El galgo de la urbe y la Ley

EFEGalgos acollarados sobre el asfalto

Cuando yo era (muy) niño, teníamos en la casa de Santa Eufemia del Arroyo una galga preciosa, de pelo blanco como la leche. Se llamaba Diana y la queríamos mucho, sobre todo mi padre y mi hermano Vicente, el mayor de cinco. Recuerdo a Diana echada sobre el suelo de la cocina, recogida en su propio regazo, con su lomo corvo abrigando las patas y las orejas lacias, al amor de la lumbre. Una lumbre de paja seca amontonada que, de cuando en vez, reordenaba la tenaza hollinada por morceñas y una trébede de hierro, donde, de corriente, se acomodaba el puchero de barro cocido --esmaltado su cuello y su tapa-- a medio tapar. Se oía el borbolleo opaco del condumio, que iba cociéndose lentamente, y el sordo resoplido nasal de Diana, a medio dormir. Diana iba y venía, de la cocina a las habitaciones de más adentro, cruzando el portalón empedrado, desde la sala de estar y el comedor de baldosa encerada en colorado a los dormitorios que daban al corral y a la calle. Diana y el yo-niño hacíamos buenas migas, aunque a mi madre no le gustaba nada de nada --¡quita p’allá!, le gritaba-- cuando la perra me baboseaba con su luenga lengua, serperteante y húmeda. A tenor de lo que mi padre pregonaba a los convecinos en las tertulias nocturnas del portalón, Diana era la mejor cazadora de la comarca. No había liebre o conejo que no acabara su vida entre los dientes de la perra, por muy larga y fatigante que fuera la carrera; por eso la mantuvimos en casa cuando, ya viejecita, perdió sus aptitudes venatorias. De todas estas cosas me acuerdo con fotográfica fidelidad; en cambio, de la muerte de Diana no me ha quedado la más mínima referencia, aunque supongo que sería doloroso para la familia.

El otro día, en Valladolid, vi a unos galgos –desconozco el género—acollarados sobre el asfalto y me detuve para contemplarlos; no tanto por su arrogante belleza como por el parecido que uno de ellos tenía con Diana. Me gustan los galgos. Me fascina la longilínea curvatura de su espina dorsal, sus patas de alambre acerado y su hocino afilado. Aparte sus dotes de velocista-plusmarquista, me admira su innata disposición para correr hasta la extenuación tras su presa, al aire libre del campo abierto. Cuando esto ocurre, el galgo se reactiva, poniéndose en marcha su aparato sicomotriz y el equipamiento neurobiológico que Natura le dio por naturales para cumplir el objetivo: la caza. Para el galgo –y para otros animales domésticos destinados a fines concretos--, todo lo que escape de esa disciplina primaria, es antinatural. Por mucho cariño que se le muestre, por muchas carantoñas que reciba, por muchos halagos que le acompañen, si sus uñas no se hunden en el terruño y respira la limpidez del aire del campo, será un animal desubicado. Por eso, el galgo de la urbe, en cuanto se libera del collarín opresor y huele a rastrojo, se dispara enloquecido hacia ninguna parte. Solo quiere correr; y si por raro acaso, en medio de sus retozos, encuentra una liebre o un conejo, la cosa se pone seria, porque, para él, para el galgo, han tocado a rebato: empieza la cacería.

Hay por ahí, en redes sociales, un video en que se ve a una animalista que ha dado rienda suelta a su galgo, de nombre Kaiser, y resulta que aparece un conejo ante su vista, con lo cual, empieza una apasionante y frenética carrera. La presa, corre y regatea entre los surcos del terreno, luchando por su supervivencia, porque sabe lo que se le ha venido encima. Quien no lo sabe es la tonta de la animalista, que se pasa de lista y va comentando a una compañera de paseo que Kaiser y el conejito se están divirtiendo, jugando al pilla-pilla; hasta que el galgo le mete el diente en la riñonada y acaba con el ”juego”, entre los alaridos de su dueña y señora: “¡No, Kaiser, no! ¡Noooooo!”, grita desesperada; pero Kaiser se muestra henchido de gozo por haber culminado con éxito su obra y lleva su presa, colgante y caliente, entre las fauces, para pavor y desengaño de la animalista lista.

La tenencia de animales domésticos, tanto los de utilidad para colaborar con hombres y mujeres en el mejor desempeño de sus funciones laborales, industriales o pecuarias, como para servir “de compañía” a quienes necesiten de ella (o, simplemente, por amor a los seres vivos sintientes), es perfectamente comprensible, válida y hasta elogiable; principalmente, los perros, que son los animales más demandados por millones de personas, dada su tendencia a la docilidad, la ternura de su mirada y, sobre todo, su ancestral capacidad por amoldarse a la convivencia con los humanos. Ahora bien, un perro, un gato, un hámster, etcétera, no son un juguete… y tampoco un ser humano. Es un animal. Y los animales, deben ser cuidados, saneados y tratados con respeto, cariño y hasta ”familiaridad”, pero creo honestamente que equipararles en derechos a los humanos --al parecer el fin último de la Ley de Protección y Derechos de los Animales que presenta ya mismo el Ministerio de Ione Belarra--, es un disparate de enormes proporciones. Si lo aprueba el Parlamento –no lo descarten--, se habrá consumado el doble hecho insólito y terrible de “humanizar a los animales y animalizar a los humanos”, frase –por cierto copiada después reiteradamente, sin citar la procedencia-- con la que ya alerté de la cuestión hace ¡once años! en mi conferencia ofrecida en la Consejería de Cultura y Turismo de la Junta de Castilla y León.

Podría darse el caso de que tomara vida propia el delicioso relato de “Rebelión en la Granja”, escrito por George Orwell, en el cual, una piara de cerdos se organiza para tomar el mando y reorganizar la vida de los animales que se crían en régimen doméstico en una granja. En esta novela, los cerdos tienen ideologías políticas y llegan a pactar con humanos, para alcanzar el poder absoluto, cosa que logra un cerdo, por nombre Napoleón, convertido en dictador –no de derechas, precisamente-- que sojuzga a animales y humanos, sometiéndoles a una tiranía bestial. Hasta ahí, hasta ese punto inconcebible, podríamos llegar. Diana no se lo hubiera podido imaginar. Y los amantes o aficionados a la fiesta de los toros, ni les cuento. Echémonos a temblar.

Para eso, que, directamente, se permita votar en España a los animales que pululan por tierra mar y aire, y así arrasarán los impulsores de esta Ley en las próximas elecciones generales. Ya puestos…