La tortuga europea atrapada en la guerra

Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea

EFEVon der Leyen durante el debate El estado de la Unión Europea

La respuesta de la UE a la invasión de Ucrania y la devastación sistemática de los escenarios de la guerra están reflejando la debilidad del proyecto europeo que ha disfrutado de un estado de autocomplacencia en los últimos 40 años. La ampliación a los 28 y el tránsito de la UE desde un mercado común limitado y reducido hasta una estructura organizativa a modo de un Estado, el poder ejecutivo en la Comisión, el legislativo en el Parlamento y el judicial en el Tribunal de Justicia, con un órgano de armonización permanente de los poderes ejecutivos de los estados miembros en el Consejo, es una ruta que todavía está muy alejada de los Estados Unidos de Europa.

Sin poder militar propio, no hay ejército europeo, y sin fuentes de energía, las sanciones a Rusia y a los oligarcas rusos, centradas en la economía y en la actividad financiera, no han conseguido doblegar a Putin. Por más que se sucedan los apoyos políticos, económicos y militares al gobierno de Zelenski, con el sostén fundamental en armamento e instrucción militar de EE.UU. y de Gran Bretaña, no lo olvidemos, ya fuera de la UE, se van a cumplir 7 meses de guerra. Sin una perspectiva de que al menos se produzca una tregua que permita la protección de la población civil que ha permanecido en el país.

Las noticias de la última semana que presentaban con optimismo la recuperación de territorios por el ejército ucraniano, ha tenido la respuesta de Rusia atacando a infraestructuras civiles, como ya advirtieron Josep Borrell, periodistas ucranianos y confirman desde el Reino Unido, matizando una primera revisión del estado de la guerra que protagonizó la señora von der Leyen, adelantando una futura derrota de Putin.

El voluntarismo optimista ha sido también desmontado por el secretario general de la ONU que ha manifestado, en un ejercicio de realismo, que no es esperable un fin de la guerra a corto plazo.

El escenario conduce por tanto a considerar que los efectos derivados de la guerra, cortes selectivos del gas ruso más crisis energética en Europa se van a prolongar en el tiempo.

El pasado día 16 de septiembre, Expansión recogía la información de que la petrolera rusa ROSNEFT cerró el primer semestre con un beneficio neto de 7.256 millones de euros, con una facturación de 86.873 millones de euros, un 32,5 por ciento más. Al mismo tiempo el mercado del gas está descontrolado por el juego de “que viene el lobo” que está protagonizando el mismo Putin.

El mismo diario económico titulaba que nueve de cada diez contrataciones del gas en Europa son especulación financiera, según el índice holandés TTF que se utiliza como referencia de la mayoría de los contratos de gas en Europa. Un estado de especulación que se hace visible en la negociación de nueve veces más de metros cúbicos de gas de lo que consume realmente la UE.

Si el mercado común nació con los Tratados del carbón y del acero, Tratado de París y de la Energía atómica, Tratado de Roma, firmados por los seis países fundadores, planteando como objetivos un mercado común basado en las cuatro libertades de circulación de mercancías, personas, capitales y servicios y la utilización pacífica de la energía nuclear, es evidente que los fundadores tenían muy presente que el funcionamiento correcto de los mercados energéticos es una condición necesaria para avanzar hacia la Europa confederal.

Hoy este acervo fundacional ha sido aparcado con el proyecto de la presidenta de la Comisión europea von der Leyen de imponer un tope al precio del mercado eléctrico y gravar con una "tasa" los beneficios extraordinarios de las empresas energéticas con el que pretende recaudar 140.000 millones de euros. Como ha sido olvidado el principio de defensa de la competencia y prohibición de prácticas por los Estados que distorsionen el funcionamiento regular de los mercados de bienes y servicios.

Que el ministro de economía de Portugal, donde gobierna la izquierda socialista, advierta del riesgo de gravar beneficios extraordinarios de las empresas, concepto financiero indeterminado y difícilmente mensurable, que la presidenta de la Comisión sintetiza con el nombre tan poético de “beneficios caídos del cielo”, refleja la improvisación y estado de confusión que habita en los despachos de Bruselas.

Europa no sabe que más hacer con la guerra de Putin, cómo resolver la crisis del suministro energético y cómo regular los mercados para que la fijación de precios del gas y de la electricidad no desemboque en una crisis de crecimiento económico con el empobrecimiento de los ciudadanos europeos.

La política italiana Giorgia Meloni, líder de los hermanos de Italia, en una reciente entrevista en el diario ABC, decía: “Durante demasiado años Bruselas ha ampliado sus competencias en muchos aspectos de nuestra vida cotidiana, pero ha olvidado dotarse de una política exterior y de defensa comunes, de asegurar nuestra autonomía energética, de acortar las cadenas de valor… Me gustaría una Europa que haga menos cosas y las haga mejor, con menos centralismo y más subsidiariedad, menos burocracia y más política”.

Sobre el autor de esta publicación

Ignacio del Río

Nacido en Madrid, el 4 de marzo de 1956.

Abogado y Registrador de la Propiedad. Ha sido asesor jurídico de los Grupos Parlamentarios del Congreso y del Senado del Partido Popular en los años 1986 a 1992.

Diputado de la Asamblea de Madrid ,1991-1995 y Portavoz de Política Territorial, Urbanismo y Transportes.

Secretario General del Partido Popular de Madrid para el mandato del Congreso periodo 1993-1995.
Teniente Alcalde de Urbanismo del Ayuntamiento de Madrid 1995-2003. Durante su mandato se aprobó el PGOU de Madrid de 1997 y se formalizó la candidatura olímpica Madrid 2012, de la que fue Consejero Delegado hasta el año 2003.

Ha colaborado en diversos medios como ABC, El Independiente, La Estrella Digital, El Mundo y Expansión y en programas de radio. Actualmente participa en La Ventana de Madrid de la Cadena SER.