En el café bistrot 

Boulangerie Gana

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Es lo que siempre quise hacer, escribir en un café de París, mientras afuera llueve.

Es el único lugar, el café, donde en París la vida se detiene.

A nadie le resulta extraño que yo esté sola aquí, con mi infusión de verbena humeando al lado, mientras escribo sobre una mesa redonda de tablero amarillo. Pero no cualquier amarillo, sino amarillo girasol. La tetera es verde, la taza blanca con hojas de otoño pintadas, la luz del café ámbar. A mi espalda, tras el cristal, las hojas de unos ginkgos en la plaza amarillean con esa misma luz de los días soleados perdidos. RUE DE TURIN se lee en la esquina. “Un bistrot en ville” se llama este café bistrot según leo ahora del revés en el toldo y donde entré por las sillas de ratán rojas.

Desde que vivo como una gata sobre los tejados de cinc, me llama la atención el colorido que salpica las calles de París, ya en los portales, las tiendas, los toldos, el mobiliario de los cafés, incluso en las farolas como las del parque Monceau entre las ramas de un tulipero de Virginia de hojas verdiamarillas.

Hay un rumor de conversaciones y de risas que son el humo que falta hoy en los cafés parisinos pero que flota igual porque al final es el hablar de las personas lo que da vida y aliento a un lugar. Es fácil escribir así, con este fondo como de mar, de monedas que resuenan como caracolas, de golpes, como de tambor, de manillas de café, de “bonjour” cada vez que entra alguien a comer; aunque aquí, las 13:35 h, se considera ya un poco tarde para ello.

Se podría decir que hoy ha sido un día un poco perdido, ya que al ir a le Palais Galliera para ver la exposición de Frida Kahlo, nos encontramos que ya no había entradas para hoy, lo cual me ha dado rabia, quedar a las puertas, sobre todo porque había empezado a llover tras unos días del cielo más azul que he visto en París en otoño .

La vista desde nuestra buhardilla para dos semanas es indescriptible. Da igual que no haga sol, siempre hay luz cerca del cielo, esa luz que es el lujo de los que decidieron habitar el último lugar del edificio, un sexto piso sin ascensor, donde se secaban al aire las pieles, para convertirlo en un barco de madera que navega, mientras sueñas, sobre los tejados.

En realidad, no es una buhardilla, sino una doble buhardilla, con doble vista bajo el cumio del tejado. A un lado, todo París, con la torre Eiffel lanzando su rayo de faro sobre el plato de la cena; al otro, quitándote el aliento, como si no acabaras de creerte que está ahí, como si lo vieras cada vez por vez primera, el Sacré-Coeur, y ese conglomerado de edificios hechos por el camino que conforman, sin haberlo pretendido, uno de los conjuntos arquitectónicos más armoniosos que he visto, que es Montmartre. Eso es el Arte. Lo que sucede cuando nadie ha ido a buscarlo, surgiendo de la espontaneidad del alma humana que nada pretende. Puede que no haya nada más alejado del arte que la pretensión.

Y esa parte de esta ciudad, la que está fuera de los museos y de las grandes avenidas y de los palacios, es la que me gusta más cada día. No hace falta entrar, está todo afuera.

Y así, a fuerza de mirar, me voy yo volviendo cada día más parisina, más gris, con un toque de color, y siempre algo en el pelo ¡jamás boina!

En esta ocasión, he traído mi gabardina más antigua y varios pañuelos de seda llenos de flores. Mi madre tiene una foto con el arco del Triunfo al fondo de hará al menos cuarenta años en la que sale como yo hoy, con la gabardina y el pañuelo de seda en la cabeza, aunque también me pongo ahora una gorra gris que me regaló mi hijo para que nunca llevara boina, y el pañuelo me lo anudo al cuello. Funciona, porque los turistas me preguntan las direcciones.

Puede que también verme llevar el carrito de la niña cuando llevo a mi nieta pequeña a la guardería, les lleve a pensar que conozco bien el barrio. Todo lo que me sucede por el camino, de ida y de vuelta, tengo que escribirlo un día, pero sólo para que se rían mis nietas cuando sean mayores.

Para mí es un buen día si consigo salir de la guardería tras fichar, ponerme los patucos, entrar y preguntar y entender qué tal ha ido todo, ponerle el abrigo, el gorro, los guantes, la bufanda y los zapatos a la niña, sacar el cochecito de la habitación que hace de Garage de patinetes y de coches ¡incluso dobles y triples! asegurándome de que el verde que me llevo es realmente el mío. De lo que no tengo dudas es de que es mi nieta, porque debe ser la niña del mundo que más se resiste a sentarse en una sillita, con lo cual termino llevándola en brazos hasta la panadería, donde con un trozo de pan recién hecho, la soborno. No es cualquier pan. Es de la Boulangerie Gana de donde es difícil, sino imposible, irte sin un croissant recién horneado. Aún así, la resistencia contumaz de Alba es digna de la revolución francesa, y con tal de no sentarse, se me pega como un koala hasta derretirme el corazón y los sesos. Si no fuera porque no es seguro arrastrar la silla vacía y a la niña en brazos, la llevaría así hasta lo alto de la colina y hasta el fin del mundo, ya que me siento absolutamente feliz cuando me abraza con tanta fuerza mi nieta.

Dicen que los parisinos no son simpáticos.

No es cierto.

Por mi experiencia, puedo asegurar que son compasivos en las situaciones extremas pues ayer hasta un mendigo me ayudó con carantoñas desde el otro lado de la acera a que la niña se sentara, para que el mundo, que se había detenido con sus gritos de soprano, siguiera su camino por el universo mientras la sillita se echaba por fin a rodar con la niña sentada comiéndose tan tranquila su trozo de pan como si nada hubiera sucedido.

Hay días que no resulta tan difícil, incluso inusitadamente fácil.

¿Qué hice distinto?

No lo sé.

Y cuando todo va ya sobre ruedas y al fin te crees que dominas la situación y eres una abuela ideal con tu gabardina y tu pañuelo y tu barra de pan tradicional subiendo la colina de Montmartre, aparece una nueva variable que lo descabala todo.

Ser abuela es apasionante.

En realidad, yo ya sólo quiero ser abuela.

Estar aquí, en el café bistrot, tomando una infusión, escribiendo sobre una mesa redonda tan amarilla como un girasol, deseando que pasen los minutos para ver a mi nieta de nuevo, preguntándome si esta vez se sentará en su sillita a la primera.

 

Sobre el autor de esta publicación

Mónica Fernández-Aceytuno

Nace el 4 de mayo de 1961 en Villa Cisneros (Sáhara Español).

Licenciada en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid se dedica desde 1991 a la divulgación de la Naturaleza en la prensa por lo que obtiene en el año 2003 el Premio Nacional de Medio Ambiente “Félix Rodríguez de la Fuente de Conservación de la Naturaleza” por su labor de difusión, y en el año 2007 el Premio Literario Jaime de Foxá.

El dos de octubre de 2008, se le entrega la Medalla de Honor del Colegio de Ingenieros de Montes al Mérito Profesional por su actividad en la prensa y en Internet.

Es columnista de ABC desde 1997, y colabora asiduamente en el suplemento NATURAL de ABC.

En 2007 funda el portal de la Naturaleza www.aceytuno.com, del cual es editora.