Agosto

El inenarrable placer de robarle un muletazo a la vaquilla

Quiérase o no, este Agosto que acaba de iniciar el paseíllo por  la octava hoja del almanaque es un mes de montera calada, un mes abrasador y marchoso, inequívocamente obligado a compartir fiestas, donde las haya, con la única especie del reino animal (reserva de bravo) que enseñorea nuestros campos: el Toro o la Vaca. Uno u otra, son iconos bien reconocibles por estas fechas en los pueblos y ciudades de esta España nuestra, medio vaciada en aquéllos y rellenita en éstas, cada cual adecuándose a los poderes fácticos del peculio municipal, en lo que al trajín festero se refiere, para afrontar gastos y fastos, antaño prolongados hasta la “octava” del día “señalaíto” en el santoral para celebraciones con santo y seña, o por mejor decir, con Santo y Virgen, Patrón o Patrona. Y, a la vera de cualesquiera de tan reverenciados iconos religiosos, insisto, se hallan el Toro o la Vaca, como pegatina que justifica la inamovible convivencia (al menos, por unos días) de lo sacro y lo lúdico, lo espiritual y lo sensual. La cuestión del cuerno de las reses bovinas por calles y plazas, para conmemorar algo en connivencia con la Iglesia Católica, viene de largo; pero, también, sus inevitables encontronazos históricos. El más notable y rotundo de todos ellos fue la Encíclica que, en 1567, promulgó el Papa Pío V, dirigida a toda la Cristiandad, por medio de la cual se condenaba a la pena de excomunión a perpetuidad (más o menos, pena capital, por entonces) a quienes participaren en el acto de “correr toros”, un venablo de la máxima jerarquía pastoral claramente dirigido a la diversión principal de las gentes de la España imperial, cada vez más propensas a mostrar bizarrías y exhibiciones de temeridad ante unos feroces animales que, con frecuencia, causaban desgracias irreparables entre la tropa intrépida que les hacía frente, con galanteos a caballo y jugueteos a pie. Aquélla Bula papal (De Salutis Gregis Dominici) pareció la estocada definitiva a la entones balbuciente Tauromaquia. Prohibir el hecho genuinamente hispano de “correr toros” se parecía mucho a una abolición tajante, ineludible e inapelable; pero aquél Santo Padre no contaba con la ancestral disposición de los españoles a contemplar  festejos taurinos y participar en ellos; tan es así, que tan enojoso asunto –la dichosa Bula-- provocó grandes quebraderos de cabeza en el rey Felipe II, refractario a su acatamiento, ya que, según recogen Gonzalo Santonja y Valentín Moreno, el monarca “no piensa que (los toros) se podrían suprimir nunca en España sin grandes disturbios y descontento de todos los pueblos”. Por otra parte, sin llegar al rigorismo histórico de los citados autores, la versión popular recoge el motu proprio del rey español con una supuesta sentencia, tan cercana al pintoresquismo que limita su veracidad: Si no se pueden correr toros, ¡que se corran vacas! Sea como fuere, lo importante es que la Santa Sede cedió, y los pontífices inmediatamente posteriores a quinto Pío fueron mucho menos beligerantes, por lo cual, las corridas de toros no solo se celebraron como tales, sino que aumentaron su popularidad y desarrollo. Sobre todo, en agosto, que en este país es el mes “santero y taurino” por antonomasia. Así, pues, henos entrado en la vorágine de toros y toreros danzando por tierra y aire, para recalar y coincidir en una plaza de toros; pero también en la dinámica de esa otra tauromaquia que huele a tierra, pino y talanquera; a toros y vacas corriendo por la calle, con fondo de Iglesia y Casa Consistorial; a bullicio, sudor y miedo. Antes, las vacas eran más viejas y más sabias; ahora, apenas se ven en los festejos populares. Si acaso, en algún pueblo, aparecen hembras bovinas jóvenes, ágiles y cornigachas, que hacen el recorrido del encierro con pastueña galopada, anunciando la proclividad de que alguien disfrute con el inenarrable placer de robarle un muletazo deslavazado, apenas un soplamocos, que al “muletero” en cuestión le parecerá un monumento al arte del toreo. Agosto, señores, está lleno de pueblos en fiestas con empalizadas ante la puerta de casa, por donde corre, junto al ganado bravo, una muchedumbre desperdigada que goza de ese riesgo venial y anual que se respira durante el tiempo fugaz que dura el encierro, con sus vueltas y revueltas, por un trayecto que une la desencajonada con el palenque donde se recortarán –en Castilla, se “cortarían”-- a las reses antes encerradas en la “probadilla” y a los novillos sobrantes del festejo vespertino, en la mayoría de los casos, una novillada sin picadores. Las capeas ya son historia; el maletilla, un mito andrajoso, felizmente superado. Ahora, los toreros que acuden a un pueblo a torear provienen de una docencia escolar y son capaces de pegar pases con una donosura y un atildamiento que parecieran recién salidos de un supuesto Conservatorio Taurino. Aquí, el firmante, es carne de pueblo en fiestas, peñista de limonada en la bodega y mero espectador del festejo taurino desde las alturas del campanario del Ayuntamiento. Así y todo, creo que vivir las fiestas de un pueblo español en Agosto, antes y ahora, no tienen comparanza posible con ninguna otra, en ninguna parte. Agosto es liturgia y fiestorro, tiempo de exvotos, caladero de amores de urgencia, mapa itinerante de almendreros, cama para que sueñen toreros y espacio para correr toros. Y, por contera, el ocio “oficial” de todo un Reino. ¡Qué más se puede pedir!