Sabía que ibas a venir

Kharkiv y sus alrededores han sido objeto de intensos bombardeos desde febrero de 2022

EFECiudad recién liberada de Kupiansk

Para quiénes no hemos vivido nunca una guerra es difícil imaginar la dimensión del sufrimiento que provocan. No es sólo la violencia desconocida que se desata, o las muertes de los seres queridos, las heridas, el hambre, el frío o el miedo.

Es toda una cotidianidad la que se quiebra; el trabajo, el curso escolar, ir al cine, pasear o celebrar los cumpleaños de tus hijos. En tus días se instalan la incertidumbre y la tristeza y no hay espacio para la vida normal, la que todos deseamos en el fondo.

La población civil sufre sin saber hasta cuándo y ocupa su tiempo en la tarea de sobrevivir un día más, de sortear el próximo ataque de quiénes, en tan poco tiempo, se han convertido en enemigos temibles y odiados.

Muchas familias quedan desamparadas, pierden sus casas o a sus hijos. Cientos de miles de personas deben huir de sus ciudades o abandonar el país dejándolo todo atrás. Las mujeres y los niños son víctimas de terribles agresiones y los viejos no tienen dónde esconderse. Se bombardean viviendas, escuelas y hospitales provocando una auténtica crisis de derechos humanos.

La guerra destruye los proyectos vitales y la esperanza de la gente. Sus vidas son otras, se transforman en vidas que jamás pensaron.

Los ejércitos están mejor preparados para la guerra, es su obligación, pero cientos de miles de soldados, muy jóvenes y sin ninguna experiencia, deben enfrentar durísimas batallas, las más de las veces en condiciones extremas. También tienen miedo y, probablemente, dudas, muchas dudas.

Estos jóvenes, a veces casi niños, deben defender el territorio procurando no ser alcanzados por la artillería enemiga. En esa situación de máxima tensión, es humano preferir que muera cualquier otro. Dicen que, cuando intentas sobrevivir a las balas y los misiles, la épica del arrojo y la hombría e incluso la gloriosa defensa de la patria, se te agarran al estómago como una alimaña y no te dejan respirar.

Pero en el campo de batalla se producen también los momentos más intensos de camaradería sincera y de gestos valientes. La literatura nos relata muchas de esas bellas historias en las que el coraje y el compañerismo logran imponerse a la angustia y el miedo. Es la belleza dentro del drama, el verdadero heroísmo.

Hace tiempo escuché a René Lavand, uno de los más grandes ilusionistas de todos los tiempos, contar esta historia que voy a relatarles. Lavand era el mejor del mundo en cartomagia y un magnífico narrador. He recordado este cuento pensando en los jóvenes soldados que defienden a Ucrania de la agresión rusa, pero esta es una historia de todas las guerras, también de las olvidadas.

La contienda ha concluido y el batallón, derrotado, se retira a su campamento. Los soldados van llegando poco a poco, heridos algunos, agotados, empapados y llenos de barro. La retirada es penosa y larga.

Uno de los soldados se presenta ante su capitán y, con tono de ansiedad, le dice que su amigo no ha regresado del campo de batalla. Que él quiere ir a buscarlo por si estuviera herido y solicita el permiso de su superior. El capitán se lo prohíbe con firmeza: la derrota ha sido contundente, han perdido muchos hombres en el campo de batalla y no quiere que por ir a recoger un cadáver se ponga en riesgo otra vida.

El soldado desobedece la orden y sale a buscar a su amigo. Ya de noche vuelve al campamento con la cabeza gacha y arrastrando los pies. El capitán que le estaba esperando, le reprende: ya te dije que no serviría de nada que corrieras el riesgo, que no quedaba nadie vivo allí. Y el soldado, con un hilo de voz pero con ojos brillantes, le contesta: no, mi capitán, hice bien en ir. ¡Cuando llegué mi amigo aún tenía un soplo de vida! Lo tomé en mis brazos y entonces me miró con sus ojos perdidos y me dijo: “sabía que ibas a venir”.