Aquel 26 de octubre de 1982

Felipe González durante uno de los mítines de la campaña electoral de 1982.

EFEFelipe González durante uno de los mítines de la campaña electoral de 1982.

“El futuro es nuestro”, dijo Felipe González hace exactamente 40 años. Fue el 26 de octubre de 1982 en la explanada de la Ciudad Universitaria de Madrid, ante medio millón de personas. Era el mitin que cerraba la campaña electoral en la capital y las 500.000 personas que allí se reunieron eran conscientes de que probablemente estaban siendo testigos de un momento extraordinario y único, que se confirmaría, 48 horas después, tras la rotunda y apabullante victoria del PSOE en unas elecciones generales que marcarían un antes y un después en la historia reciente de nuestro país.

Habían transcurrido 15.916 días desde que el 1 de abril de 1939 concluyera una terrible Guerra Civil y cayéramos en la noche más oscura de la dictadura franquista, una de las épocas más negras de nuestra historia. 43 años, 6 meses y 27 días después de aquél mal llamado día de la victoria, la izquierda volvía al poder en España.

Si hay un pasado que fue de ellos, el futuro es nuestro, de nuestra libertad consciente. Adelante. Conquistemos el futuro. Conquistémoslo en libertad. Dejemos a nuestros hijos una España mejor, con el esfuerzo solidario de todos. Adelante y a ganar. España y el futuro es nuestro…”.

Las palabras de Felipe, porque entonces todavía era simplemente Felipe, resonaron aquél 26 de octubre en una Ciudad Universitaria encendida y ante una multitud enfervorizada, repleta de emociones, esperanzada y feliz, que creía en ese cambio que se predicaba y que se convirtió en el eslogan del aquél 28-O y en la palabra mágica y todopoderosa que a priori iba a abrirnos, de par en par, las puertas del mañana.

Estamos hablando de una de esas instantáneas en blanco y negro que no se olvidan jamás. Y de un líder como no lo ha habido igual desde el retorno de la democracia a España. Nadie que estuviera allí y le oyera ha borrado de su memoria ni esa foto fija, ni sus palabras, ni las sensaciones vividas que seguro siguen formando parte de su irremplazable imaginario particular. ‘Yo estuve allí’, se oye decir estos días. Porque nunca hasta entonces se había vivido nada parecido ni nada igual se ha vuelto a ver desde aquella tarde noche.

Aquel 26 en Madrid el sol salió a las 06:37 horas y aunque los calendarios anunciaban que tenía que ponerse no más allá de las 18:20 horas lo cierto es que no lo hizo, que siguió alumbrando ininterrumpidamente hasta muy pasada la medianoche, quizá porque quiso vivir también en directo aquel momento mágico e irrepetible. En octubre del 82 había ganas de todo: de cambio, de esperanza en el futuro, de mirar hacia adelante sin necesidad de echar la vista atrás, de vivir en libertad.

Y no era exclusivamente la ideología o el retorno de la izquierda lo que motivaría la explosión de júbilo, casi inexplicable, que se vivió en aquel mitin de cierre de campaña en Madrid y en todos los actos que a lo largo y ancho de nuestro país provocaron explosiones semejantes durante aquella carrera electoral. No. Era algo más, era la sensación de que Franco estaba definitivamente muerto y de que sin dictador, la dictadura, ahora sí, estaba finiquitada.

Nos empezábamos a creer que volvíamos a ser, después de tantos años, un país aparentemente normal que podía mirar al futuro directamente a los ojos. Era, en definitiva, la certeza de que algo empezaba a cambiar en nuestras vidas. Y no todos los que participaron en aquella gran fiesta del 26 y del 28 de octubre de 1982 eran militantes o simpatizantes socialistas, ni tan siquiera gentes de izquierda. Muchos eran, simplemente, ciudadanos que estaban convencidos de que había llegado la hora, de que era necesario escribir una nueva página de nuestra historia y de que ellos querían participar en su redacción.

Desde que a las seis de la tarde empezó el jolgorio con Suburbano, Luis Eduardo Aute, Orquesta Platería y el humor de José Luis Coll, hasta que acabó con Serrat, Paco Ibáñez, Georges Moustaki y Miguel Ríos, la algarabía y las explosiones de júbilo se adueñaron de las abarrotadas calles de la capital que llevaban a la Ciudad Universitaria, pero parecían conducir al paraíso. Madrid fue una fiesta aquél 26 de octubre de 1982.

Luego vino el 28. La foto del Palace, los 10.127.392 votos (de los 21.469.274 que se contabilizaron), los 202 diputados y después todo lo demás, bueno y malo, que de todo hubo. Por eso sigo insistiendo en el 26. Porque fue un día cosido a base de sueños, donde los ciudadanos dejaron volar su imaginación y se convirtieron en protagonistas del futuro y en cómplices de un espejismo colectivo que les acabaría transportando a ese mañana que arrancó apenas 48 horas después.

Han pasado 40 años y aunque no todo fue, ni mucho menos, como soñamos aquel día en la Ciudad Universitaria de Madrid, lo allí vivido sigue siendo la imagen imborrable de las ansias de un pueblo en busca de su futuro. Hasta 1996 duró la fiesta que no siempre fue tal. Tras 14 años de gobiernos felipistas a España, como vaticinó Alfonso Guerra, realmente no la conocía ni la madre que la parió. El país mudó de cara, cambió de arriba abajo y alcanzó rápidamente parte del tiempo perdido.

Pero González, entonces ya era González, no se atrevió a ir más lejos, a pesar de gobernar durante 12 de los 14 años con prácticamente tres mayorías absolutas. No quiso abordar otros cambios de importante calado político y que, como contó aquí Pablo Sebastián, hubieran reforzado nuestra todavía débil democracia hasta robustecerla y ponerla al mismo nivel que las de aquellos países más adelantados, democráticamente hablando.

Además, por el camino de Felipe González también se cruzaron el crimen de Estado y la corrupción política y un sector importante de la sociedad española se cayó del guindo y acabó con el régimen felipista -entonces ya era un régimen- y el futuro, ese futuro que él reclamaba aquella tarde noche madrileña de 1982, dejó de ser suyo.

Cuatro décadas han pasado desde el éxtasis de la Ciudad Universitaria, repito, y volvemos a no tener claro que el futuro sea nuestro, mientras ahora es la derecha la que trabaja por el cambio. Pedro Sánchez ha demostrado que no es Felipe González, quizá porque nadie ha sido, es o será Felipe González, ni tan siquiera el actual Felipe González.

Y aunque la historia de aquel líder absoluto, y en demasiadas ocasiones absolutista, no esté exenta de un sinfín de zonas oscuras,  aquel 26 de octubre de 1982 en la explanada de la Ciudad Universitaria de Madrid ha resultado ser irrepetible, una fecha utópica, un sueño del que no se quiere despertar y al que es necesario volver de vez en cuando, a pesar incluso de él, pero siendo honestamente conscientes de que sin él no hubiera sido posible. Fue el día en el que se abrieron las puertas del futuro y España empezó a cambiar el paso, una página indeleble de nuestra pequeña historia individual, un día y una noche de vino y rosas...