De Ponciano a Ponce

De Ponciano a Ponce

Enrique Ponce

Habría que hacer un profundo estudio taurogeográfico para comprender por qué este país nuestro, además de embarcar toros como tropa pretoriana que defendiera de la rapiña, aborigen o propia, las haciendas agrícolas explotadas por congregaciones clericales españolas, se decidiera a la exportación de toreros a la Nueva España, es decir, a la América asentada más arriba del canal de Panamá; o sea, a México. Los antropólogos e historiadores de aquellos primerizos años del siglo XVI nos cuentan que, mucho antes de la llegada a tan lejanas tierras de un torero español llamado Bernardo Gaviño, ya se corrían por aquellos lugares los toros descendientes de la bovina y primeriza tropa (a la sazón remezclados con las feroces reses autóctonas), dedicándose a tal peligroso menester los nativos de acá y de allá, además de la inmensa cantidad de gentes que surgieron de un prolífico mestizaje. Eran toros fibrosos y agresivos, cimarrones y montaraces, de cuerna veleta, ligeros de patas y “carniceros” de humanos por naturaleza, y “toreros” ágiles de piernas y músculo flexible, avezados practicantes del quiebro, la lazada y la mancuerna, además de capeadores diestros, tanto a pie como a caballo. Sería curioso comprobar cómo aquella patulea de razas mostraba su destreza en la lucha –lid, lidia-- frente a un animal de notable volumen, para reducirlo en un ejercicio primordialmente venatorio. Muy después, se inició el intercambio, no tanto de reses como de hombres, ligados a una incipiente tauromaquia. Sin entrar en profundidades primerizas, la Historia nos enseña que los precursores del intercambio de toreros entre dos países –la de toros llegaría algunos años después—fueron el citado Bernardo Gaviño por España, en el primer tercio del siglo XIX, y Ponciano Díaz por México, en sus postrimerías; dos toreros arriscados que exportaron su peculiar forma de enfrentarse al toro impulsados por el carácter que distinguía a sus proverbiales actitudes: el español, con la técnica aprendida aquí en el manejo de capas coloradas y estoques afilados y el mexicano con la suya, espectacular y bellísima, practicada fundamentalmente sobre una silla de montar, desde la cual, improvisaba suertes preñadas de emoción, con ese “tempo” indolente, peculiar en los de su raza. A partir de esta aparición –fugaz y, quizá, no suficientemente comprendida por los aficionados de acá--, ha sido incesante el contacto y la competencia entre profesionales españoles y mexicanos en las plazas de toros de ambos continentes. Nosotros, exportando la simiente de toro de lidia que germinó de forma espectacular en los campos de allende la mar –creando el emblemático “toro mexicano”—y a lo más granado de la torería del país;  y ellos, enviando a España  toreros que pusieron las peras a cuarto a nuestras grandes figuras, al punto de provocar –a iniciativa nuestra—la lamentable ruptura del convenio taurino de ambos países. En este caso, no parece oportuno citar nombres, porque aquellos eran años en que la guerra civil lo “incivilizó” todo; pero sí creo necesario destacar la llegada a España de un torero mexicano en el primer decenio del siglo XX: Rodolfo Gaona, aldaba mayor del toreo de su país, artista genial, lidiador completo y poderoso, cualidades éstas que le valieron disputar el triunfo al más grande torero de aquella época, Joselito el Gallo. Tras él, con mi respeto a otros toreros mexicanos que dejaron en España valor y clase para regalar, es menester destacar la figura de Armillita, al que apodaron Chico, pero fue grande entre los grandes, maestro de maestros. Y en contraprestación, la exportadora y pionera España envió a México a Manolete, para convertirle en ídolo nacional, sin la menor controversia. Más tarde, el torero admirado e idolatrado de la afición mexicana fue Paco Camino, después Niño de la Capea y al poco tiempo, a Enrique Ponce. Cito este elenco a sabiendas de que se me quedan entre el teclado otros nombres de figuras del toreo españolas que han logrado éxitos puntuales en la principal plaza de toros mexicana –la “México”-- o han cimentado su carrera taurina en la capital del Distrito Federal. Lo hago porque lo que se pretende en esta breve revisión histórica es destacar a los principales protagonistas de una espléndida dualidad. De todos ellos, el que me cae más cercano –pegadito de forma indeleble en mi memoria—es Enrique Ponce, porque he visto y vivido en primera persona la veneración que despertó en los aficionados de aquel país. En México, toreros admirados, varios; idolatrados, muy pocos, entre ellos Enrique Ponce, el gachupín no empadronado allí que ha llenado durante varios años el monumental coso de la avenida de Insurgentes hasta el peto final de las localidades sin numerar. Ponce es, sin lugar a dudas, el torero español consentido de México en el último tramo del siglo XX y principio del XXI, el que ha hecho pernoctar a miles de aficionados haciendo cola toda una noche y su madrugada para adquirir el boleto con que presenciar la corrida del día siguiente. A ver quién de sus colegas y compatriotas coetáneos lo puede igualar.

Escribo esto impulsado por un repentino golpe de melancolía. Me duele en el alma que, a estas alturas del año, la Monumental Plaza “México” no sea el foco principal de referencia de la información taurina. Tendríamos que estar hablando del rumbo de la Temporada Grande, de los triunfos o no triunfos de los nuestros y los otros; pero en la capital de México los toros están congelados, metidos en el frigorífico de un Juzgado, a ver si llega la sentencia favorable y anula la “queja” interpuesta en su día contra las corridas de toros en aquél lugar. En otros lugares de por allá, desde luego, la Fiesta sigue teniendo vigencia, y los toreros españoles siguen compareciendo… pero tengo la impresión de que, en este momento, la cuestión taurina en México está descabezada. Lo escribo, también, porque hoy, 8 de diciembre, es la onomástica de Enrique Ponce. Cumple 51 años, lo cual, en estos tiempos significa la plena madurez. Por eso, desde esta página, quiero evocar los años felices en que disfruté en México de su aplastante capacidad artística,  de su poderío y de su humildad, aún siendo consciente de que era el ídolo taurino de todo un país. Cualquiera, en su caso, se hubiera vuelto majareta. Por todo esto, y por mucho más, querido Enrique, admirado torero, ¡felicidades!

Sea como fuere, sobre el rastrojo del barbecho que nos deja la situación actual de la Fiesta en la plaza de toros de mayor aforo del mundo, España y México siempre estarán hermanados por un generoso intercambio de toros y toreros. La Historia pesa, aunque los años pasen. De Ponciano a Ponce, va  un siglo y pico. Tampoco es tanto.