Y cuando despertamos, comprendimos que éramos vulnerables

Vladimir Putin en una videoconferencia, en San Petersburgo

EFEVladimir Putin asiste a la reunión del Consejo de Seguridad de la Federación Rusa

Han hecho falta dos guerras; primero contra un virus con gran capacidad infecciosa y, después, contra la intolerable agresión de Putin en Ucrania para que todos nosotros, ciudadanos de un mundo libre y próspero, nos diéramos cuenta de hasta qué punto somos vulnerables.

Jamás pensamos que la pandemia, causada por el virus SARS-CoV-2 que se inició en la lejana China, fuera a llegar a nosotros con la fuerza letal y la resistencia con la que nos ha asolado. Cerca de 100.000 españoles y más de dos millones de europeos han fallecido a causa de la COVID-19. Confinados, con los servicios de salud desbordados, sin poder acompañar a los enfermos y moribundos, queríamos pensar que todo ese horror era fruto de una pesadilla y que, al despertarnos, la vida volvería a ser como siempre. Pero no. Era real; el mundo iba a cerrarse y ya no haríamos bromas sobre los once millones de chinos confinados en Wuhan en enero de 2020. Ahora nos estaba pasando a nosotros.

La difícil y dura gestión de la pandemia demostró muchas cosas importantes en las que no solemos pensar. Sin duda, la primera es la necesidad urgente, imprescindible, de sostener y mejorar nuestros sistemas sanitarios - ojalá no lo olvidemos -, pero la pandemia puso también de manifiesto la enorme relación de dependencia que los países europeos hemos generado hacia mercados exteriores no siempre fiables. Necesitábamos insumos que se hallan fuera de nuestras fronteras: desde las mascarillas quirúrgicas hasta el paracetamol. Parte de nuestra deseada prosperidad se ha basado, hasta ahora, en un sistema comercial muy cómodo y rentable pero muy poco seguro en momentos críticos. Las relaciones económicas basadas en la interdependencia son positivas pero la autonomía de suministros y operativa para las necesidades clave es también necesaria.

La segunda guerra es contra la letal deriva expansionista del presidente ruso. Antes de que Putin pusiera una bota en Ucrania y, a pesar de las advertencias que llegaban tanto desde la región del Dombás como de la inteligencia norteamericana, no queríamos creer que algo así pudiera suceder en suelo europeo. Cuando se convirtió en evidencia para el mundo entero, quisimos pensar que no sería más que una escaramuza rápida del ejército ruso que se resolvería con la anexión de una parte de Ucrania oriental a Rusia. En todo caso, aquello sucedía muy lejos de nosotros, de ninguna manera imaginamos hasta qué punto la irresponsable acción de Putin iba a sacudir la geopolítica mundial y a afectar nuestras vidas como lo ha hecho. Pero ha ocurrido. La voluntad férrea de Ucrania de defender su territorio junto a la firme decisión de los países occidentales, organizados entorno a la OTAN o a la Unión Europea, de prestar toda la ayuda necesaria al país agredido le han puesto muy difícil la campaña bélica a Vladimir Putin y la guerra dura ya 20 meses. En ese tiempo, los ucranianos no han dejado de combatir y de sufrir; la guerra no es sólo contra ellos pero es sobre todo contra ellos.

Lo cierto es que las consecuencias de este injustificable desastre se han hecho sentir mucho más allá de las fronteras de Ucrania. Junto a la campaña militar, Putin ha lanzado también una guerra energética, para la que no estábamos preparados y que está provocando una recesión económica global y una hambruna terrorífica en países dependientes de las importaciones de cereales bloqueados en los puertos del Mar Negro.

Los conflictos bélicos siempre suceden en otros escenarios. Nosotros, acomodados ciudadanos de la próspera Europa, sufrimos ahora las consecuencias de una guerra que, como tantas otras, creíamos ajena a nuestras vidas. Pero la lección es bastante clara; si queremos estar seguros, debemos hacernos cargo de nuestra seguridad y ello no puede hacerse sin un alto grado de autonomía geoestratégica.

La Unión Europea, como espacio político compartido, es la única buena respuesta a nuestras evidentes debilidades, y el momento es decisivo.

La rivalidad entre China y los Estados Unidos va a definir, en los próximos años, el tablero geopolítico internacional. Pekín quiere impulsar un nuevo orden mundial con China a la cabeza y Washington no se lo va a permitir. Europa puede quedar encajonada entre su principal socio comercial y la potencia militar a la que hemos confiado nuestra seguridad.

No queremos ese lugar para Europa.

Como ha explicado magistralmente Josep Borrell, en estas últimas semanas, seguridad, energía y prosperidad no son elementos que puedan separarse. El reto de los europeos es enfocar bien un futuro con mayor autonomía, manteniendo firme la unidad y escuchando atentamente al resto del mundo. No existe otra garantía para la defensa de nuestros valores en un tiempo en el que ya muchos, dentro y fuera de nuestras fronteras, han dejado de creer en ellos.