han pagado la deuda que tenían con Karim Benzema. Sus últimas temporadas han rayado la perfección: goles, asistencias, visión de juego, inteligencia, estrategia y títulos delimitan el daguerrotipo de un jugador que siempre ha estado, está y estará al servicio de un bien superior, que nunca ha creído que pasara por las inmediaciones de su ombligo. Estamos hablando de Fútbol (con mayúscula) y de un visionario excelso que quiere seguir volando libremente sobre el césped del Bernabéu a pesar de la carga que le suponen 328 goles a sus espaldas y cinco champions y un balón de oro en su bolsillo.