CUARENTA ANIVERSARIO DE LA VICTORIA DE FELIPE GONZÁLEZ EN 1982

Yo estuve en el Palace

Felipe González y Alfonso Guerra, saludan desde una ventana del Hotel Palace de Madrid, tras confirmarse su victoria en las elecciones generales de 1982

Felipe González y Alfonso Guerra, saludan desde una ventana del Hotel Palace de Madrid, tras confirmarse su victoria en las elecciones generales de 1982

1982 en Madrid. Todo lo que estaba pasando era nuevo y apasionante. Tener 20 años en los 80, visto con perspectiva, ha sido una suerte y un regalo. Los grupos musicales innovadores, el teatro en la calle, la militancia política, el estallido de colores en la ropa y las tribus urbanas cada una con su estética particular, y también la liberación sexual de las mujeres y el concierto de los Rolling Stones en el Vicente Calderón bajo una tormenta eléctrica que acabó formando parte del espectáculo, eran los aires de la libertad y todo sucedía por primera vez. En los 80 irrumpió en España una juventud que no pensaba seguir esperando y se abrieron, al fin, todas las compuertas.

En 1980 la Constitución española tenía solo 2 años y España vivía inmersa en un proceso de transición política al que le faltaba un largo camino hasta alcanzar la democracia europea que la mayoría de españoles ansiaba. Toda la etapa estuvo marcada por el “ruido de sables” en los cuarteles y el impacto letal de las metralletas de ETA. El miedo seguía instalado en la sociedad española. Es sorprendente observar cómo, quienes actualmente cuestionan la Transición, se empeñan en ignorar el ambiente de violencia y amenazas que la rodeó (me hubiera gustado ver a muchos de ellos en ese tiempo y en ese escenario).

Cartel de las Juventudes Socialistas, en el que aparece Elena Valenciano a la izquierda con gafas, animando a votar al PSOE en las generales de 1982

Cartel de las Juventudes Socialistas, en el que aparece Elena Valenciano a la izquierda con gafas, animando a votar al PSOE en las generales de 1982

En los años 80 Felipe González representaba una nueva generación de dirigentes políticos sin las hipotecas derivadas de la guerra civil. No sólo era el más joven entre los líderes del momento sino que era el único que se parecía, de verdad, a la sociedad pujante que ansiaba otro país. González se convirtió en el embajador del cambio y en el motor de la España progresista. Para ello el viejo Partido Socialista Obrero Español había tenido que pasar por una profunda - y muchas veces dolorosa - transformación que le llevaría desde la clandestinidad hasta el arrollador triunfo del 28 de octubre de 1982 protagonizando, a partir de entonces, el periodo de modernización de España más sólido y duradero de nuestra reciente historia.

 Recuerdo ese día y esa noche como uno de los instantes más intensos y mágicos de mi vida. El cuadro impresionista grabado en mi memoria está compuesto por la emoción compartida con todos los amigos, la impaciencia esperando un resultado que sabíamos ganador pero que iba siendo, a medida que transcurría el escrutinio, cada vez mejor. Las llamadas desde los territorios del PSOE eran optimistas y la movilización había superado todos los cálculos. Los candidatos, los compañeros y todos los que habíamos trabajado en esa campaña irrepetible nos abrazábamos, contenidos pero exultantes.

Acudimos al hotel Palace -que se había reservado con mucha antelación previendo de que la noche del 28 sería una gran noche para los socialistas-. Las calles alrededor del hotel estaban llenas de gente inquieta y emocionada. Me fijé especialmente en las personas mayores. Imposible imaginar lo que significaba, para quienes habían vivido - y perdido - la guerra, el triunfo del PSOE y de Felipe González.

En el hotel Palace no cabía un alfiler. Medios de comunicación de medio mundo se habían acreditado, periodistas, artistas y escritores, militantes de todas partes esperaban el discurso del líder. Hasta los salones llegaban los cantos y aplausos de la calle: “¡se nota, se siente, Felipe Presidente!”

A Felipe González le costó llegar al atril que estaba flanqueado por una bandera de España y la bandera del Partido Socialista. Sus primeras palabras fueron para pedirle calma al auditorio… inmediatamente después, y sin olvidar a nadie, convocó a toda la sociedad a un diálogo nacional para consolidar la democracia, combatir la crisis económica con solidaridad y modernizar el país. Felipe acabó su discurso haciendo un llamamiento a la serenidad, a no caer en provocaciones y a proseguir la senda democrática que la Constitución consagra y que el pueblo español merece. Sabía bien el joven Presidente los enormes escollos que aún habría de vencer y que los más jóvenes no alcanzábamos a imaginar.

Nos dijeron que Felipe iba a salir al balcón del hotel a saludar a las miles de personas que se habían congregado allí. El espíritu de fiesta que había en las calles era impresionante, no he vuelto a ver a tanta gente llorando de alegría. Y entonces se produjo la imagen que ya es icónica: Felipe saluda al público entregado con una mano y sostiene una rosa en la otra, Alfonso le entrelaza la suya y estallan el júbilo y los aplausos.

En ese preciso momento, ya sí, fui consciente de que estaba viviendo -y sintiendo- un momento histórico.