De esos nombres que jamás serán pronunciados

De esos nombres que jamás serán pronunciados

EFEManifestación por los bebés robados en España

La verdad no se convierte en verdad simplemente porque la gran mayoría crea que lo es. Durante décadas, sin embargo, se negó con rotundidad la posibilidad de que alguien fuera capaz de decirle a una madre que su recién nacido había muerto – entregándole el correspondiente certificado de defunción y el número del nicho al que llevar flores –, mientras en otra habitación del hospital una mujer esperaba para coger en brazos a ese mismo bebé, una vez despojada del almohadón con el que había fingido un embarazo. A pesar de que las pruebas de ADN llevan años demostrando que sí se hizo, todavía hoy las informaciones acerca de lo que ocurrió con algunos recién nacidos desde los años 60 hasta principios de los 80 en toda España sigue teniendo poca repercusión social, por no decir alarma social, esas dos palabras que a veces se convierten en socorrido recurso a la hora de tomar decisiones judiciales bastante discutibles.

La tendencia que tenemos todos a no creer a los demás cuando sus afirmaciones se salen de lo que consideramos “normal” está en ocasiones tan arraigada, que se convierte en la mejor aliada para que truculentos episodios, incluso tramas, permanezcan en las sombras. Sin reparación o freno de ningún tipo. Este ha sido sin duda el caso denominado de los niños robados. ¿Quién iba a creer a una madre que acababa de dar a luz cuando aseguraba que su hijo no había muerto, en contra de las afirmaciones del personal cualificado del hospital? Sinceramente, nadie. En la mayoría de los casos, ni su propia familia. No era descabellado pensar, por otra parte, que la terrible experiencia de perder a un hijo nada más nacer podía haber trastornado a esa madre, incapaz “simplemente” de asimilar la tragedia.

Sin embargo, nada permanece oculto para siempre. Y tras una primera confesión en el lecho de muerte o después de encontrar inexplicables documentos escondidos en los cajones que guardan toda una vida, hace años que, por fin, un puñado de casos pudieron salir a la luz. Órdenes judiciales permitieron abrir nichos donde jamás se enterró a un bebé, a pesar de lo registrado en los documentos hasta entonces tenidos por buenos. Parecía que desde ese momento se haría justicia, aunque la misma no fuera en forma de detenciones, multas, encarcelamientos o indemnizaciones. El paso de los años es un elemento tremendamente poderoso a la hora de atenuar huellas, enterrar el pasado y borrar cualquier pista que hasta la fecha solo conducía a recuerdos demasiado dolorosos como para ser intactamente conservados.

¿Cómo se indemniza a una madre que después de dar a luz en circunstancias normales recibió el mazazo de escuchar que su bebé había muerto antes de que ella lo estrechara en sus brazos y descubrir, décadas después, que era mentira? ¿De qué forma se repara el daño a una mujer que, además, siempre tuvo que callar su convencimiento de que aquello no había pasado porque su instinto maternal le decía que el frío bebé muerto que le mostraron no era el suyo? Las trágicas historias de niños, ahora adultos, que han tenido que descubrir que su vida se había ido tejiendo a partir de un ovillo falseado o de familias a las que nunca debió faltar uno de sus miembros, caen más allá del “morboshow”. Por eso, espantan.

Sin embargo, todo el mundo tiene derecho, si quiere, a saber de dónde viene. Muchos de los involuntarios protagonistas de esta historia, que por desgracia sigue pareciéndonos ajena, llevan demasiados años luchando para que sus demandas prosperen en los tribunales. Para que a la escasa documentación de que disponen se les permita añadir los también escasos archivos que aún no han sido destruidos. Para que se continúe investigando. En definitiva, para completar esos puzles de vidas artificialmente trazadas por el lápiz sin escrúpulos de quienes se enriquecieron con tan terribles trapicheos. Y siguen batallando contra la prescripción. Porque a pesar de que el sentido común induzca a pensar que es imposible que prescriba una acción delictiva cuyos efectos siguen produciéndose cada minuto que ese bebé, hoy adulto, pasa en una vida que no le correspondía, lo cierto es que los iniciales intentos de llegar a la verdad se encontraron con ese definitivo escollo: la declaración de prescripción con que en el juzgado se despachaba la denuncia sin iniciar la correspondiente instrucción.

Las asociaciones que reúnen a víctimas de esta trama llevan años dejándose la piel – probablemente también algún pedacito de alma - sin contar con colaboración a nivel institucional, encontrándose con demasiados caminos abruptamente cortados. Sin salida. Sin llegada. Muchos de los centros sanitarios presuntamente implicados han desaparecido junto a cualquier tipo de registros y, sin mandato judicial, resulta imposible acceder a aquellos que todavía existen pero no son de carácter público. Mientras que los presuntos culpables, esos que se creían con el poder de cambiar a su antojo y beneficio cientos de destinos, no tengan la decencia de colaborar con las víctimas, las respuestas sólo pueden encontrarse en papeles y, especialmente, en el cruce de los diferentes resultados del ADN que se vuelquen en un fichero nacional.

Ahora, el Comité contra la Desaparición Forzada de Naciones Unidas acaba de unirse a su lucha con un informe en el que insta al Estado español a la pronta aprobación de la Ley de bebés robados (122/39), injustificadamente paralizada en el trámite de enmiendas desde hace más un año. Porque a pesar de que nuestro país ratificó en 2009 la Convención Internacional para la Protección de todas las Personas contra las Desapariciones Forzadas, los casos siguen encontrándose demasiados obstáculos. Sin avances en la creación del Banco Nacional de ADN, a pesar de la apremiante necesidad de centralizar todas las muestras aportadas de manera gratuita y voluntaria por las víctimas que hayan interpuesto una denuncia y, por supuesto, “sin necesidad de contar con una orden judicial”. Será quizás por fin el momento de que familias enteras tengan la oportunidad de saber qué ocurrió realmente aquel día en el que su vida cambió para siempre y a quién pertenecían las manos que maniobraron para que ocurriese.

El tiempo, no lo olvidemos, corre en su contra. ¿No han perdido las víctimas ya demasiados años? Habrá madres - por qué no, también hijos - que hayan fallecido sin siquiera llegar a conocer que su existencia cambió radicalmente a causa de algunas personas sin moral ni conciencia. Imposible saber cuándo y cómo empezó este escalofriante asunto, silenciado e ignorado durante décadas de democracia. Incluso negado, hasta que la evidencia de tumbas vacías con nombres jamás pronunciados y de coincidencias de ADN callaron las bocas que rechazaban con evidente y malsano prejuicio lo que las víctimas, cada vez más unidas y organizadas, denunciaban.