Colaboren con la Venta del Batán, por favor

El Batán

Roberto DomingoAl gran pintor taurino Roberto Domingo le dio tiempo a meter su pluma en la Venta del Batán y sus alrededores

Madrid, ya se sabe, además de villa y corte de las Españas fue durante un largo periodo una ciudad de “ventas”; probablemente, por esa ancestral doble afinidad que históricamente ha tenido el Foro con la penibética flamenca y la cosa taurina. Desde finales del siglo XIX y prácticamente todo el XX, tanto en Madrid como en la Baja Andalucía, han proliferado los cafés cantantes y tablaos flamencos, refugium peccatorum del libertinaje extremadamente nocturno, vivero de artistas excepcionales del cante jondo y clientela habitual del toreo caro. Es fama que en los alrededores de las riberas del arroyo Abroñigal –extremo hacia el noreste de la antigua carretera de Aragón— y en una pequeña barriada marginal, conocida como del Espíritu Santo, se hallaban algunas de estas “ventas”, donde entre rasgueos de guitarra, vahos de alcohol y humaredas de cigarros, las voces de los cantaores se iban afinando, mientras los madrileños “pudientes”, amantes del trasnocho, se solazaban con las pasiones que súbitamente despertaran el cante y los amoríos furtivos de contramañana. Por tal motivo, cuando en ese lugar se hizo práctico el proyecto de levantar un coso taurino monumental hubo que derruir aquellas “ventas”, hacer un enorme desmonte de tierras para obtener la planeidad del terreno y perfilar un edifico de singular belleza que fue bautizado con el nombre de “Las Ventas del Espíritu Santo”: la actual plaza de toros, escenario principal del orbe taurino.

Hecha esta pequeña referencia retrospectiva, se hace necesario regresar a un pasado más próximo --concretamente el año que parte el pasado siglo por la mitad—para encontrar una “venta” singular en el pulmón natural que Madrid tiene orientado en su parte más occidental: la Casa de Campo. Allí, tangencial a otro arrabal llamado El Batán, se levantó una nueva “venta” a los pocos años de que don Livinio Stuick inventara la taurina feria de San Isidro, para hacer realidad la idea de llevar toros de lidia a sus dependencias, a semejanza de la vieja Venta de Antequera, fundada en Sevilla –en el lugar llamado Heliópolis, junto al estadio del Betis— por un tal Carlos Antequera. Madrid, de nuevo, miró a Sevilla y levantó la Venta del Batán, adonde llegaron en seguida los toros para deleite de los aficionados y alimento de curiosos; una Venta con sus dependencias de hostelería y espacios de ocio, pero eminentemente taurina, que vivió años de esplendor –la conocí a mediados de los 80--, cuando ya el asfalto había ganado espacio al verdor natural y terroso del boscaje que la rodea. Antes, muy al principio, traspasando las calvas donde los maletas y profesionales de cierto rango toreaban de salón, debieron entrar por la mangada levantada al efecto los toros renuentes a cambiar de hábitat y cabestros eunucos de esquilón al pescuezo, todos ellos empujados a sus nuevos encerraderos, a cielo abierto, por mayorales y vaqueros de caballo colín y garrocha en ristre; una estampa con sabor añejo que mereció el grafismo impresionista a plumilla del maestro Roberto Domingo.

La Venta del Batán, ¡qué cosas!, fue perdiendo entidad, interés y encanto conforme se fueron espaciando las llegadas de toros bravos a sus dependencias. Lo curioso --y triste- es que se desconocen los motivos de su paulatino deterioro. Al menos, quien suscribe no los conoce. ¿El negocio del restaurante se vino abajo? ¿Hubo desatención al mantenimiento de sus instalaciones? Sea como fuere, la Venta se quedó como reducto de la Escuela Taurina de Madrid, dejando que los yerbajos tomaran por asalto las corraletas y el caliche se fuera desprendiendo de los encalados. Ahora, por fortuna, se ha vuelto a recuperar su principal cometido: albergar a los toros que habrán de lidiarse en la Plaza de Las Ventas de Madrid, preferentemente en la feria de San Isidro. El aliciente para el aficionado de poder ver los toros antes de su lidia, muy de cerca, por encima de la tapia que circunda el provisional albergue del ganado, es un privilegio al que no se puede –no se debe—renunciar; sin embargo, ya empiezan a sonar voces discrepantes en la Unión de Criadores de Toros de Lidia (UCTL). Hay revuelo. Algunos ganaderos no quieren un nuevo embarque y desembarque de los toros antes de acceder a la Plaza donde serán lidiados. Temen el deterioro de sus defensas, pérdida de peso, etcétera. Pues, qué quieren que les diga, habrán de ponerse de acuerdo, porque no podernos deshacernos de nuevo de la Venta del Batán. Es un patrimonio de la ciudad y de la fiesta de los toros. Y un paraje precioso, para descanso y recreo de los sentidos.

Al parecer, el nuevo Pliego, a gestionar por Plaza 1, recoge que, al menos, un 50% de los toros a lidiar en Madrid deben mostrarse previamente en el Batán durante las fechas más emblemáticas de la temporada, ferias de San Isidro y Otoño, a más de las posibles novedades al respecto. Algunos ganaderos fruncen el ceño. Que si es demasiado trasiego para los toros, que si se aumenta el estrés acumulado, que si el deterioro de materia córnea, que si la abuela fuma…

Pero, vamos a ver: si con la que nos está cayendo –animalismo bestial, gobierno de la nación a la contra y más cosas colaterales nocivas y lesivas--, para una novedad positiva, novedosa e instructiva, nuestros criadores de bravo empiezan con pejigueras o reticencias para impedir que se lleve a efecto esta exposición en un lugar acondicionado al efecto, estamos, de nuevo poniendo palos en las ruedas del carro de la tauromaquia. Déjense de chorradas y pónganse de acuerdo para que TODOS los ganaderos que lidien en Madrid la próxima temporada pasen por el Batán, para que podamos ver sus productos a escasos metros de distancia, hacer conjeturas y pronósticos con ellos o simplemente, extasiarnos con la belleza escultural que nos entra por los ojos. De lo contrario, que no lidien. A ver si ahora nos cargamos de nuevo la Venta del Batán y la transforman en un recinto ruinoso y depauperado. Venga ya, hombre!!