En Madrid no se come pulpo a la gallega

Isabel Díaz Ayuso y Alberto Núñez Feijóo.

EFEIsabel Díaz Ayuso y Alberto Núñez Feijóo.

Madrid se le hace bola, dicen. Le está viniendo grande, añaden. No sabemos si va a poder llegar, concluyen. En los mentideros políticos y económicos de la capital y en algunas plantas de Génova 13, no en todas, crece la inquietud y la sensación existente es que el presidente del PP anda todavía un tanto perdido, que en Santiago era el rey pero que el Foro es otra división. Porque aquí, como dijera un campesino llamado Miguel Hernández, se sigue durmiendo al borde del hoyo y la espada y Alberto Núñez Feijóo sigue ajeno a lo uno y a lo otro y hace el camino como si estuviera todavía en la comodidad autocomplaciente del noroeste, balaceándose sobre la tela de araña de sus cuatro mayorías absolutas.

En este Madrid no se hereda y con el pasado no se alcanza jamás el futuro; aquí hay que conquistar. Aquí hay que ganar en las urnas con un discurso contundente que apabulle a los rivales y emocione a los votantes. Con el humo no es suficiente y todo parece indicar que, hasta el momento, repito lo de hasta el momento, Feijóo sólo vende ese humo que no alcanza y deambula en un aparente estado de ingravidez, sino languidez, pensando que le toca gobernar simplemente porque sí, por aquello del cambio de ciclo que tanto gusta a los medios y a los demoscópicos y que no siempre coincide con la realidad. Además, se engañará si piensa que va ganando un partido que todavía no ha empezado y ante un rival, éste sí que sobrevive como nadie al borde del hoyo y la espada, que está dispuesto a todo, -y con Sánchez la palabra todo quiere decir exactamente todo- para romper encuestas y expectativas.

Luego está lo de la presidenta de la Comunidad de Madrid. Isabel Díaz Ayuso es un capítulo aparte: ni da tregua a nadie ni hace prisioneros en su intento, tantas veces desmentido, de alcanzar la jefatura del partido conservador. Núñez Feijóo sabe que la ambición no se detiene jamás y vive en permanente estado de libertad vigilada y que al menor traspiés la nueva lideresa se le echa encima, abre la boca y habla como si fuera lo que todavía no es, es decir, la jefa de la oposición, como ocurrió la pasada semana.

El presidente popular aguanta como puede el tirón y procura no reprocharle nada -al hermano del alma, ni mentarlo- para que no le ocurra lo mismo que a su antecesor, pero Feijóo camina pisando huevos y no deja de vigilarse la espalda porque en el carácter de la inquilina de la Puerta del Sol, como en el del escorpión, está atacar a quien se le pone por delante. Y si en las próximas autonómicas lograra incluso mejorar sus resultados del 4M de 2021, el peligro podría ser inminente.

Sabe el presidente popular que, de entrada, sólo tiene una bala en la recámara y que, si llega a las próximas generales y no gana, lo más probable es que tenga que desmontar su despacho de la séptima planta de Génova 13 mucho antes de lo previsto. No está claro que vaya a tener una segunda o incluso tercera oportunidad como tuvieron Aznar o Rajoy. Ayuso y su entorno ultraconservador no se lo van a permitir. Y a priori, sólo el peso de Moreno Bonilla -que no está acorde a su mayoría absoluta en Andalucía- y el apoyo de algunos barones regionales podrían salvarle del magnicidio.

Esperanza Aguirre, convertida ahora en una hooligan más de Isabel Díaz Ayuso, 'Pecas' las debió unir mucho en el pasado, escribía la pasada semana en The Objetive un artículo titulado Señales de alarma para Feijóo: “Hay que ilusionar -decía- a esa mayoría que espera un proyecto atractivo que oponer a la coalición que ahora manda en España. Eso, y lo siento por Feijóo al que no le gusta, sólo se consigue dando la batalla de las ideas a todas horas. Hay que dejar constantemente claro que el PP solo tiene sentido si lucha por la libertad y por España como Nación de ciudadanos libres e iguales… Hay que dar la batalla de las ideas y si no se da, el porvenir se presenta más oscuro”.

Esto lo firma Aguirre, pero lo piensa Miguel Ángel Rodríguez, el hombre que mece la cuna de la presidenta autonómica, y Cayetana Álvarez de Toledo, y el mismísimo José María Aznar, y hasta el periodista Federico Jiménez Losantos, otro ideólogo ayusista que ya ha condenado al líder gallego al infierno de los perdedores: “Nunca llegará a presidente”, es su último mantra. Es verdad que salvo el ex presidente el resto no son casi nada dentro de la estructura del partido, pero jalean como nadie a la inquilina de la Casa de Correos y tienen su público, bastante público a decir verdad, y sus medios de comunicación para agitarlo tanto como sea necesario.

Lo sucedido la pasada semana con la ruptura de las conversaciones para la renovación del Consejo General del Poder Judicial es una buena muestra de lo que está pasando en el interior del PP, y no es de extrañar que el PSOE dispare sin piedad a los populares o que Sánchez dijera que a Feijóo “le temblaron las canillas”.

Entra dentro de la lógica más aplastante que el PP se posicione en contra de modificar, es decir borrar, el delito de sedición; pero no tiene sentido entonces que se llevara la negociación del CGPJ hasta el final o que Gamarra dijera públicamente que había que separar ambas cuestiones, si luego, en el último momento, Feijóo iba a salir con lo de que el delito de sedición es intocable. Y si alguien afirma que todo ha sido una hábil maniobra popular y que nunca se pensó realmente en firmar la renovación, lo siento pero me va a costar creerlo.

El entorno mediático de la Puerta del Sol, siempre mucho más militante, numeroso e infinitamente mejor pagado que el de Génova 13, ya se encargó tras la abrupta ruptura de relacionar el cambio de postura del PP con una llamada de Ayuso conminándole al presidente a no firmar el acuerdo. Sea o no sea cierto, el mensaje que ha calado, y las huestes socialistas se han encargado de repetirlo hasta la saciedad, es que la presión de la presidenta autonómica madrileña fue decisiva para modificar las intenciones de Feijóo y que el Partido Popular está cada vez más cerca de Vox. En la Moncloa y en Ferraz piensan abiertamente que la línea política del principal partido de la oposición la decide, directa o indirectamente, Ayuso casi tanto como el presidente popular.

Lo que es incuestionable, visto desde fuera e incluso desde algunos sectores conservadores, es que Isabel Díaz Ayuso sabe lo que quiere y Alberto Núñez Feijóo todavía está buscando piso en la capital. Anda desnortado, sin una idea clara de lo que es Madrid y sin visos, por el momento, de enmendar tal desconocimiento; y si además las encuestas empiezan a torcer el morro no es de extrañar que el miedo y las dudas existenciales se apoderen del recién llegado. Ahora parece un boxeador sonado que está más cerca de la lona que del rincón.

“En Madrid no se come pulpo a la gallega”, comentaba irónicamente días atrás un alto ejecutivo de una compañía del Ibex en una comida con algunos colegas. La gracieta sirvió de colofón explicativo para los que opinaban, como ya hemos escrito al principio, que la capital se le hace bola al líder conservador, que esto le está viniendo un poco grande o que su liderazgo genera no pocas dudas como para asegurar que llegará hasta el final. Es lo que piensa el mundo del dinero, pero no solo el del dinero.

Quedan 13 meses para las generales, demasiado tiempo cuando las dudas muerden y no se sabe a ciencia cierta a qué se juega. Y en mayo, las municipales y autonómicas, la prueba del algodón de Alberto Núñez Feijóo... y de Pedro Sánchez