El gobierno de la gente

Pedro Sánchez

MoncloaPedro Sánchez asiste a la firma del protocolo de Operación Campamento

Dime de qué presumes y te diré de qué careces. Resulta evidente que Sánchez tiene una capacidad infinita de actuar camaleónicamente. Puede metamorfosearse y adoptar las posturas y relatos más dispares. Ahora, su discurso se dirige a convencernos de que él es el defensor del pueblo y de que se ve acosado y perseguido por oscuras fuerzas económicas y mediáticas que son las que manejan a la derecha. Incluso ha llegado a afirmar que a Feijóo lo han nombrado los poderes fácticos. Este planteamiento choca frontalmente con el hecho de que los últimos años haya querido comenzar el curso rodeado de los principales empresarios del país. Ha dado preferencia a esos cenáculos en detrimento de las Cortes.

Pero es que, además, ese discurso tiene escaso recorrido. Y no es que yo no crea que existan tanto en España como en Europa fuerzas económicas y lobbies dispuestos a influir todo lo posible en las decisiones políticas, pero creo también que hay una profunda diferencia entre el Estado liberal y el social. Solo en el primero se hace realidad la definición del gobierno como el consejo de administración de las clases dominantes.

En el Estado social, el poder político es democrático y constituye el contrapeso del poder económico. Los gobiernos tienen tantos medios e instrumentos en su mano que se convierten en la fuerza más poderosa dentro de la sociedad y son capaces de controlar, si así lo quieren, a todos los poderes fácticos. Incluso a menudo estos se esfuerzan por adularles y lograr de ellos dádivas y beneficios. El peligro estriba en que el Estado se convierta en benefactor, pero de las empresas y del mundo económico.

Hoy por hoy, no habrá nadie más poderoso que Sánchez. Los medios económicos y mediáticos con los que cuenta son innumerables, sobre todo en cuanto ha decidido utilizarlos -incluyendo el BOE- con total discrecionalidad y a su antojo. Por citar tan solo un ejemplo, pero que resulta evidente, ahí están los fondos de recuperación, a través de los cuales tiene a los grandes empresarios con la boca abierta como gorriones esperando recibir el alpiste.

Bien es cierto que este poder de los gobiernos es precario, tiene fecha de caducidad, porque en los regímenes democráticos depende de la voluntad del pueblo que, con mejor o peor fortuna, con mayor o menor acierto, pone y quita el poder. Por eso Sánchez, a medida que se acerca la fecha de las elecciones y las encuestas no le son favorables, se reviste camaleónicamente de izquierdista, se gira a ese nuevo término que ha inventado, la clase media trabajadora, y crea enemigos imaginarios poderosos, en muchos casos aquellos que han sido sus amigos y aduladores. Y bautiza a su gobierno como el de la gente.

Pero el caso de Sánchez es muy particular, la aquiescencia que ha obtenido de la gente no ha sido nunca muy numerosa. No se ha caracterizado por obtener en ningún caso buenos resultados electorales; los peores del PSOE en toda su historia. Para llegar al poder y mantenerse en él ha necesitado el apoyo de otros muchos partidos, entre ellos los golpistas de Cataluña y los independentistas y herederos de ETA del País Vasco. En realidad, más que llamarlo el gobierno de la gente sería más propio afirmar que es el gobierno de Otegui, de Rufián y de Oriol Junqueras.

Este gobierno es el de Bildu, el de Esquerra, el del PNV y en general el de todas las formaciones políticas que cuestionan la unidad del Estado. Primero porque lo han manifestado ellos, “es el gobierno que más nos conviene, nunca íbamos a estar mejor”. Segundo porque son los que lo han hecho posible. De hecho son lo que han nombrado a Sánchez. Tercero porque son los que le gobiernan y, por lo tanto, también a España. Ellos son los auténticos poderes fácticos. ¡Oh, paradoja!, son los que mandan en el Estado cuando al mismo tiempo, según han dicho, les importa un comino su gobernabilidad. Hoy por hoy solo tienen una limitación, la del poder judicial, e intentan por todos los medios controlarlo.

En realidad, entre todos han constituido un sindicato de intereses. Por eso la unidad parece indisoluble. No importa que se amenacen con la ruptura. Da igual que se griten y se critiquen unos a otros. Cada uno de ellos puede estirar la cuerda, pero sin llegar nunca a romperla. Todos juegan al póker, y ninguno está dispuesto a romper la baraja. Se cumple lo que Crispín sentenciaba en “Los intereses creados” de Benavente: “Para salir adelante, mejor que crear afectos es crear intereses”.

Sánchez asume este principio. Sabe que la posibilidad de mantenerse en el poder no depende tanto de los afectos suscitados como de los intereses creados. Es más, es consciente de que una condición necesaria para volver a ser presidente del gobierno es mantener vivos esos intereses. Sin ellos, de ninguna manera podrían alcanzar de nuevo la Moncloa. Pero, al mismo tiempo, también sabe que es esto lo que le debilita electoralmente. De ahí que intente alejar la atención de los ciudadanos de sus alianzas y coloque el debate en términos de izquierda y derecha, haciéndose pasar por lo que nunca ha sido, y se empeñe en denominar a su gobierno como el de la gente.

Pero no parece que el engaño esté surtiendo efecto. Habrá muchos electores que se pregunten si votar a Sánchez no es lo mismo que votar a Rufián, Otegui y Oriol Junqueras. Resulta muy significativa la pancarta que apareció en el acto de Sevilla: “Que te vote Txapote”.

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