Ginés Marín, matador de toros

Ginés Marín, en Santander

Declaración de intenciones: no me gustan las corridas de un solo matador, sobre todo, las que se organizan “sin causa justificada”. Tampoco los “mano a mano” de conveniencia, aquellos que se toman como recurso al producirse una baja imprevista en la prevista terna. Las corridas de toros –y las novilladas de cierto fuste—deben plantearse como una cita de competencia entre toreros y una oportunidad para valorar el estado en que se hallan las ganaderías de bravo. No hay nada que inventar: tres toreros y seis toros. Que suene el clarín…

Ayer, en Santander, el clarín sonó para que hiciera el paseíllo, en solitario, Ginés Marín, uno de los jóvenes valores del escalafón superior de mejor estima y más cotizados del momento actual, un torero con la hierba en la boca, un primer espada de ese relevo generacional tan necesario como inexorable. Bueno, pues nada. Así se anunció y así se llevó a afecto, eso sí, con un efecto especial en el prolegómeno del festejo: la llegada del torero a la Plaza. Por los alrededores del coso de Cuatro Caminos, todo eran misterios, elucubraciones, cotilleos y zarandajas. “Dicen que va a llegar en un coche especial”. “Dicen que en una trainera convertida en carroza rodante”. “Dicen que”… ¡Hay que ver la que ha liado Morante con su  montera, ropajes de bordados “gallistas” y jardineras tiradas por mulos o caballos al trote! ¡Hay que ver la que ha montado tras el estreno en Valdemorillo de un capote con vueltas verde manzana! Ahora, los toreros se preocupan más de “cómo llegar” que de “cómo torear”; o de sorprender con los atavíos y utensilios con que torean. Ahora, Ferrera va a la plaza dando un paseo por la acera entre el follón peatonal que se agolpa sobre el bordillo de la acera o ante el semáforo, y se encarga un capote de raso, verde Guardia Civil o azul Rey Mago, y ayer Ginés Marín llegó a la Plaza ¡en un Cadillac enorme!, para epatar y sorprender, como las novias pijas de clase media cuando llegan al atrio de la iglesia el día de la boda. La verdad: en ambos casos, nadie suele mirar al coche, sino a la novia o al torero; pero puede darse el caso contrario, y entonces, el petardo sería monumental. Si un ostentoso haiga atrae más que el pasajero, malo. Desde el cariño, y con todos los respetos: me parece una chorrada. En esto de los toros, lo importante no es cómo se llega, sino cómo se sale (de la Plaza, se entiende).

Hecho este largo introito, me apresuro a decir que Ginés Marín salió en hombros por la Puerta Grande del coso taurino de Santander, después de cortar cinco orejas; por cierto, muy merecidamente. Vamos, pues, al momio de la cuestión:

 

Se lidiaron toros de seis hierros diferentes, pero cinco de ellos eran provenientes de un mismo encaste –Domecq--, con sus pertinentes características, y otro encastado en Santa Coloma. Personalmente, hubiera preferido una diversificación mayor de los linajes, dando cancha a otras ganaderías –se me ocurren Castillejo de Huebra, la Quinta, Alcurrucén, Victorino, etcétera…-- con lo cual, supongo, se incentivaba el interés de los aficionados; pero el caso es que se optó por la fórmula “amarrategui”, esto es, la que asegurara un mayor porcentaje de toros que ”sirven”. Las iré nombrado por orden de aparición, como en los rótulos de las películas antiguas: Domingo Hernández, Jandilla, Pallarés, Juan Pedro Domecq, Antonio Bañuelos y El Parralejo. Y frente a este sexteto bovino, un torero joven, fibroso y talentoso: Ginés Marín, natural de Jerez y taurinamente afincado en Extremadura. Cortó oreja en el segundo (Jandilla), tercero (Pallarés) y cuarto (Juan Pedro) y las dos del sexto (El Parralejo). Ovación fuerte en el resto.

Visto el balance, hay que reconocer que Ginés ha dado un gran tarde de toros, porque se ha revelado como un torero de gran dimensión, dominador de los toros, conocedor de terrenos y querencias, intérprete pausado de las suertes clásicas y arrebatado practicante de tal cual liviandad de nuestro tiempo. Al primer toro de la corrida –el esmeril donde se queman los primeros nervios--, lo toreó reposado y conciso, sin aspavientos. Fue el peor presentado del variopinto encierro, mostrando, ya de salida, cierta reticencia a tomar los engaños. Marín lo trajinó con desparpajo y autoridad, logrando muletazos de indudable limpieza. Al Jandilla, más serio de presencia, le recetó un fajo de verónicas de notable ajuste y templanza, acoplándose después el torero  a una embestida discontinua, no exenta de nobleza, pero escasa de entrega. Tres tandas sobre ambas manos, dejaron patente la clarividencia y el empaque de este torero, que comenzó a despertar el interés de un público que casi cubría dos tercios de Plaza, en los alardes finales con la muleta por la trasera. El tercero fue el santacoloma de Pallarés, un toro rechoncho y abrochado de cuerna que se desplazó largo en los lances de capa y fue perdiendo inercia a medida que avanzaba la faena. Volvieron los naturales largos y limpios, y los pases de pecho, hondos y bellos. El cuarto, de Juan Pedro, fue el mejor de la corrida –sí, el mejor--; un toro de buen trapío que le dio por embestir desde que Marín lo cambió de rodillas cerca de tablas, para hacer una buena pelea en varas e “ir a más” durante la faena de muleta. Cuanto más le bajaba la mano el torero, más y mejor respondía el toro ¡de  Juan Pedro! –sí, de Juan Pedro--. Fue la mejor faena al toro más bravo y encastado –sí, bravo y encastado—de la corrida. Lástima que el puntillero levantara al bravo toro cuando yacía sobre la arena, porque el premio, entones, hubiera sido mayor. El de Bañuelos fue un zambombo de 610 kilos que se empleó con movilidad en los primeros tercios, pero se fue agotado muy pronto, casi a mitad del trasteo. Ginés lo aprovechó todo lo que pudo, que no fue poco, y dejó una serie de naturales de mano baja y cintura rota que fueron un prodigio. Por último, el del Parralejo se empleó fogoso durante toda su lidia, con el torero embalado, en busca del brillante remate final de su ya triunfal tarde de toros. Se ensamblaron toro y torero en un cara a cara apasionante. Ginés no cejó de desafiar al toro en las afueras del ruedo y en el tercio, formando un tándem emocional que cautivó a los aficionados, a pesar de la murga mortecina de la Banda de música, otrora espléndida, que ahora quiere ser una sinfónica que interpreta el pasodoble a cámara lenta y resulta una especie de música sacra, sin orden ni concierto. Faena racial y torerísima de Ginés Marín, que demostró ser un torero preparado para competir al máximo nivel, con las primeras figuras del escalafón.

Pero donde demostró Ginés su categoría de gran figura del toreo fue manejando la espada. Ayer, en Santander solo pichó dos toros, primero y quinto, pero, eso sí, en todo lo alto. El resto fueron estocadas hasta los gavilanes, entrando derecho como una vela, dando el toque preciso con la muleta para que el toro descubra y yéndose como un rayo en busca de los altos del morrillo. ¡Qué seis estocadas, señores! Quizá una de ellas, pelín desprendida; pero quién habla ahora de desprendimientos cuando dio un curso de estoqueador impecable. No le conocía en esa faceta. Ahora mismo, es el que mejor ejecuta al volapié. Se perfila enfrontilado, desliza la pierna izquierda por la arena y echa el brazo derecho por delante, en busca de los rubios del morrillo, saliendo de la suerte con el cuerno derecho del toro haciéndole cosquillas en la barriga, pero con una limpieza admirable. Seis toros, seis estocadas en la yema. Ginés Marín, matador de toros. Cum laude. Como diría José Mota, mirando a los que hay en su derredor: que no quiero que me lo mejores, pero ¡iguálamelo!...